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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Me gustaría hacer carrera en París.

Maître Vinot sonrió.

– Eso es lo que dicen todos los jóvenes. En fin, mañana dése una vuelta por la ciudad.

Se despidieron con un apretón de manos, un tanto formalmente, como los ingleses. Georges-Jacques bajó apresuradamente la escalera y salió a la calle. No dejaba de pensar en Françoise-Julie. Recordaba perfectamente sus rasgos. Tenía sus señas, vivía en la rue de la Tixanderie, en la tercera planta. No es un piso elegante, le había dicho Françoise-Julie, pero es mío. Georges-Jacques se preguntó si estaría dispuesta a acostarse con él. Era muy posible. Las cosas que en Troyes resultaban imposibles aquí eran perfectamente posibles.

Durante todo el día, y buena parte de la noche, el tráfico circulaba sin cesar por las estrechas calles. Los carruajes le obligaban a pegarse a la pared. Los blasones y proezas de sus dueños estaban pintados en chillones colores heráldicos; los caballos de morro aterciopelado hundían sus cascos en la porquería de la ciudad. En el interior de los carruajes, sus propietarios se repantingaban en el asiento y miraban como con descuido por la ventanilla. En los puentes y en los cruces, los elegantes carruajes se topaban con humildes carretas. Los lacayos de librea, asidos a la parte posterior de los carruajes, intercambiaban insultos con los carboneros y los panaderos. Los problemas ocasionados por los accidentes de tráfico se resolvían allí mismo, en metálico, según la tarifa de un brazo, una pierna o la cabeza, bajo la indiferente mirada de los guardias.

Los escritores de cartas públicos tenían instaladas sus casetas en el Pont-Neuf, y los vendedores disponían su género en el suelo. Georges-Jacques vio unas cestas llenas de libros de segunda mano entre los que había una novela sentimental, unas obras de Ariosto y un tomo que ni siquiera había sido abierto, publicado en Edimburgo y titulado Las cadenas de la esclavitud, de Jean-Paul Marat. Tras examinarlos, adquirió media docena a dos sous cada uno. Los perros iban en manadas, devorando lo que encontraban a su paso.

De cada dos personas con las que se tropezaba, una era un albañil, sudoroso y cubierto de yeso. Toda la ciudad estaba en obras. En algunos barrios habían demolido todos los edificios para construir otros. La gente se detenía para contemplar las operaciones más complicadas y espectaculares. Los operarios eran temporeros y pobres. Si terminaban las obras antes de lo previsto recibían una bonificación, lo cual les obligaba a trabajar a un ritmo peligroso mientras blasfemaban, empapados de sudor. ¿Qué hubiera dicho maître Vinot? «Es preciso construir lentamente.»

En una esquina había un hombre tuerto, con la cara llena de lívidas cicatrices, que sostenía una pancarta que decía: «Héroe de la liberación americana.» Tenía una hermosa voz de barítono y cantaba canciones sobre la corte, describiendo a la Reina como una mujer entregada a unos vicios de los que ni siquiera habían oído hablar en Arcis-sur-Aube. En los jardines de Luxemburgo, una hermosa rubia lo miró de arriba a abajo, dio media vuelta y se alejó.

Georges-Jacques se dirigió a Saint-Antoine. Se detuvo junto a la Bastilla y contempló sus ocho torres. Había imaginado que sus muros serían altos e imponentes como riscos. El más alto debía medir unos veintitrés o veinticuatro metros.

– Los muros miden dos metros y medio de espesor -dijo un hombre que se había detenido junto a él.

– Creía que sería más grande.

– Es lo suficientemente grande para encerrar en ella a mucha gente -replicó el hombre-. Algunos de los que han entrado allí no han vuelto a ver la luz del día.

– ¿Es usted de aquí?

– Sí -contestó el hombre-. Hay unas celdas subterráneas, llenas de agua y de ratas.

– He oído hablar de las ratas.

– Y las celdas que hay debajo del tejado son aún peores. En verano te asas y en invierno te hielas. Pero sólo los desgraciados van a parar allí. Algunos presos duermen en lechos con colchones y pueden llevar a sus gatos para impedir que les ataquen las ratas.

– ¿Qué suelen comer?

– Depende de quién sea el preso. De vez en cuando les dan carne. Un vecino mío, que estuvo encerrado una temporada, jura que un día vio que instalaban una mesa de billar. Es como todo -dijo el hombre-, unos ganan y otros pierden.

Georges-Jacques alza la vista y observa los inexpugnables muros de la prisión. Esas gentes -en su mayoría cerveceros y tapiceros- viven y trabajan a los pies de estos muros, pensó, contemplándolos todos los días hasta que al final dejan de verlos, como si hubieran desaparecido. Lo importante no es la altura de las torres sino las imágenes que bullen en su cabeza de víctimas enloquecidas por la soledad, de suelos cubiertos de sangre, de niños que nacen sobre un montón de paja. Uno no puede dejar que un extraño, un tipo al que conoces en la calle, te reorganice tu mundo interior. ¿Acaso no hay nada sagrado? Las aguas del río, contaminadas por la fábrica de colorantes, aparecen teñidas de azul y amarillo.

Al anochecer, los funcionarios regresan apresuradamente a sus casas; los joyeros de la Place Dauphine guardan los brillantes en la caja fuerte. Georges-Jacques piensa durante unos instantes con nostalgia en su casa, en los campos de Arcis-sur-Aube, pero enseguida desecha esos pensamientos. En la rue Saint-Jacques, unos zapateros se disponen a emborracharse. En un piso de la tercera planta, en la rue de la Tixanderie, una joven abre la puerta a su nuevo amante y se desnuda. En la isla de Saint-Louis, en un despacho vacío, el hijo de maître Desmoulins se enfrenta, con la boca seca, a su nuevo patrono. Los sombrereros, que trabajan quince horas bajo una débil luz, se frotan los ojos y rezan por sus parientes que viven en el campo. Las puertas se cierran a cal y canto; las farolas se encienden. Los actores se pintan la cara, dispuestos a salir a escena.

Segunda parte

Sólo progresamos cuando la melancolía hace presa en nosotros, cuando, insatisfechos del mundo que nos rodea, nos vemos obligados a crear otro más soportable.

Teoría de la ambición, ensayo de

Jean-Marie Hérault de Séchelles

***

I. Teoría de la ambición

(1784-1787)

El Café du Parnase era conocido por sus clientes como el Café de l’École puesto que daba al quai de ese nombre. Desde sus ventanas se distinguía el río y el Pont-Neuf, y a lo lejos las torres de los tribunales de justicia. El propietario del café era un tal señor Charpentier, inspector de Hacienda, el cual había montado dicho local como distracción y para redondear sus ingresos. Cuando los tribunales cerraban y el café se llenaba de clientes, el señor Charpentier se echaba un paño blanco sobre el brazo y atendía personalmente las mesas. Si no tenía mucho trabajo, se servía un vaso de vino y se sentaba a charlar con sus clientes habituales. En general, en el Café de l’École se hablaba de temas áridos, de carácter legalista, pero la clientela no era totalmente masculina. De vez en cuando entraba una mujer, que recibía encendidos piropos pronunciados en tono irónico.

Angélique, la esposa del señor Charpentier, había sido, antes de casarse, Angelica Soldini. Sería interesante poder afirmar que la italiana gozaba todavía de una vida secreta bajo la fría apariencia de matrona parisina. Pero lo cierto es que Angélique seguía hablando a gritos y gesticulando, luciendo vestidos negros y cultivando su fervor religioso y su carnalidad. Bajo estos aparatosos rasgos, sin embargo, se ocultaba una mujer prudente, ahorradora y dura como el granito. Acudía al café todos los días, y cuando un cliente le escribía un soneto y se lo regalaba, ella lo doblaba cuidadosamente y decía, sonriendo emocionada: «Lo leeré más tarde.»

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