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Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:

Claudia Moore era una aspirante a reportera en busca de su gran oportunidad. Por eso cuando se enteró que había un Papá Noel que realmente hacía que se cumplieran los deseos de los niños, pensó que había llegado su momento. Pero no se le ocurrió que aquella fuera a ser una misión en la que tendría que trabajar de incógnito… ¡y vestida de duende! Pero, por si eso no fuera suficiente, pronto se dio cuenta de que se estaba enamorando del mismísimo hombre al que debía desenmascarar…
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Mirando a Claudia, Tom veía una mujer a la que podía amar, una mujer diferente a todas las que había conocido. Cerrando los ojos, intentó imaginar e futuro, pero todo era tan confuso… Y cuando se quedo dormido los sueños fueron igual de frustrantes.

Abrió los ojos, seguro de no haber dormido más que unos minutos, pero el reloj marcaba las nueve de la mañana. Claudia seguía dormida, con el pelo en la cara, sujetando la pechera de su camisa.

Entonces oyó la campanita del ascensor. Nadie iba a la oficina los domingos… excepto su abuelo. Murmurando una maldición, Tom se levantó del sofá intentando no despertarla.

Pero Theodore Dalton entró antes de que pudiera llegar a la puerta.

– Pero qué…? ¿Tommy?

Tom se puso un dedo en los labios y empujó a su abuelo hacia el pasillo.

– No hagas ruido.

– Qué demonios te has hecho en el pelo? ¿Qué es eso, un pendiente? Dios mío, ¿qué te ha pasado?

– Puedo explicártelo todo. Pero no ahora mismo.

Su abuelo lo miró con expresión suspicaz.

– No estarás teniendo una crisis de identidad, ¿no? Ya sabes, cuando un hombre piensa que es una mujer encerrada en el cuerpo de…

– No! Solo es un pendiente. No llevo ropa interior femenina.

– A mí no me grites. Después de todo, últimamente estás muy tenso. Y cada vez que menciono el sexo, te pones muy irritable. Y he visto esto en la televisión. Un hombre normal que, de repente, se siente como una mujer… De hecho, tu bisabuelo solía ponerse un mandil en la cocina. A mí eso siempre me pareció muy extraño.

– No he sido yo. Ha sido Claudia-suspiró Tom.

– ¿Claudia, mi paje?

– Hemos pasado la noche aquí-dijo él, tocándose la oreja-. Y esto ha sido el entretenimiento.

– ,Y ella sigue ahí? No me digas que lleva puestos tus calzoncillos.

– No, está dormida… con su propia ropa. Y antes de que preguntes, no ha pasado nada.

– No pensaba preguntar eso. Iba a preguntar por qué habéis dormido aquí.

– Pues… porque le dije que no podíamos salir hasta por la mañana.

– ¿Le has mentido?

– No le he dicho toda la verdad-contestó Tom.

– Ya, ya. Ahora entiendo que te haya hecho eso-suspiró su abuelo, señalando el pendiente-. Yo habría añadido un poco de colorete y barra de labios.

– Ella no sabe que es mentira y tú no vas a decir

– Pero tendrás que despertarla, ¿no? Tu padre está buscándote. Te necesita en Nueva York, por lo visto. Ha organizado una reunión a las tres para solucionar el asunto inmobiliario de Florida. Si no puedes ir en tren, te enviará el avión. Y ha dicho que deberías estar en Nueva York durante tres o cuatro días.

Tom miró la puerta de la oficina.

– No puedo marcharme ahora.

Quería quedarse allí, con Claudia, en el despacho, donde el resto del mundo no podía molestarlos. Pero una llamada del cuartel general no podía ser ignorada y aquel negocio inmobiliario era lo que Tom había esperado para salir de Schuyler Falis.

– Si la despierto no estará de buen humor, considerando la cantidad de champán que tomó anoche. Le dejaré una nota y la llamaré más tarde.

– Te das cuenta de que estás manteniendo una relación con una empleada?-preguntó su abuelo.

– Le dijo la sartén al cazo. ¿Has olvidado que la abuela también trabajaba aquí?

– No se me ha olvidado. Pero yo me casé con ella. ¿Tus intenciones son igualmente honorables?

– Déjame en paz, abuelo.

Tom abrió la puerta del despacho intentando no hacer ruido y le dio un beso en la frente, pero no quería despertarla. Escribió una nota explicando lo que había pasado y la dejó junto a su bolso.

No quería verla salir de su oficina con el archivo. Habría un momento para solucionarlo todo, se dijo. Y empezaría en cuanto volviese a Schuy!er Falis.

Claudia despertó con un terrible dolor de cabeza y sin saber dónde estaba. Sabía que no estaba en su apartamento de Brooklyn, ni en la habitación del hostal. Y cuando por fin pudo abrir los ojos, supo dónde estaba.

– En el despacho de Tom Dalton-murmuró, apartándose el pelo de la cara.

La oficina estaba desierta y no oía ruidos en el pasillo.

Claro, era domingo. Nadie trabajaba en las oficinas los domingos.

Entonces miró el reloj…, eran casi las diez. En quince minutos debía estar disfrazada de paje.

– Ay, Dios mío, le teñí el pelo de rosa-murmuró entonces, recordando-. Y le hice un agujero en la oreja.

Qué pensaría cuando viera que no podía quitarse el tinte? ¿O cuando se le cayera la oreja, infectada?

No solo la despediría, pondría precio a su cabeza. Mientras se ponía las botas, recordó la noche anterior. Desde luego, bebió mucho champán. Y habían dormido juntos, en aquel sofá. Al recordar sus besos el dolor de cabeza casi desapareció.

Quizá debería esperarlo. Después de todo, habían pasado la noche juntos. Debería darle las gracias por la cena y el champán. Y por la diversión.

– No, es mejor que me vaya-dijo entonces.

Al tomar el bolso un papelito cayó al suelo y, pensando que era de Tom, volvió a dejarlo sobre la mesa. Después salió corriendo de la oficina y pulsó el botón del ascensor.

En cinco minutos habría docenas de niños delante de la casita de Santa Claus y ella aún no se había vestido. Pero cuando iba a entrar en el vestuario, la señorita Perkins apareció por detrás de un montón de balones.

– Señorita Moore, ¿se da cuenta de que práctica mente siempre llega tarde a trabajar?

Claudia tragó saliva convulsivamente. Le dolía tanto la cabeza y estaba tan mareada que no se le ocurría ninguna excusa.

– Ah, sí?

– Ese comportamiento es totalmente inaceptable

– Sí, lo entiendo. Intentaré llegar a tiempo a partir de ahora.

La señorita Perkins levantó una ceja.

– Ni siquiera piensa molestarse en darme una explicación, señorita Moore?

Ella dejó escapar un suspiro.

– Supongo que podría hacerlo, pero usted no ni creería, así que ¿para qué?

– Le agradecería mucho el esfuerzo.

– Muy bien. He pasado la noche con Tom Dalton. Bebí demasiado champán y me quedé dormida en sus brazos, lo siento.

Eunice Perkjns hizo una mueca.

– Eso no tiene ninguna gracia. La aviso por última vez, señorita Moore. Si no llega puntual al trabajo, tendré que despedirla. ¿Está claro?

– Muy claro-contestó Claudia-. Voy a vestirme y estaré en lista dentro de Cinco minutos.

Pero debería dimitir inmediatamente Aquello es taba complicándose tanto que no sabía si podría salvar el artículo.

Cuando estaba metiendo el bolso en la taquilla vio el archivo y se llevó una mano al corazón.

– Oh, no.

El sentimiento de culpabilidad era insoportable. ¿Cómo podía haber hecho aquello? Nunca había cometido un delito para conseguir un reportaje y estaba segura de que robar información secreta de una empresa era delito. Y si no era delito, desde luego era poco ético. Además, estaba aprovechándose de Tom, que se portaba de maravilla con ella.

– Tengo que devolverlo-murmuró, saliendo del vestuario con el bolso en la mano.

Desgraciadamente, se encontró con su supervisora en el pasillo.

– Señorita Moore, no se ha puesto el uniforme!

– Lo sé, señorita Perkins, pero es que tengo que solucionar una cosa muy urgente. Le prometo que estaré vestida dentro de cinco minutos y… no tomaré ningún descanso, se lo juro.

Entró en el ascensor abriéndose paso entre la gente y pulsó el botón del quinto piso, pero cuando llegó al cuarto volvió a bajar.

Maldiciendo en voz baja pulsó el botón de nuevo y, de nuevo, al llegar al cuarto volvió a descender.

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