Por arte de magia
- Автор: Грин Дженнифер
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
Mitch se sentó en la manta, junto a ella, a un brazo de distancia del fuego… temiendo en todo momento que los filetes se estropearan. No obstante, tal preocupación no le impidió fijarse con detalle en Nicole. Llevaba tejanos, un jersey blanco de estilo marinero y sandalias. Él también se había puesto tejanos y, por pura casualidad, un jersey marinero. Parecía una indicación de que estaban muy compenetrados, aunque Mitch no se engañaba a sí mismo. Podía perder a Nicole antes incluso de haberla conquistado. Se sentía presionada. De modo que tenía que obrar con mucha cautela.
Sin embargo, en aquel momento, ella parecía haberse olvidado de sus problemas personales. Tenía el rostro alzado hacia el cielo, la piel teñida con el resplandor del anochecer y el cabello iluminado por el resplandor del fuego. Mitch sintió una punzada en las entrañas al mirarla. Su aspecto era tan vivo, tan sensual, cuando se soltaba el cabello…
Nik se quitó las sandalias y enterró los pies en la fría arena.
– ¿Has construido alguna vez castillos de arena a la luz de la luna?
Él esbozó una sonrisa burlona.
– Estás hablando con un arquitecto, cariño. He construido castillos de arena de noche, de día, con la marea baja y la marea alta. Lo malo de la maldita arena es que, al final, se deshace.
– Pero sigues construyéndolos, ¿no?
– Sí. A pesar de todo, merece la pena. Lo divertido es crearlos. Ver cómo un sueño se hace realidad. El factor de la duración no me importaba tanto cuando tenía ocho años -estaba oscureciendo rápidamente. Mitch comprobó el fuego, entonó una oración y por fin trinchó los filetes-. ¿Qué me dices de ti? ¿Has hecho muchos castillos de arena?
– No. Ni uno siquiera. Aprendí a nadar de pequeña, pero fue en una piscina. Sin embargo, me encantaría probar cuando nuestro pequeño sea lo suficientemente mayor para jugar en la arena.
A Mitch le gustaba oírla hablar del niño. Quizá el embarazo le hubiese llegado como una problemática sorpresa, pero era evidente que Nicole veía a su futuro hijo como una fuente de gozo y de alegría.
– Eso es mucho tiempo de espera. Tendrías que practicar antes. De hecho, te reto a un concurso de castillos de arena después de la cena.
Ella giró la cabeza con un repentino brillo juguetón en los ojos.
– ¿Me darás ventaja por ser novata?
– Por supuesto. ¿Qué te parece si sólo utilizo una mano para construir el mío?
– Uf, no hace falta ir tan lejos. Me parece excesivo. Prefiero que me des unos minutos de ventaja.
– ¿Quince minutos?
– Trato hecho -Nicole pareció titubear-. Mitch, nunca has vuelto a mencionar el tema del matrimonio.
Las alarmas internas de Mitch se dispararon como si acabara de declararse un incendio.
– No pensé que quisieras hablar de ello tan pronto.
– Sí, quizá sea demasiado pronto, pero… -de repente, Nicole parecía muy ocupada mirándose los dedos de los pies-. He estado pensando que quizá me lo propusiste porque te sentías responsable. Como si te preocupase que no pueda arreglármelas por mí misma.
– Me siento responsable, sí. Pero no porque dude que seas perfectamente capaz de arreglártelas por ti misma. Me siento responsable porque ese hijo es tan mío como tuyo, Nik.
– Hay muchas formas de asumir esa responsabilidad. Y el matrimonio no tiene por qué ser una de ellas. ¿Crees que el amor es fundamental cuando una pareja se casa?
Él respondió cuidadosamente.
– Sí, lo creo. El amor importa. Igual que el sexo. Pero también el respeto, los valores compartidos… Hablar y comunicarse, reírse juntos… Y quizá el amor que se va forjando lentamente sea el que de verdad perdura. La pasión a primera vista suele desvanecerse.
Nicole permaneció callada. Tan callada, que Mitch sintió un escalofrío. Ella lo miró un momento, y luego retiró la mirada.
– ¿Qué? -inquirió él-. Di lo que piensas. ¿No estás de acuerdo con lo que he dicho?
– Cuando una pareja se casa por el bien de un hijo, ¿crees que suele funcionar? Yo creo que no, porque ambos se sienten atrapados. Pero, tal como tú lo expones, todo parece distinto, Mitch.
– En ese caso, ¿por qué pareces de repente tan incómoda?
Nicole lo miró directamente a los ojos.
– No concibo el matrimonio sin sexo. Resulta poco realista e incluso poco sano.
Él no lo habría expresado en esos términos, pero estaba de acuerdo.
– ¿Y?
– Y tú me llevas ventaja en ese aspecto, Landers. Recuerdas cómo fue nuestra primera noche. No es que quiera hacerte una prueba, pero… -la voz se le quebró de repente-. Diablos, estoy haciendo lo que puedo para ser honesta.
– Ya lo veo.
– Creo que necesito decirte algo… pero no quiero que creas que estoy sugiriendo que volvamos a acostarnos.
– De acuerdo -quizá Mitch no la entendiera en absoluto, pero, ¿qué más daba? Nicole estaba dispuesta a hablar del sexo y del matrimonio.
– Lo cierto es que… temo que esa vez todo saliera tan bien por pura chiripa. No niego la química que existe entre nosotros. Pero tengo miedo de haberte dado una impresión equivocada.
Él arrugó la frente.
– ¿Una impresión equivocada? ¿En qué sentido?
– Mitch… soy una mujer fría. No suelo excitarme fácilmente ni lanzar por la borda la precaución para desnudarme delante de un hombre. Quizá lo de aquella noche fue una excepción provocada por el champán. Yo no soy así. Y si llegaste a la conclusión de que somos compatibles en ese terreno a raíz de aquella experiencia… En fin, no sé…
Mitch se giró hacia ella. Al sentir su súbita proximidad, Nicole tragó saliva como si tuviera la garganta obstruida.
Él le cubrió los labios con los suyos e impidió que siguiera hablando. Ella alzó las manos, como si quisiera alejarlo de sí, pero sus dedos se cerraron en torno a sus brazos.
No se habían acostado juntos desde la noche de la fiesta. Pero, esta vez, no se interponía ningún champán entre ambos. Los únicos sonidos que se apreciaban eran el chisporroteo del fuego y el rumor de las olas. Las llamas emitían un resplandor más que suficiente para iluminar el increíble semblante de Nicole, en una noche que poco a poco iba tornándose azul.
Y, de repente, en la mente de Mitch no hubo nada más que ella, la suave y cálida textura de sus labios ajustándose a los suyos.
Necesitaba ser amada. Eso era lo que ocurría cuando uno intentaba reprimir tales necesidades. Cuando escapaban, era imposible volver a sepultarlas. Deseaban salir. Ser libres. El deseo podía tener un poder increíble.
Pero también podía tenerlo la ternura. Mitch había cometido un error al hacerle el amor demasiado pronto la primera vez. Un error que no estaba dispuesto a repetir.
Con los ojos cerrados, le habló de lo hermosa que era, al tiempo que le daba besos dulces y prolongados. Le explicó que, si alguien le hacía daño alguna vez, lo mataría. Y siguió besándola. Le susurró que a su lado jamás tendría frío, aunque estuvieran sentados en la cumbre de un iceberg.
Mitch olía el humo, el aroma salado del aire y la fragancia dulce, íntima y femenina de Nicole. Podía saborear dicha fragancia en su garganta, donde se habían posado sus labios. Ella emitió un suspiro y le clavó las uñas en los brazos. Luego lo apremió para que volviera a besarla en la boca.
Las alarmas sonaron en la mente de Mitch. «No vayas demasiado lejos. Ve despacio. No la presiones.»
Pero dichas alarmas mentales se diluyeron como la tinta en el agua. El esbelto cuerpo de Nicole estaba tan cálido debajo del suyo… Con una mano, Mitch le retiró la molesta tela del jersey, prometiéndose que se detendría cuando acariciara un solo centímetro de su piel desnuda. Pero al acariciarle el vientre y notar la calidez de su piel, comprendió que no sería suficiente. Su miembro se había puesto más rígido que un cartucho de dinamita, lo cual siempre le sucedía cerca de Nicole, pero nunca con tal intensidad. Le levantó más el jersey y hundió la cabeza. Recordaba que sus senos eran exquisitamente sensibles y pequeños… Ahora, no obstante, a causa del embarazo, se le habían hinchado y parecían desbordar el tejido blanco del sujetador. Al sentir la lengua de él, Nicole arqueó de inmediato la espalda sobre la manta. Ya no era simplemente sensible, sino inflamable. Para no hacerle daño, él fue bajando lenta, muy lentamente… Una caricia infinitamente cuidadosa de su lengua hizo que ella arqueara de nuevo la espalda, lo que lo animó a seguir. Los senos de Nik estaban iluminados por el resplandor del fuego, los pezones oscuros y tensos…