La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
III. En el despacho de maître Vinot
Sir Francis Burdett, el embajador francés, afirma respecto a París: «Es la ciudad más horrorosa, sucia y pestilente que he visto en mi vida; en cuanto a sus habitantes, son diez veces peores que los de Edimburgo.»
Georges-Jacques se apeó del coche en la Cour des Messageries. El viaje había resultado más interesante de lo esperado. En el coche había una pasajera llamada Françoise-Julie; Françoise-Julie Duhauttoir, de Troyes. Georges-Jacques no la conocía -se habría acordado de ella-, pero sabía que era el tipo de muchacha que hacía que sus hermanas fruncieran el ceño. Naturalmente, era muy bonita, llena de vitalidad, tenía dinero, era huérfana y pasaba seis meses del año en París. Durante el viaje entretuvo a Georges-Jacques imitando a sus tías: «Uno no vive eternamente», «una buena reputación es como tener dinero en el banco», «¿no crees que va siendo hora de que te establezcas en Troyes, donde viven todos tus parientes, y te cases antes de que estés hecha un vejestorio?» Sus tías, según decía, se expresaban como si de pronto fueran a escasear los hombres.
Georges-Jacques pensó que una chica como ella jamás tendría problemas para enamorar a un hombre. Coqueteaba con él con toda naturalidad, como si no le importara su cicatriz. Hablaba sin parar, como si llevara meses amordazada, como si acabara de salir de la cárcel. Las palabras salían de su boca a borbotones, mientras le hablaba de su ciudad, de su vida y sus amigos. Cuando el coche se detuvo, bajó de un salto en lugar de esperar a que él la ayudara a apearse.
Súbitamente, dos hombres que habían acudido para ocuparse de los caballos empezaron a pelearse. Eso fue lo primero que Georges-Jacques oyó, una sarta de palabrotas pronunciadas con el acento seco y cortante de la capital.
Rodeada de sus maletas, Françoise-Julie se agarró al brazo de Georges-Jacques y dijo sonriendo:
– Lo que más me gusta de París es que cambia continuamente. Siempre están demoliendo algún edificio para levantar otro en su lugar.
Había escrito sus señas en un papel, que le metió en el bolsillo.
– ¿Puedo ayudarte? -le preguntó éste-. ¿Quieres que te acompañe a tu casa?
– No es necesario -respondió ella-. Vivo aquí. Conozco bien la ciudad. -Luego se giró, dio instrucciones a un mozo respecto a su equipaje y le entregó unas monedas-. No te perderás, ¿verdad? Espero verte dentro de una semana. Si no apareces, iré a buscarte.
Tras esas palabras cogió la bolsa más pequeña, se abalanzó sobre él, le plantó un beso en la mejilla y desapareció entre la muchedumbre.
Georges-Jacques portaba sólo una maleta, repleta de libros. Antes de cogerla, sacó del bolsillo un papel en el que su tío había escrito:
El Caballo Negro
rue Geoffroy l’Asnier
parroquia de Saint-Gervais
De repente empezaron a sonar unas campanas, y Georges soltó una palabrota. ¿Cuántas campanas había en esta ciudad, y cómo diablos iba a distinguir la campana de Saint-Gervais y su parroquia? Enojado, arrugó el papel y lo arrojó al suelo.
Parecía como si muchos de los viandantes anduvieran perdidos. Danton recorrió numerosos callejones, calles sin nombre y solares que semejaban estercoleros. Los viejos tosían y escupían, las mujeres se arremangaban las faldas para no manchárselas de barro, los niños correteaban desnudos como si fueran hijos de campesinos. Era como Troyes, pero al mismo tiempo totalmente distinto. Georges-Jacques llevaba en el bolsillo una carta de presentación para un abogado de l’île de Saint-Louis, llamado Vinot. Al día siguiente se presentaría en su despacho, pero antes debía hallar un lugar donde pasar la noche.
Una muchedumbre se había congregado en torno a un buhonero que vendía remedios contra el dolor de muelas y le estaba gritando e insultando.
– ¡Embustero! -gritó una mujer-. ¡El dolor de muelas sólo se quita arrancándote la muela!
Antes de alejarse, Georges-Jacques observó su mirada enloquecida, urbana.
Maître Vinot era un hombre grueso, de manos regordetas y temperamento belicoso. Parecía un estudiante entrado en años.
– Bien -dijo-, podemos intentarlo.
Sí, puedo intentarlo, pensó Georges-Jacques.
– Su caligrafía es atroz, desde luego. ¿Qué es lo que les enseñan en la escuela? Confío en que domine el latín.
– He trabajado de escribiente durante dos años -contestó Danton-. ¿Acaso cree que he venido aquí para copiar cartas?
Maître Vinot lo contempló fijamente.
– Sí, domino el latín -prosiguió Danton-. Lo mismo que el griego. Hablo inglés con fluidez y chapurreo el italiano.
– ¿Quién le enseñó esos idiomas?
– Los aprendí por mi cuenta.
– Muy interesante. De todos modos, cuando necesitamos comunicarnos con los extranjeros solemos llamar a un intérprete -dijo Vinot-. ¿Le gusta viajar?
– Sí. Me gustaría ir a Inglaterra.
– ¿Admira a los ingleses? ¿Admira sus instituciones?
– Necesitamos urgentemente un parlamento. Me refiero a una institución auténticamente representativa, no minada por la corrupción como el inglés. Y la separación de las ramas ejecutiva y legislativa. Ahí es donde fallan los ingleses.
– Escúcheme bien -dijo maître Vinot-. Le diré una cosa, y espero no tener que repetirla. No pretendo rebatir sus opiniones, las cuales imagino que considera muy originales, ¿no? Pues bien, son de los más vulgares, hasta mi cochero opina como usted. No me interesa la moralidad de mis empleados ni los obligo a ir a misa; pero esta ciudad es muy peligrosa. Circulan todo tipo de libros sin el sello del censor, y en algunos cafés -los más elegantes, por cierto- se dicen cosas que rayan en la traición. No le pido ningún imposible, ni que se encierre en su casa, sólo le pido que sea prudente a la hora de elegir a sus amigos. No permitiré que se organicen revueltas en mi bufete. No confíe en nadie, pueden tirarle de la lengua y luego denunciarlo a las autoridades. Oh, sí -continuó Vinot, asintiendo enérgicamente para demostrar que conocía el tema-, uno aprende muchas cosas en este negocio. Le recomiendo que mantenga la boca cerrada.
– Muy bien -contestó Georges-Jacques.
En aquel momento apareció un individuo y dijo:
– Maître Perrin desea saber si va usted a contratar al hijo de Jean-Nicolas.
– ¡Dios mío! -exclamó maître Vinot-. ¿Ha visto usted al hijo de Jean-Nicolas? ¿Ha tenido el placer de conversar con él?
– Pues no -contestó el individuo-. Sólo sé que es hijo de un viejo amigo suyo. Dicen que es muy inteligente.
– ¿De veras? También dicen otras cosas de él. No, he decidido emplear a este joven de Troyes. Es insolente y rebelde, pero eso no es nada comparado con los riesgos de emplear al joven Desmoulins.
– No se preocupe. Perrin desea contratarlo.
– No me extraña. ¿Pero es que Jean-Nicolas no se ha enterado de lo que dicen? No, siempre fue un poco obtuso. En todo caso, allá él. Mi lema es vive y deja vivir. -Maître Vinot se giró hacia Danton y dijo-: Maître Perrin es un viejo colega, experto en leyes tributarias. Dicen que es sodomita, pero eso no me concierne.
– Un vicio privado -dijo Danton.
– Efectivamente. ¿Ha quedado claro lo que pretendo de usted?
– Sí, maître Vinot, perfectamente claro.
– Bien. Es inútil que trabaje en el despacho porque nadie conseguirá entender su letra, de modo que es mejor que se dedique a «cubrir los tribunales», como decimos nosotros. Quiero que cada día compruebe cómo van los casos de los que nos ocupamos y que se dé una vuelta por los tribunales de justicia. ¿Le interesan los asuntos eclesiásticos? Nosotros no nos ocupamos de ellos, pero le presentaré a unos abogados especializados en ese tipo de asuntos. Le aconsejo que no pretenda abarcar demasiado. Construya lentamente; todo el que trabaja con ahínco puede obtener un modesto éxito. Por supuesto, necesita contar con contactos influyentes, y eso es lo que mi bufete le proporcionará. Trate de organizarse un plan de vida. En Troyes le sobrará trabajo. Dentro de cinco años tendrá una buena clientela.