Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
1 ... 14 15 16 17 18 19 20 21 22 ... 85
Перейти на страницу:

– ¿Kate? – preguntó Edwina pestañeando para expulsar la asquerosa agua de sus ojos-. ¿Dónde está Kate?

– Del todo seca en la orilla -masculló él, y a continuación pegó un grito en su dirección-: ¡Sujete la correa de su maldito perro!

Newton había salido alegre del Serpentine entre salpicones y ahora estaba sentado con la lengua fuera con gesto de felicidad. Kate se fue disparada a su lado y agarró la correa. Anthony advirtió que no ofreció ni una sucinta respuesta a su orden dada a gritos. Bien, pensó con malicia. No había pensado que aquella maldita mujer fuera tan sensata como para mantener la boca cerrada.

Se volvió de nuevo a Edwina, quien, por sorprendente que fuera se las arreglaba para estar encantadora aunque chorreara agua de un estanque.

– Permítame que la saque de aquí -dijo con brusquedad, y antes de que ella tuviera ocasión de reaccionar la cogió en sus brazos y la llevó a tierra firme.

– Nunca había visto algo así -dijo Berbrooke sacudiendo la cabeza.

Anthony no respondió. No pensaba que fuera capaz de decir algo sin arrojar a aquel idiota al agua. ¿Qué estaría pensando, de pie ahí mientras Edwina acababa sumergida por culpa de aquella cosa que no merecía ni llamarse perro?

– ¿Edwina? – preguntó Kate adelantándose todo lo que le permitía la correa de Newton -. ¿Estás bien?

– Creo que ya ha hecho bastante -ladró Anthony, quien avanzó hacia ella hasta que se encontraron apenas a treinta centímetros.

– ¿Yo? -preguntó boquiabierta.

– Mírela -respondió él con brusquedad, indicando con el dedo en dirección a Edwina pese a tener toda la atención centrada en Kate-. ¡No tiene más que mirarla!

– ¡Pero ha sido un accidente!

– ¡De verdad, estoy bien! – dijo Edwina alzando la voz, y sonó un poco asustada por el nivel de enfado que hervía entre su hermana y el vizconde -. ¡Tengo frío, pero estoy bien!

– ¿Lo ve? – replicó Kate y tragó saliva repetidamente mientras se fijaba en el aspecto despeinado de su hermana -. Ha sido un accidente.

Anthony se limitó a cruzarse de brazos y arquear una ceja.

– No me cree -dijo Kate entre dientes-. No puedo creer que no me crea.

El vizconde no dijo nada. Era inconcebible para él que Kate Sheffield, pese a todo su ingenio e inteligencia, no estuviera celosa de su hermana. Y aunque no pudiera haber hecho nada para evitar este percance, sin duda debería de encontrar un poco de placer en el hecho de que ella estuviera seca y cómoda mientras Edwina parecía una rata empapada. Una rata atractiva, eso sí, pero empapada de todas formas.

Estaba claro que Kate no había dado por concluida la conversación.

– Aparte del hecho de que -dijo con desprecio- nunca jamás haría algo para perjudicar a Edwina… ¿cómo explica que consiguiera esta extraordinaria proeza? -Se dio en la mejilla con la mano que le quedaba libre, fingiendo con expresión burlona caer entonces en la cuenta-. Oh, sí, conozco el idioma secreto de los corgis. Ordené al perro que tirara de la correa hasta soltarse y luego, puesto que tengo el don de la clarividencia, sabía que Edwina estaba justo aquí al lado del Serpentine, de modo que le dije al perro, gracias a nuestra comunicación mental, ya que a estas alturas estaba demasiado lejos para oír mi voz, le dije que cambiara de dirección, que se fuera hacia Edwina y la derribara para que cayera dentro del lago.

– El sarcasmo no le sienta nada bien, señorita Sheffield.

– A usted nada le sienta bien, lord Bridgerton.

Anthony se inclinó hacia delante, su mandíbula sobresalía con gesto amenazador.

– Las mujeres no deberían llevar animales si no son capaces de controlarlos.

– Y los hombres no deberían llevar a pasear por el parque a mujeres con animales si tampoco son capaces de controlarlas -replicó con furia.

Anthony notó que de hecho se le estaban poniendo coloradas las puntas de las orejas a causa de la ira difícil de contener.

– Usted, señora, es una amenaza para la sociedad.

Kate abrió la boca como si fuera a devolverle el insulto, pero en su lugar le dedicó simplemente una sonrisa maliciosa casi aterrorizadora. Se volvió al perro y dijo:

– Sacúdete, Newton.

Newton miró el dedo de Kate que indicaba directamente a Anthony y troté obediente unos pocos pasos para acercarse a él antes de permitirse una sacudida corporal que roció agua del estanque por todas partes.

Anthony se lanzó a por su garganta.

– Voy… voy a… ¡a matarla! -rugió.

Kate se apartó con agilidad y se colocó con rapidez al lado de Edwina.

– Vaya, vaya, lord Bridgerton -bromeó buscando seguridad detrás de la figura empapada de su hermana-. No le ayudará perder los nervios delante de la buena Edwina.

– ¿Kate? -susurró Edwína en tono apremiante-. ¿Qué sucede? ¿Por qué estás siendo tan cruel con él?

– ¿Por qué está siendo él tan cruel conmigo? -Kate le devolvió el susurro.

– Pues bien -dijo de pronto el señor Berbrooke-, ese perro me ha mojado.

– Nos ha mojado a todos -respondió Kate. Incluida ella. Pero había merecido la pena. Oh, había merecido mucho la pena por ver la mirada de sorpresa y rabia en el rostro de aquel pomposo aristócrata.

– ¡Usted! – dijo a gritos Anthony, apuntando con un dedo furioso a Kate -. Mejor se está calladita.

Kate guardó silencio. No era tan necia como para provocarle más. Parecía que a él la cabeza le fuera a explotar en cualquier momento. Lo cierto era que Anthony había perdido toda la dignidad que tenía al comenzar el día. Su manga derecha goteaba agua de cuando había sacado a Edwina del estanque, sus botas parecían estropeadas para siempre y el resto de él estaba salpicado de agua, gracias a la experta destreza de Newton para secarse.

– Les diré lo que tenemos que hacer -continué en voz baja y muy grave.

– Lo que tengo que hacer -dijo el señor Berbrooke con jovialidad, sin ser consciente de que era probable que lord Bridgerton asesinara a la primera persona que abriera la boca – es acabar de arreglar el carrocín. Luego puedo llevar a casa a la señorita Sheffield. – Indicó a Edwina por si acaso alguien no entendía a qué señorita Sheffield se refería.

– Señor Berbrooke -dijo Anthony entre dientes-, ¿sabe cómo arreglar un carrocín?

El señor Berbrooke pestañeó unas pocas veces.

– ¿Sabe siquiera qué problema tiene su carrocín?

Berbrooke abrió y cerró la boca unas veces más y luego dijo:

– Tengo algunas ideas. No me llevará tanto rato deducir cuál es el problema concreto.

Kate miró a Anthony con fijeza, fascinada por la vena que sobresalía en su garganta. Nunca antes había visto a un hombre tan claramente al límite de su paciencia. Puesto que sentía un poco de inquietud por la inminente explosión, dio un prudente medio paso para situarse detrás de Edwina.

No le gustaba considerarse una cobarde, pero el instinto de supervivencia era algo por completo diferente.

El vizconde consiguió controlarse de todos modos, su voz sonó con un tono regular aterrador cuando dijo:

– Esto es lo que vamos a hacer.

Tres pares de ojos se abrieron llenos de expectación.

– Voy a caminar hasta ahí -señaló a una dama y un caballero situados a unos veinte metros, quienes intentaban sin éxito no mirarles fijamente- y preguntaré a Montrose si puedo tomar prestado su carruaje durante unos minutos.

– Pero, vaya -dijo Berbrooke estirando el cuello-, ¿es ése Geoffrey Montrose? Hace siglos que no le veo.

Una segunda vena empezó a saltar esta vez en la sien de Anthony. Kate cogió a Edwina de la mano en busca de apoyo moral y se agarró con fuerza.

Pero Bridgerton, hay que reconocérselo, pasó por alto los comentarios excesivamente inapropiados de Berbrooke y continuó:

– Puesto que dirá que sí…

– ¿Está seguro? -soltó Kate.

De alguna manera, los ojos marrones del vizconde parecieron carámbanos.

1 ... 14 15 16 17 18 19 20 21 22 ... 85
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)