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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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La sala de música era igual de encantadora, con muros pintados de un amable tono amarillo limón. Se habían dispuesto hileras de sillas para los asistentes, y Kate se apresuró a dirigir a su madre hacia la parte de atrás. La verdad, no había ningún motivo para desear situarse en una posición visible. Sin duda lord Bridgerton asistiría al acto -si eran ciertas todas las leyendas sobre su devoción familiar-, y si tenía suerte, tal vez no advirtiera su presencia.

Contrariamente a su opinión, Anthony supo con exactitud en qué momento Kate salió del carruaje y entró en casa de su familia. Había estado en su estudio tomando una copa en solitario antes de encaminarse hacia la velada musical que organizaba su madre anualmente. En un intento de mantener su privacidad había optado por no vivir en la mansión Bridgerton estando todavía soltero, pero aun conservaba ahí su estudio. Su posición como cabeza de la familia Bridgerton acarreaba responsabilidades serias, y Anthony por lo general encontraba más fácil ocuparse de tales responsabilidades desde la proximidad al resto de la familia.

No obstante, las ventanas del estudio daban a Grosvenor Square, y por consiguiente se había divertido un rato observando la llegada de los carruajes y los invitados que descendían de ellos. Cuando bajó Kate Sheffield, alzó la mirada a la fachada de la mansión e inclinó la cabeza con un gesto muy similar al que hizo al disfrutar del calor del sol en Hyde Park. La luz de los apliques ubicados a ambos lados de la entrada principal se había filtrado a través de su piel y la bañaban de un relumbre titilante.

Y Anthony se quedó sin aliento.

Su vaso de cristal aterrizó sobre el amplio alféizar de la ventana con un golpe pesado. Esto empezaba a ser ridículo. No era capaz de engañarse a sí mismo tanto como para confundir la tensión en sus músculos con otra cosa que no fuera deseo.

Puñetas. Ni siquiera le gustaba aquella mujer. Era demasiado mandona, demasiado dogmática, se precipitaba a sacar conclusiones. Ni siquiera era hermosa; bien, no si la comparaba con unas cuantas de las damas que revoloteaban por Londres durante la temporada, especialmente su hermana.

El rostro de Kate era demasiado largo, su barbilla un pelín demasiado saliente, sus ojos una pizca demasiado grandes. Todo en ella era demasiado algo. Incluso su boca, que le irritaba al límite con su interminable sarta de insultos y opiniones, era demasiado voluminosa. Era raro que la tuviera cerrada y le concediera un momento de bendito silencio, pero si la casualidad quería que la mirara en esa fracción de segundo (porque, desde luego, ella no podía estar callada más que eso) lo único que veía era sus labios, carnosos, fruncidos y, contando con que estuvieran cerrados y por supuesto no hablaran, eminentemente besuqueables.

¿Besuqueables?

Anthony se estremeció. La idea de besar a Kate Sheffield era escalofriante. En realidad, el mero hecho de haber pensado en ello debería ser suficiente como para que le encerraran en un manicomio.

Y no obstante…

Anthony se dejó caer en un sillón.

Y no obstante había soñado con ella.

Había sucedido después del fiasco del Serpentine. Estaba tan furioso que casi no podía hablar. Fue un milagro que consiguiera decirle algo a Edwina durante el corto trayecto de regreso a su casa. Frases corteses fue todo lo que consiguió pronunciar: palabras sin sentido tan familiares que saltaban de su lengua como si las supiera de memoria.

Una suerte, de cualquier modo, puesto que, definitivamente, su mente no estaba donde debería: en Edwina, su futura esposa.

Oh, ella no había accedido aún. Ni siquiera se lo había pedido todavía. Pero reunía todos los requisitos para convertirse en su esposa; ya había decidido que sería ella a quien finalmente propondría en matrimonio. Era hermosa, inteligente y su talante era sereno. Atractiva, pero sin que le acelerara el pulso. Pasarían unos años deleitables juntos, pero nunca se enamoraría de ella.

Era justo lo que necesitaba.

Y no obstante…

Anthony alcanzó su copa y se bebió de un trago el resto del contenido.

Y no obstante, había soñado con su hermana.

Intentó no recordarlo. Intentó no recordar los detalles del sueño, el ardor y el sudor, pero como era la primera copa de la noche, ciertamente ésta no era suficiente para empañar su memoria. Aunque no tenía intención de beber más, ahora el concepto de perderse en un olvido inconsciente empezaba a sonar apetecible.

Cualquier cosa sería apetecible si significaba no recordar.

Pero no tenía ganas de beber. Hacía años que se moderaba con la bebida, le parecía un juego de jóvenes, que dejaba de ser sugerente cuando uno se acercaba a los treinta. Aparte, aunque decidiera buscar la amnesia temporal en la botella, el efecto no sería lo suficientemente rápido como para que el recuerdo de ella desapareciera.

¿Recuerdo? Ja. Ni siquiera era un recuerdo real. Sólo era un sueño, se repitió. Sólo un sueño.

Se había quedado dormido enseguida después de volver a casa aquella tarde. Se había desnudado y se había sumergido en un baño caliente durante casi una hora, en un intento de sacarse el frío de los huesos. Aunque no se había metido del todo en el Serpentine como Edwina, su piernas se habían empapado, igual que una de sus mangas, y la sacudida estratégica de Newton había garantizado que ni un solo centímetro de su cuerpo mantuviera el calor durante el sinuoso recorrido de vuelta a casa en aquel carruaje prestado.

Después del baño se metió en la cama, sin importarle demasiado que aún fuera de día en el exterior; aún quedaba una hora de luz más o menos. Estaba agotado y su única intención era sumirse en un letargo profundo, sin sueños, del que no despertaría hasta que los primeros rayos de sol vetearan la mañana.

Pero en algún momento de la noche su cuerpo se sintió inquieto y hambriento, una sensación que fue en aumento. Y su mente traicionera se llenó de la más espantosa de las imágenes. Observaba la imagen como si estuviera flotando cerca del techo, pero no obstante lo sentía todo: su cuerpo desnudo se movía sobre la forma esbelta de una mujer, sus manos acariciaban y apretaban la carne caliente. El delicioso enredo de brazos y piernas, el aroma almizcleño de dos cuerpos que se atraen… todo estaba ahí, ardiente e intenso en su mente.

Y entonces él se desplazó. Sólo un poco, tal vez para besar la oreja de la mujer sin rostro. Sólo que cuando se movió a un lado, ya no era una mujer sin rostro. Primero apareció un espeso mechón de pelo marrón oscuro, que se rizaba suavemente y le hacía cosquillas en el hombro. Luego se desplazó un poco más y…

Y la vio.

Kate Sheffield.

Se despertó al instante, quedándose sentado completamente derecho en la cama, temblando de horror. Había sido el sueño erótico más vívido que había experimentado en su vida.

Y su peor pesadilla.

Palpó frenético entre las sábanas con una de sus manos, aterrorizado de encontrar la prueba de su pasión. Que Dios le ayudara si en efecto había eyaculado mientras soñaba con la mujer sin duda más espantosa que había conocido.

Gracias al cielo, las sábanas estaban limpias, por lo tanto volvió a acostarse contra las almohadas con el corazón acelerado y la respiración entrecortada. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos, como si aquello impidiera que se repitiera el sueño.

Durante horas estuvo mirando el techo, primero conjugando verbos latinos, luego contando hasta mil, todo en un intento de mantener el cerebro ocupado con cualquier cosa que no fuera Kate Sheffield.

Y, de forma asombrosa, había exorcizado la imagen de su cerebro y se había quedado dormido.

Pero ahora ella había regresado. Estaba aquí. En su casa.

La idea le espantaba.

¿Y dónde diablos estaba Edwina? ¿Por qué no había acompañado a su madre y hermana?

Las primeras notas de un cuarteto de cuerda se introdujeron por debajo de la puerta, discordantes y embrolladas, sin duda ya se estaban preparando los músicos que su madre había contratado para acompañar a Maria Rosso, la última soprano que había cautivado al público londinense.

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