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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Edwina tosió un poco más.

– Me temo que no.

– Tal vez debieras intentar beber un poco más de ese brebaje-sugirió Kate con un gesto para indicar la taza solitaria que reposaba sobre la mesilla de noche de Edwina-. El cocinero tiene una fe ciega en él.

Edwina sacudió la cabeza con violencia.

– Sabe a demonios.

Kate esperó unos breves momentos, luego tuvo que preguntar:

– ¿Te dijo el vizconde algo sobre mí?

– ¿Sobre ti?

– No, sobre… -replicó Kate con bastante brusquedad-. Por supuesto que sobre mí. ¿A cuántas personas más me refiero como a mí?

– No hace falta que te pongas así.

– No me pongo tan así…

– Pues la verdad es que no, no te mencionó.

De pronto Kate se sintió molesta.

– Sin embargo tenía mucho que decir sobre Newton.

Los labios de Kate se separaron a causa de la tribulación que la inundó. Nunca resultaba halagador verse superada por un perro.

– Le aseguré que Newton era de verdad un animal perfecto, y que yo no estaba para nada enfadada con él. Pero, por lo visto, el vizconde se había molestado e inquietado bastante por mí, qué encantador.

– Qué encantador -masculló Kate.

Edwina cogió un pañuelo y se sonó la nariz.

– Me parece, Kate, que te interesa bastante el vizconde.

– Pasé prácticamente toda la tarde obligada a conversar con él-replicó Kate como si eso lo explicara todo.

– Bien. Entonces habrás tenido ocasión de comprobar lo amable y encantador que puede ser. Es muy rico, además. -Edwina solté un sonoro estornudo y luego se volvió para coger otro pañuelo-. Y pese a que opino que no hay que escoger marido en función sólo de sus finanzas, dada nuestra falta de fondos, no pasaría por alto considerar ese aspecto, ¿no crees?

– Bien… – Kate trató de salirse por la tangente pues sabía que Edwina tenía toda la razón, pero no deseaba decir nada que pudiera interpretarse como una aprobación de lord Bridgerton.

Edwina se llevó el pañuelo a la cara y se sonó la nariz de un modo poco femenino.

– Creo que deberíamos añadirle a nuestra lista -dijo mientras se secaba la nariz.

– Nuestra lista -repitió Kate con voz entrecortada.

– Sí, de posibles candidatos. Creo que él y yo nos entenderíamos bien.

– Pero pensaba que querías un erudito…

– Cierto. Así es. Pero tú misma me hiciste ver las pocas probabilidades que tengo de encontrar un verdadero erudito. Lord Bridgerton parece bastante inteligente. Sólo tendré que idear una manera de enterarme si le gusta leer.

– Me sorprendería que ese grosero supiera leer -masculló Kate.

– ¡Kate Sheffield! – exclamó Edwina con una risa -. ¿Acabas de decir lo creo que has dicho?

– No -dijo Kate lisa y llanamente. Era evidente que el vizconde sabía leer, pero era de veras espantoso en todo lo demás.

– Lo has dicho -acusó Edwina-. Eres la peor, Kate. -Sonrió-. Pero me haces reír.

El estruendo profundo de unos truenos distantes reverberó en la noche, y Kate se obligó a sí misma a esbozar una sonrisa en un intento de no estremecerse. Por lo general los soportaba bien, siempre que los truenos y los relámpagos sonaran lejos. Sólo cuando se sucedían uno tras otro, y en apariencia encima de su cabeza, sentía que iba a perder los nervios.

– Edwina. -Kate siguió la conversación con su hermana. Necesitaba aclarar aquello, pero además le hacía falta decir algo que apartara su mente de aquella tormenta que les amenazaba-, debes quitarte al vizconde de la cabeza. No es el tipo de hombre que vaya a hacerte feliz, en absoluto. Aparte del hecho de ser el peor de los mujeriegos y que es harto probable que hiciera ostentación de una docena de amantes delante de tus narices…

Al ver el ceño fruncido de Edwina, Kate dejó el resto de la frase y decidió ahondar en esta cuestión.

– ¡Claro que sí! – dijo con gran dramatismo -. ¿No has estado leyendo Confidencia? ¿O no prestas atención a lo que tienen que decir algunas de las mamás de las otras jóvenes? Las que llevan varios años en el circuito social y saben quién es quién. Todas ellas dicen que es un mujeriego terrible. Y lo único que le salva es la manera admirable en que trata a su familia.

– Bien, eso sería un punto a su favor -indicó Edwina-. Puesto que su esposa formaría parte de la familia, ¿cierto?

Kate casi suelta un gruñido.

– Una esposa no es familia carnal. Hay hombres que ni soñarían con pronunciar una palabra malsonante delante de sus madres y luego pisotean los sentimientos de sus esposas a diario.

– ¿Y cómo sabes eso? -preguntó Edwina.

Kate se quedó boquiabierta. No recordaba cuándo antes Edwina había puesto en duda sus opiniones sobre un asunto importante, por desgracia la única respuesta que se le ocurrió de un modo rápido fue:

– Sencillamente lo sé.

Lo cual, tuvo que admitir ella misma, no colaba.

– Edwina -dijo con voz apaciguadora, decidida a llevar el tema en otra dirección- aparte de todo eso, creo que ni tan siquiera te gustaría el vizconde si llegaras a conocerle.

– Parecía bastante agradable cuando me acompañó a casa.

– ¡Pero se estaba comportando lo mejor que podía! – insistió Kate -. Claro que parecía agradable. Quiere que te enamores de él.

Edwina pestañeó.

– O sea que crees que era una actuación.

– ¡Eso mismo! – exclamó Kate aprovechando el concepto -. Edwina, entre la noche de ayer y esta tarde he pasado varias horas en su compañía y puedo asegurarte que conmigo no intentaba comportarse bien.

Edwina soltó un resuello cargado de horror y tal vez un poco de excitación.

– ¿Te besó? -preguntó en voz baja.

– ¡No! – aulló Kate -. ¡Por supuesto que no! ¿De dónde demonios has sacado esa idea?

– Dijiste que no se comportaba bien.

– Me refería a que -explicó Kate entre dientes- no fue nada amable. Tampoco fue agradable. De hecho fue de un arrogante insufrible y terriblemente grosero y ofensivo.

– Qué interesante -murmuró Edwina.

– No tiene nada de interesante. ¡Fue horrible!

– No, no me refería a eso -continuó Edwina mientras se rascaba la barbilla sin disimulo-. Es muy curioso que se comportara de forma tan ruda contigo. Tiene que haber oído que pediré tu opinión cuando escoja marido. Una imaginaría que el vizconde haría todo lo que estuviera en su mano para ser amable contigo. ¿Por qué -se preguntó reflexiva- iba a actuar como un patán?

El rostro de Kate adquirió un tono rojo uniforme que por suerte pasaba desapercibido a la luz de la vela. Entonces masculló:

– Dijo que no podía evitarlo.

Edwina se quedó boquiabierta, y durante un segundo permaneció paralizada por completo, como si el tiempo se hubiera detenido. Luego se echó hacia atrás sobre las almohadas desternillándose de risa.

– ¡Oh, Kate! – dijo con un resuello -. ¡Qué genial! Oh, vaya enredo. ¡Me encanta!

Kate la fulminó con la mirada.

– No tiene gracia.

Edwina se secó los ojos.

– Pues es lo más gracioso que he oído en todo el mes. ¡En todo el año! Oh, santo cielo. -Soltó unas cuantas toses, provocadas por el ataque de risa-. Ay, Kate… creo que has conseguido limpiar del todo mi nariz.

– Edwina, no seas desagradable.

Edwina se llevó el pañuelo a la cara para sonarse.

– Pues es verdad -dijo triunfante.

– No te hagas ilusiones -mascullé Kate-. Por la mañana vas a tener un resfriado terrible.

– Tienes toda la razón -admitió Edwina-, pero qué divertido. ¿Te dijo que no podía evitarlo? Oh, Kate, es muy gracioso.

– No hace falta que hagas tanto hincapié en ello -refunfuñó Kate.

– ¿Sabes? Es posible que sea el primer caballero de los que hemos conocido en toda la temporada al que no has sido capaz de controlar.

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