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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Su hija, Antoinette Gabrielle, tenía diecisiete años cuando apareció por primera vez en el café. Era más alta que su madre, tenía una hermosa frente, y los ojos marrones y profundos. Sonreía tímidamente, mostrando su blanca dentadura y apartando la cabeza. Su pelo castaño, lustroso y abundante, le caía por la espalda como una capa de piel, exótico y vivo.

Pero Gabrielle no era tan atractiva como su madre. Cuando se hacía un moño, el peso de su cabellera hacía que se le cayeran las horquillas. Caminaba a zancadas, respiraba con la boca abierta y se sonrojaba fácilmente; hablaba de cosas intrascendentes y su educación, típicamente católica, era deficiente y pintoresca. Tenía la energía de una lavandera, y una piel -según decían todos- como la seda.

La señora Charpentier llevaba a Gabrielle al café para que la vieran los hombres que podían pedirla en matrimonio. Tenía también dos hijos varones: Antoine, que estudiaba derecho, y Victor, que estaba casado y se ganaba muy bien la vida como notario. Así pues, sólo quedaba la chica. Todo parecía indicar que Gabrielle se casaría con uno de los jóvenes abogados que frecuentaban el café. Ella aceptaba dócilmente su destino aunque se lamentaba un poco de los años de testamentos, infracciones e hipotecas que le aguardaban. Su marido probablemente le sobrepasaría unos años, pero esperaba que fuera apuesto, que gozara de una sólida posición y que fuera generoso y atento; en pocas palabras, un hombre distinguido. Así pues, cuando un buen día se abrió la puerta del café y apareció maître d’Anton, otro oscuro abogado de provincias, Gabrielle no pensó ni remotamente que se trataba de su futuro marido.

Poco después de que Georges-Jacques llegara a la capital, Francia contaba con un nuevo ministro de Finanzas, el señor Joly de Fleury, célebre por haber aumentado en un diez por ciento los impuestos sobre los alimentos. Las circunstancias personales de Georges-Jacques no eran fáciles, pero si no hubiera tenido que luchar para abrirse camino se habría sentido decepcionado pues no le quedaría ningún recuerdo interesante de su época de miseria.

Maître Vinot le obligaba a trabajar duro pero había cumplido sus promesas.

– Cámbiese el apellido por D’Anton -le recomendó-. Produce mejor impresión.

¿A quién? No a los auténticos nobles, desde luego; pero buena parte de los pleitos civiles eran promovidos por quienes se sentían socialmente inseguros.

– ¿Qué más da que sepan que es falso? -prosiguió maître Vinot-. Eso demuestra que es usted ambicioso, que desea progresar.

Cuando llegó el momento de examinarse, maître Vinot le aconsejó que acudiera a la universidad de Rheims, cuyos profesores tenían fama de benévolos. Maître Vinot no recordaba el nombre de un solo alumno al que hubieran suspendido en Rheims.

– Por supuesto -dijo-, con su talento podría examinarse en París pero…

Vinot se detuvo e hizo un gesto vago con la mano. Parecía como si se estuviera refiriendo a uno de esos logros intelectuales a los que eran tan aficionados en el bufete de Perrin. D’Anton fue a Rheims, aprobó los exámenes y se convirtió en abogado del parlamento de París. Formaba parte del rango inferior de letrados, que es por donde se empieza siempre. El que consiguiera alcanzar un puesto más elevado no dependía de sus méritos sino del dinero.

Al cabo de un tiempo abandonó l’île de Saint-Louis para establecerse por su cuenta. Sus clientes, aristócratas de segunda fila, le confiaban casos sobre títulos y derechos de propiedad. Un arribista que deseaba poner en orden sus patentes le había recomendado a sus amigos. Los pormenores, complejos aunque no en exceso, no le absorbían del todo. Tras haber hallado la fórmula ganadora, una parte de su cerebro quedaba como dormida, inactiva. ¿Aceptaba quizá esos casos para tener tiempo de pensar en otros asuntos? En aquella época, Georges-Jacques no solía perderse en divagaciones. Se sentía un tanto sorprendido e irritado al comprobar que la gente que le rodeaba era mucho menos inteligente que él. Los imbéciles como Vinot prosperaban y ganaban una fortuna. «Adiós -decían-. No ha sido una mala semana. Nos veremos el martes.» Georges-Jacques los observaba mientras partían para pasar el fin de semana en lo que los parisinos denominaban el campo. Un día se compraría una casita, pensó, un par de hectáreas, donde podría descargar sus angustias y tensiones.

Sabía lo que necesitaba. Necesitaba dinero, un buen matrimonio, y poner en orden su vida. Necesitaba capital, para montar un despacho más suntuoso. A los veintiocho años tenía la complexión de un minero. Era difícil imaginárselo sin sus cicatrices; sin ellas habría ofrecido un aire apuesto aunque algo tosco. Hablaba perfectamente el italiano, que practicaba con Angelica cuando acudía al café. Dios le había dado una voz potente, clara y resonante, para compensarlo por su grotesca apariencia, una voz que hacía que a las mujeres se les pusiera la carne de gallina. Requería un poco más de vibración, un poco más de color en el tono, pero era sin duda un rasgo que le favorecía profesionalmente.

La belleza no es lo principal, pensaba Gabrielle, ni tampoco el dinero. Tenía que meditar el asunto. Comparados con él, todos los hombres que acudían al café parecían débiles y canijos. En el invierno de 1786 empezó a dirigirle largas y tiernas miradas; en la primavera le dio un casto beso en los labios, mientras el señor Charpentier pensaba: «Ese chico tiene futuro.»

Lo malo es que para hacer carrera como abogado de poca monta uno tiene que mostrarse dócil y servil, cosa que acaba cansando. En ocasiones, en el feroz rostro de Georges-Jacques se advertía cierta crispación.

Maître Desmoulins llevaba seis meses ejerciendo de abogado. Rara vez aparecía por los tribunales, y como todo lo raro llamaba la atención de numerosos expertos. Una manada de estudiantes lo seguía como si fuera un gran jurista, observando sus grandes esfuerzos por dejar de tartamudear. También observaban la arrogancia con que abordaba los casos, así como su habilidad para convertir el dictamen judicial más trivial en la sentencia de un tirano que él, y sólo él, era capaz de liquidar. Era una forma especial de ver el mundo, el punto de vista de un gusano harto de ser pisoteado.

El caso que se había visto aquel día trataba sobre unos derechos de pastoreo, referidos a unos arcanos precedentes no destinados a pasar a la historia de la jurisprudencia. Maître Desmoulins recogió sus papeles, dirigió una radiante sonrisa al juez y salió del tribunal con la celeridad del preso al que acaban de dar la libertad.

– ¡Vuelva aquí! -gritó D’Anton.

Desmoulins se detuvo.

– Ya veo que no está acostumbrado a ganar -dijo D’Anton-. Es costumbre expresar al oponente su pesar por haberlo derrotado.

– ¿Quiere que le diga que lo siento? ¿Acaso no ha cobrado sus honorarios? Vamos a dar un paseo, este lugar me pone nervioso.

Pero D’Anton no estaba dispuesto a ceder.

– Aunque sea una hipocresía, es la costumbre.

Camille Desmoulins se giró hacia él e inquirió:

– Así pues, ¿debo regocijarme por haberlo derrotado?

– Si quiere expresarlo de esa forma, sí.

– ¿Es eso lo que les enseñan en el despacho de maître Vinot?

– Mi primer caso fue parecido a éste -dijo D’Anton-. Defendí a un pastor contra un noble.

– Ha progresado bastante desde entonces.

– No moralmente. ¿Ha renunciado usted a sus honorarios? Lo suponía. Lo detesto.

– ¿En serio? -preguntó Desmoulins desconcertado.

– No, hombre. Creí que le gustaban las emociones fuertes. En el tribunal todos estábamos tensos. Fue usted muy benévolo con el juez al no insultarlo personalmente.

– No siempre me comporto así. Como bien dice, no tengo costumbre de ganar. ¿Qué cree usted, D’Anton, que soy un mal abogado o que defiendo casos desesperados?

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