El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Pero justo cuando Anthony llegó a su altura, Newton dio un fiero tirón de la correa, que se escapó del asimiento de Kate y salió volando por los aires. Con un chillido, su dueña se lanzó hacia delante, pero el perro ya se había ido corriendo con la correa saltando sobre la hierba tras él.
Anthony no sabía si reírse o gruñir. Estaba claro que Newton no tenía ninguna intención de dejarse atrapar.
Kate se quedó paralizada durante un instante, tapándose la boca con la mano. Luego encontró la mirada de Anthony, y él tuvo una intuición clara de que sabía lo que pretendía…
– Señorita Sheffield -dijo a toda prisa-. Estoy seguro de que… Pero ella ya había salido corriendo y chillando «¡Newton!» con indiscutible falta de decoro. Anthony dejó ir un suspiro cansino y empezó a correr tras ella. No podía dejarla perseguir sola al perro y pretender a la vez seguir llamándose caballero.
Pero Kate llevaba de todos modos un poco de ventaja, y cuando Anthony la alcanzó al doblar un recodo ya se había detenido. Respiraba con dificultad e inspeccionaba los alrededores con los brazos en jarras.
– ¿A dónde habrá ido? -preguntó Anthony intentando olvidar que había algo bastante excitante en una mujer jadeante.
– No lo sé. -Se detuvo para coger aliento-. Supongo que estará cazando algún conejo.
– Oh, vaya, pues bien, así será fácil atraparlo -dijo- puesto que los conejos se mantienen siempre cerca de los caminos más transitados.
Kate frunció el ceño al oír su sarcasmo.
– ¿Qué podemos hacer?
Su mente no estaba lo bastante clara como para responder en ese momento. «Volver a casa y agenciarse un perro de verdad», pensó, pero ella tenía un aspecto tan preocupado que se mordió la lengua. En sí, observándola mejor, tenía un aspecto más irritado que preocupado, pero estaba claro que había un poco de preocupación en la mezcla.
De modo que optó por decir:
– Propongo que esperemos hasta que oigamos chillar a alguien. En cualquier momento tiene que meterse corriendo entre los pies de alguna damisela y darle un susto de muerte.
– ¿Eso cree? -no parecía convencida-. Porque no es un perro que dé mucho miedo. Él se lo cree, y en realidad es un cielo, pero la verdad es que…
– ¡Iiiiiiieeeeeak!
– Creo que tenemos la respuesta -dijo Anthony secamente, y entonces salió corriendo en dirección al grito de la dama anónima.
Kate se apresuró tras él, atajando a través del césped en dirección a Rotten Row. El vizconde corría delante, y lo único en lo que Kate pudo pensar fue en que él debía de desear de veras casarse con Edwina: pese a quedar claro que era un atleta espléndido, no daba una imagen demasiado digna corriendo a lo loco por el parque tras un corgi rechoncho. Aún peor, iban a tener que correr justo por en medio de Rotten Row, la vía favorita de la aristocracia para cabalgar y pasear en carruaje por Hyde Park.
Todo el mundo iba a verles. Un hombre menos decidido se habría rendido hacía rato.
Kate continuó corriendo tras ellos, pero cada vez le sacaban más ventaja. No es que hubiera vestido pantalones muchas veces, pero con toda certeza era más fácil correr con esa prenda que con faldas. En especial cuando te encontrabas en público y no podías levantártelas por encima de los tobillos.
Atravesó Rotten Row a toda velocidad, negándose a mirar a los ojos de ninguna dama o caballero elegante de los que se encontraban allí paseando con sus caballos. Siempre existía la posibilidad de que no la identificaran con la muchacha marimacho que corría por el parque como si alguien le pisara los talones. Sólo era una posibilidad remota, pero estaba ahí.
Cuando volvió a entrar en el césped, tropezó por un instante y tuvo que detenerse para tomar aliento un par de veces. Entonces comprendió con horror que estaban casi a la altura del estanque Serpenune.
Oh, no.
Había pocas cosas que a Newton le gustaran más que saltar al interior de un lago. Y el sol calentaba lo bastante como para que pudiera apetecer, y más si daba la casualidad de que eras un animal cubierto de espeso y pesado pelaje, un animal que llevaba cinco minutos corriendo a una velocidad vertiginosa. Bueno, vertiginosa para un corgi con exceso de peso.
Pero suficiente, advirtió Kate con cierto interés, como para mantener a raya a un vizconde de metro ochenta y pico.
Kate se levantó las faldas una pulgada más o menos -al cuerno los mirones, no podía andarse ahora con remilgos -y echó a correr otra vez. No había manera de alcanzar a Newton, pero tal vez pudiera alcanzar a lord Bridgerton antes de que matara al perro.
Porque él tenía que tener en mente matarlo, aquel hombre tenía que ser un santo si no quisiera asesinar a Newton.
Y si sólo el uno por ciento de lo que se decía de él en Confidencia era cierto, desde luego no era un santo.
Kate tragó saliva.
– ¡Lord Bridgerton! -llamó en un intento de pedirle que detuviera la persecución. Esperaría sencillamente a que el perro se agotara. Con sus patas de diez centímetros, eso tenía que suceder más tarde o más temprano-. ¡Lord Bridgerton! Podemos…
Kate se detuvo en seco. ¿No era ésa Edwina, allí al lado del Serpentine? Miró entrecerrando los ojos. Era Edwina, de pie con suma gracia con las manos entrelazadas delante del cuerpo. Y parecía que un desventurado señor Berbrooke estaba realizando algún tipo de reparación en su carrocín.
Newton se detuvo en seco durante un momento y descubrió a Edwina en el mismo momento que Kate, y cambió de repente su trayectoria, ladrando con alegría mientras corría en dirección a su querida ama.
– ¡Lord Bridgerton! – gritó Kate otra vez -. ¡Mire, mire! Ahí está…
Anthony se dio media vuelta al oír su voz, luego siguió su dedo con la mirada en dirección a Edwina. De modo que por eso se había girado el maldito perro y había cambiado su trayectoria en noventa grados. Anthony estuvo a punto de resbalar con el barro y caer sobre su trasero en el intento de maniobrar después de aquel giro tan cerrado.
Iba a matar a ese perro.
No, iba a matar a Kate Sheffield.
No, tal vez…
Los alegres pensamientos de venganza de Anthony se interrumpieron con el repentino chillido de Edwina.
– ¡Newton!
A Anthony le gustaba pensar en sí mismo como un hombre de acción decidida, pero cuando vio que el perro se lanzaba en el aire y se precipitaba hacia Edwina, simplemente se quedó helado de conmoción. Ni el propio Shakespeare podría haber ideado un final más apropiado para esta farsa, y todo estaba representándose ante los ojos de Anthony como si se sucediera a cámara lenta.
Y no había nada que pudiera hacer.
El perro iba a chocar directamente contra el pecho de Edwina, que iba a perder el equilibrio, cayendo hacia atrás.
Directamente al Serpentine.
– ¡Nooooooo! -gritó abalanzándose hacia delante pese a que sabía que todos los intentos heroicos por su parte eran del todo inútiles…
¡Splash!
– ¡Santo cielo! -exclamó Berbrooke-. ¡Está toda mojada!
– Pues no se quede ahí parado -solté Anthony aproximándose a la escena del accidente y abalanzándose dentro del agua-. ¡Haga algo para ayudar!
Estaba claro que Berbrooke no entendía del todo qué quería decir eso ya que se quedó allí, de pie, con los ojos saliéndose de sus órbitas mientras Anthony se agachaba, cogía a Edwina de la mano y tiraba de ella para levantarla.
– ¿Está bien? -preguntó con brusquedad.
Ella asintió. Balbuceaba y estornudaba con demasiada fuerza como para responder.
– Señorita Sheffield -bramó Bridgerton al ver que Kate se detenía de golpe en la orilla-. No, usted no -añadió cuando sintió que Edwina pegaba una sacudida a su lado-, su hermana.