El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Desde luego que Anthony no se lo había contado a su madre, pero él y Maria habían disfrutado de un agradable interludio la última vez que la soprano había estado en la ciudad. Tal vez debiera considerar reanudar su amistad. Si la sensual belleza italiana no curaba sus males, nada conseguiría hacerlo.
Anthony se levantó y enderezó los hombros, consciente de que más bien parecía prepararse para la batalla. Diablos, así era como se sentía. Tal vez con un poco de suerte fuera capaz de evitar por completo a Kate Sheffield. No podía imaginarse que ella hiciera algún intento de entablar conversación con él. Había dejado del todo claro que le tenía la misma estima que él a ella.
Sí, eso era exactamente lo que haría. Evitarla. ¿Resultaría muy difícil?
Capítulo 6
La velada musical de lady Bridgerton resultó ser una reunión indiscutiblemente artística, lo cual no siempre es la norma en este tipo de veladas. Esta Autora se lo puede asegurar. La intérprete invitada no era otra que Maria Rosso, la soprano italiana que tuvo su debut en Londres hace dos años y que ha regresado tras un breve periodo en los escenarios vieneses.
Con su espeso cabello azabache y centelleantes ojos oscuros, la señorita Rosso demostró tener tanto encanto en su voz como en su figura. Y más de uno (de hecho, más de una docena) de los denominados caballeros de la sociedad encontraron dificultades para apartar la mirada de su persona, incluso después de que hubiera concluido la actuación.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
27 de abril de 1814
Kate supo en qué minuto preciso entró él en la sala.
Intentó convencerse de que aquello no quería decir que ella estuviera cada vez más pendiente de aquel hombre. Él era terriblemente apuesto; de hecho, no era una opinión, era la realidad. No podía imaginarse que el resto de mujeres presentes no se hubieran fijado en él.
Llegó tarde. No mucho, la soprano no podía llevar más de doce compases de su pieza. Pero lo bastante tarde como para que intentara no hacer ruido mientras ocupaba una silla hacia la parte delantera, cerca de su familia. Kate continuó inmóvil en su asiento en la parte posterior, bastante segura de que él no la había visto mientras se acomodaba para la actuación. No miró en su dirección, y aparte, habían apagado varias velas, o sea, que la habitación estaba bañada por un resplandor tenue y romántico. Sin duda las sombras oscurecían su rostro.
Kate intentó mantener la vista fija en la señorita Rosso a lo largo de su actuación. De todos modos, el ánimo de Kate no mejoró demasiado ya que la cantante no apartaba los ojos de lord Bridgerton. Al principio Kate pensó que debía de estar imaginándose la fascinación de la señorita Rosso por el vizconde, pero hacia la mitad de la actuación, no había ninguna duda. Maria Rosso lanzaba públicamente con la mirada invitaciones sensuales al vizconde.
¿Y por qué eso le molestaba tanto a ella? No lo sabía. Al fin y al cabo era una prueba más de que era exactamente el mujeriego depravado que siempre había pensado. Tendría que estar satisfecha de tener la confirmación. Tendría que pensar que aquello le daba la razón.
En vez de ello, lo único que sentía era decepción. Era una sensación pesada, incómoda, que envolvía su corazón y la dejaba un poco hundida en su asiento.
Cuando acabó la interpretación, no pudo evitar advertir que la soprano, tras aceptar graciosamente los aplausos, se dirigió con el mayor descaro hacia el vizconde y le ofreció una de esas sonrisas seductoras, el tipo de sonrisa que Kate nunca aprendería a esbozar aunque una docena de cantantes de ópera intentaran enseñárselo. Aquella sonrisa no dejaba dudas sobre las intenciones de la cantante.
Dios bendito, aquel hombre ni siquiera necesitaba perseguir a las mujeres, casi se rendían a sus pies.
Era asqueroso. De verdad, muy asqueroso.
Y aun así, Kate no podía dejar de mirar.
Lord Bridgerton ofreció por su parte una misteriosa media sonrisa a la cantante de ópera. Luego estiró el brazo y le recogió tras la oreja un mechón suelto de su pelo azabache.
Kate sintió un escalofrío.
El vizconde ahora se había inclinado hacia delante para susurrarle algo al oído. Kate se descubrió aguzando el oído en aquella dirección, aunque era obvio que resultaba imposible oír algo desde tan lejos.
Pero de cualquier modo, ¿acaso era un crimen morirse de curiosidad. Y…
Santo cielo, ¿no acababa de besarle en el cuello? Seguro que no se atrevía a hacer eso en casa de su propia madre. Bueno, se suponía que la residencia Bridgerton técnicamente era su casa, pero su madre vivía ahí, igual que muchos de sus hermanos. La verdad, este hombre debería saberlo mejor que nadie. Un poco de decoro en presencia de su familia no estaría de más.
– ¿Kate? ¿Kate?
Tal vez fuera un besito de nada, sólo un leve roce con los labios sobre la piel de la cantante de ópera, pero no dejaba de ser un beso.
– ¡Kate!
– ¡Bien! ¿Sí? -Kate casi se pone de pie al volverse a mirar a Mary, quien la observaba con expresión sin duda irritada.
– Deja de mirar al vizconde -dijo entre dientes.
– No estaba… bueno, de acuerdo, miraba, pero ¿no le has visto?-dijo Kate en un susurro apremiante-. No tiene vergüenza.
Volvió a mirarle. Continuaba coqueteando con Maria Rosso y era obvio que a Bridgerton no le importaba lo más mínimo quién les viera.
Mary frunció los labios formando una línea apretada antes de decir:
– Estoy segura de que su conducta no es de nuestra incumbencia.
– Por supuesto que es de nuestra incumbencia. Quiere casarse con Edwina.
– Eso aún no podemos asegurarlo.
Kate recordó algunas conversaciones con lord Bridgerton.
– Creo que no andamos tan desencaminadas.
– Bien, deja de mirarle. Estoy segura de que no quiere nada contigo después del fiasco de Hyde Park. Y aparte, aquí hay unos cuantos buenos partidos. Harías bien en dejar de pensar todo el tiempo en Edwina y empezar a buscar algo para ti.
Kate notó cómo se hundían sus hombros. La mera idea de intentar atraer a algún pretendiente era agotadora. A fin de cuentas, todos se interesaban por Edwina. Y aunque ella misma no quería tener nada con el vizconde, le dolía que Mary dijera con tal seguridad que él quería tener nada con ella.
Mary la cogió del brazo con una firmeza que no admitía protestas.
– Vamos ya, Kate -dijo con voz tranquila-. Acerquémonos a saludar a nuestra anfitriona.
Kate tragó saliva. ¿Lady Bridgerton? ¿Tenía que conocer a lady Bridgerton? ¿La madre del vizconde? Era bastante difícil creer que una criatura como él tuviera una madre.
Pero los modales eran los modales. Por mucho que Kate hubiera preferido escabullirse por el pasillo y marcharse, sabía que debía dar las gracias a su anfitriona por organizar una actuación tan maravillosa.
Y en efecto había sido maravillosa. Por mucho que le costara a Kate reconocerlo, especialmente si se tenía en cuenta que la soprano en cuestión estaba insinuándose al vizconde, Maria Rosso poseía una voz angelical.
Con el brazo de Mary como guía, Kate llegó hasta la parte delantera de la sala y esperó su turno para conocer a la vizcondesa. Parecía una mujer encantadora, con pelo rubio y ojos claros, y bastante menuda para haber tenido tal cantidad de hijos. El difunto vizconde debía de haber sido un hombre alto, decidió Kate.
Finalmente llegaron al frente del pequeño gentío, y la vizcondesa cogió la mano de Mary.
– Señora Sheffield -saludó con afecto-, qué placer volver a verla. Disfruté tanto de nuestro encuentro la semana pasada en el baile de los Hartside… Estoy muy contenta de que haya decidido aceptar mi invitación.