El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
– ¿Que si estoy seguro de qué? -respondió con desagrado.
– Nada -musitó ella, reprendiéndose por haber abierto la boca-. Por favor, continúe.
– Como decía, puesto que, como amigo y caballero -fulminó con la mirada a Kate-, dirá que sí, llevaré a la señorita Sheffield a su casa, luego regresaré a la mía y haré que uno de mis hombres devuelva el carruaje a Montrose.
Nadie se molestó en preguntar a qué señorita Sheffield se refería.
– ¿Y qué hay de Kate? -preguntó Edwina. Al fin y al cabo, el carruaje sólo tenía dos asientos.
Kate le apretó la mano. Querida y dulce Edwina.
Anthony miró a Edwina de frente.
– El señor Bebrooke acompañará a su hermana a casa.
– Pero no puedo -dijo Berbrooke-. Tengo que acabar de arreglar el carrocín, bien lo sabe.
– ¿Dónde vive? -preguntó con rudeza Anthony.
Berbrooke pestañeó con sorpresa pero le dio su dirección.
– Pararé en su casa y les enviaré a un sirviente para que espere junto a su vehículo mientras usted acompaña a la señorita Sheffield a su casa. ¿Está claro? -Se detuvo y miró a todo el mundo, incluido al perro, con expresión bastante dura. Excepto a Edwina, por supuesto, quien era la única persona presente que no había provocado su mal genio.
– ¿Está claro? -repitió.
Todo el mundo asintió, y su plan se puso en marcha. Minutos después, Kate se encontró observando a lord Bridgerton y a su hermana partir hacia el horizonte, justo las dos personas que se había jurado que nunca deberían estar juntas ni tan siquiera en la misma habitación.
Aún peor, la dejaron a solas con el señor Berbrooke y Newton.
Y tan sólo hicieron falta dos minutos para discernir que de los dos, Newton era el mejor conversador.
Capítulo 5
A Esta Autora le han llegado informaciones de que la señorita Katharine Sheffield se ofendió por la descripción de su querido animal de compañía como «un perro no identificado de raza indeterminada».
Esta Autora, desde luego, está postrada de vergüenza por el grave y atroz error y les pide a ustedes, Queridos Lectores, que acepten esta disculpa abyecta y que presten atención a la primera corrección en la historia de esta columna.
El perro de la señorita Katharine Sheffield es un corgi. Se llama Newton, aunque cuesta imaginar que el inventor y físico más importante de Inglaterra hubiera apreciado quedar inmortalizado en forma de un can pequeño, gordo y con malos modales.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
27 de abril de 1814
Aquella misma noche quedó patente que Edwina no había salido indemne de su terrible aunque breve experiencia. Se le puso la nariz roja, los ojos le empezaron a lagrimear y era evidente para cualquiera que mirara durante tan sólo un segundo su rostro hinchado que, aunque no estaba seriamente enferma, había cogido un fuerte resfriado.
Pero aunque Edwina estaba bien arropada bajo las mantas con una bolsa de agua caliente entre los pies y una pócima curativa preparada por el cocinero en una taza sobre la mesilla de noche, Kate estaba decidida a mantener una conversación con ella.
– ¿Qué te dijo en el trayecto de vuelta a casa? -quiso saber Kate, colocándose sobre el borde de la cama de Edwina.
– ¿Quién? – contestó ésta, mientras olisqueaba con recelo el remedio -. Mira esto -dijo sosteniéndoselo a Kate-. Despide gases.
– El vizconde -dijo Kate entre dientes-. ¿Quién más puede haber hablado contigo en el trayecto de regreso a casa? Y no seas tontaina: no despide gases, no es más que vaho.
– Oh. -Edwina olisqueé un poco más y puso una mueca-. Pues no huele a vaho.
– Es vaho. -Repitió Kate entre dientes, agarrándose al colchón hasta que le dolieron los nudillos-. ¿Qué te dijo?
– ¿Lord Bridgerton? -preguntó Edwina con aire despreocupado-. Oh, las cosas habituales. Ya sabes a qué me refiero. Frases de cortesía y todo eso.
– ¿Te ha dicho frases de cortesía mientras estabas chorreando agua?-preguntó Kate con tono desconfiado.
Edwina dio un sorbo vacilante, luego casi hace una arcada.
– ¿Qué hay aquí?
Kate se inclinó y olisqueé el contenido.
– Huele un poco a regaliz. Y creo que veo una pasa en el fondo.
– Pero mientras olía pensó que le parecía oír lluvia contra el vidrio de la ventana y volvió a incorporarse-. ¿Está lloviendo?
– No lo sé -contestó Edwina-. Podría ser. Estaba bastante nublado antes cuando se ha puesto el sol. -Echó una mirada más de desconfianza a la taza, luego volvió a dejarla en la mesa-. Si me bebo esto, sé que voy a ponerme más enferma -manifestó.
– Pero ¿qué más te dijo? -insistió Kate mientras se levantaba a mirar por la ventana. Corrió a un lado el visillo y escudriñó el exterior. Estaba lloviendo, pero sólo un poco, y era demasiado temprano para decir si la precipitación vendría acompañada de truenos o electricidad.
– ¿Quién, el vizconde?
Kate pensó que era una santa por no sacudir a su hermana hasta dejarla sin sentido.
– Sí, el vizconde.
Edwina se encogió de hombros, pues era evidente que no estaba tan interesada en la conversación como Kate.
– No demasiado. Se interesó por mi bienestar, por supuesto. Lo cual es razonable teniendo en cuenta que acababa de sumergirme en el Serpentine. Cosa que, si puedo añadir, ha sido en extremo espantosa. El agua, aparte de estar fría, estaba hecha una completa porquería.
Kate se aclaró la garganta y volvió a sentarse, preparándose para hacer una pregunta sumamente escandalosa, pero que, en su opinión, tenía que plantear. Intentando que su voz no denotara la fascinación completa y total que corría por sus venas, preguntó:
– ¿Te hizo alguna proposición más atrevida?
Edwina dio una sacudida hacia atrás con los ojos abiertos como platos a causa de la indignación.
– ¡Por supuesto que no! -exclamó-. Ha sido un perfecto caballero. La verdad, no entiendo por qué andas tan excitada. No ha sido una conversación muy interesante. Ni siquiera recuerdo la mitad de lo dicho.
Kate se quedó mirando a su hermana, incapaz de entender que Edwina hubiera mantenido una conversación con ese odioso mujeriego durante más de diez minutos y no le quedara una impresión imborrable. Para su propia consternación eterna, cada una de las espantosas palabras que él le había dicho habían quedado grabadas en su cerebro de forma permanente.
– Por cierto -añadió Edwina-, ¿cómo te ha ido a ti con el señor Berbrooke? Has tardado casi una hora en regresar.
Kate se estremeció a ojos vista.
– ¿Tan mal?
– Estoy segura de que será un buen marido para alguna mujer-explicó Kate-, pero no para cualquier joven con una pizca de inteligencia.
Edwina solté una risita.
– Oh, Kate, eres un espanto.
Kate suspiró.
– Lo sé, lo sé. Eso ha sido de lo más cruel por mi parte. El pobre no tiene un gramo de maldad en su cuerpo. Sólo que…
– No tiene un gramo de inteligencia tampoco -concluyó Edwina.
Kate alzó las cejas. No era propio de Edwina hacer un comentario tan categórico.
– Lo sé -dijo Edwina con mirada avergonzada-. Ahora yo soy la mala. No debería haber dicho eso, cierto, pero la verdad es que pensaba que iba a morirme durante nuestro paseo en carrocín.
Kate se enderezó con cierta preocupación.
– ¿Es un conductor peligroso?
– En absoluto. Era su conversación.
– ¿Aburrida?
Edwina asintió con expresión de ligera perplejidad en sus ojos azules.
– Era tan difícil seguirle que casi resultaba fascinante intentar adivinar cómo funciona su mente. -Soltó una sucesión de toses y luego añadió-: pero al final me dolía el cerebro.
– ¿De modo que no es tu perfecto esposo intelectual? -dijo Kate con sonrisa indulgente.