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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– De modo que -continuó Kate con decisión- el pobre Newton considera a Mary una especie de rival. Por eso cada vez que la ve…-Se encogió de hombros con gesto de impotencia-. Bien, me temo que simplemente la adora más.

Como si le hubieran dado pie, el perro se quedó mirando a Mary y se fue directo a colocarse a sus pies.

– ¡Kate! -exclamó la buena mujer.

Kate se apresuró a ponerse al lado de su madrastra, justo cuando Newton se incorporaba sobre las patas traseras y plantaba las delanteras sobre las rodillas de Mary.

– ¡Newton, abajo! -le reprendió-. Perro malo. Perro malo.

El perro se sentó otra vez con un pequeño gemido.

– Kate -dijo Mary con voz extremadamente firme-, hay que sacar a este perro a pasear. Ahora.

– Es lo que planeaba hacer cuando llegó el vizconde -replicó Kate al tiempo que hacía una indicación al hombre que se encontraba al otro lado de la habitación. La verdad, era extraordinario el número de cosas de las que podía culpar a ese hombre insufrible si se paraba a pensar.

– ¡Oh! – dijo Mary con un grito -. Le ruego me disculpe, milord. Qué descortés por mi parte no haberle saludado.

– No se preocupe -dijo con tranquilidad-. Estaba un poco absorta al llegar.

– Sí -rezongó Mary-, esa bestia de perro… Oh, pero ¿qué modales son estos? ¿Puedo ofrecerle un té? ¿Algo de comer? Qué amable que haya venido a visitarnos.

– No, gracias. He estado disfrutando de la estimulante compañía de su hija mientras espero la llegada de la señorita Edwina.

– Ah, sí -respondió Mary-. Edwina ha salido con el señor Berbrooke creo. ¿No es así, Kate?

Kate asintió con gesto impávido, no estaba segura de si le gustaba que la llamaran «estimulante».

– ¿Conoce al señor Berbrooke, lord Bridgerton? -preguntó Mary.

– Ah, sí -contestó él con lo que a Kate le pareció una reticencia bastante sorprendente-. Sí que le conozco.

– No estaba segura de si debía permitir que Edwina saliera con él a dar un paseo. Esos carrocines son terriblemente difíciles de manejar, ¿no es cierto?

– Creo que el señor Berbrooke tiene mano firme para los caballos-contestó Anthony.

– Oh, bien -respondió Mary, y dejó ir un suspiro de gran alivio -. Sin duda me deja más tranquila.

Newton soltó un ladrido entrecortado, más bien para recordar su presencia a todo el mundo.

– Mejor busco su correa y lo llevo a andar un poco -se apresuró a decir Kate. Sin duda le sentaría bien un poco de aire fresco. Y también se alegraría de escapar por fin de la endiablada compañía del vizconde.

– Si me disculpan…

– ¡Pero, Kate, espera! -llamó su madre-. No puedes dejar a que lord Bridgerton aquí conmigo. Estoy segura de que se morirá de aburrimiento.

Kate se volvió muy despacio, temerosa de oír las siguientes palabras de Mary.

– Usted nunca podría aburrirme -dijo el vizconde como el mujeriego desenvuelto que era.

– Oh, sí que puedo -le aseguró Mary-. Nunca se ha visto atrapado en una conversación conmigo durante una hora. Que es lo que Edwina tardará en regresar.

Kate se quedó mirando a su madrastra, del todo boquiabierta a causa del asombro. ¿Qué diablos estaba haciendo?

– ¿Por qué no va con Kate a sacar a Newton a pasear? -sugirió Mary.

– Oh, pero nunca podría pedir a lord Bridgerton que me acompañe a cumplir con una de mis tareas -dijo Kate enseguida-. Sería muy descortés y, al fin y al cabo, es un estimado invitado.

– No seas tonta -respondió Mary antes de que el vizconde tan siquiera pudiera mediar palabra-. Estoy segura de que no se lo tomará como una tarea. ¿O sí, milord?

– Por supuesto que no -murmuró con aspecto por completo sincero. Pero, la verdad, ¿que otra cosa podía decir?

– Ya está. Esto lo deja claro -dijo Mary, quien sonaba demasiado complacida consigo misma-. ¿Quién sabe? Es posible que se topen con Edwina durante el paseo. ¿No estaría bien?

– Desde luego -dijo Kate en voz baja. Sería fantástico librarse del vizconde, pero lo último que quería era dejar que su hermana cayera en sus garras. Ella aún era joven e impresionable. ¿Y si no era capaz de resistirse a sus sonrisas? ¿O a su palabrería?

Incluso Kate estaba dispuesta a admitir que lord Bridgerton destilaba un encanto considerable, ¡y eso que a ella le caía mal! Edwina, con su naturaleza menos recelosa, sin duda se sentiría abrumada por él.

Se volvió al vizconde.

– No debe sentirse obligado a acompañarme a sacar a Newton de paseo, milord.

– Será un placer -repuso él con sonrisa maligna, y Kate tuvo la clara impresión de que él accedía a acompañarla con el único propósito de sacarla de quicio-. Aparte -continuó-, como ha dicho su madre, podríamos ver a Edwina, ¿y no sería una coincidencia deliciosa?

– Deliciosa -contestó Kate con tono cansino-. Sencillamente deliciosa.

– ¡Excelente! – dijo Mary dando unas palmadas de alegría -. Veo la correa de Newton encima de la mesa del vestíbulo. Un momento, yo te la traigo.

Anthony observó salir a Mary y luego se volvió a Kate para decirle:

– Eso le ha quedado muy bien.

– Ya ve usted… -masculló Kate.

– ¿Cree -susurró él inclinándose hacia Kate- que intenta emparejarme con Edwina o con usted?

– ¿Conmigo? – replicó Kate casi con un graznido -. Seguro que está de broma.

Anthony se frotó el mentón con aire pensativo mientras observaba la puerta por la que Mary acababa de salir.

– No estoy seguro -dijo con tono meditabundo-, pero… -Cerró la boca al oír las pisadas de Mary acercándose de nuevo.

– Aquí tienes -dijo la madrastra al tiempo que le tendía la correa a Kate. Newton ladró con entusiasmo y retrocedió como si se preparara para embestir contra Mary, sin duda para colmarla de todo tipo de muestras de su amor difícil de aceptar, pero Kate lo sujetó con firmeza por el collar.

– Aquí tiene -corrigió Mary con rapidez, y tendió la correa a Anthony en vez de a Kate-. ¿Por qué no le da esto a Kate? Yo mejor no me acerco mucho.

Newton ladró y miró con anhelo a Mary quien se apartaba cuanto podía.

– Vamos a ver -dijo con contundencia Anthony al perro-. Siéntate y estáte quieto.

Para gran sorpresa de Kate, Newton obedeció y posó su trasero regordete sobre la alfombra con una presteza casi cómica.

– Así -dijo Anthony, quien sonaba bastante complacido consigo mismo. Le tendió la correa a Kate.

– ¿Hace los honores o me encargo yo?

– Oh, prosiga -contestó ella-. Parece tener afinidad con los su canes.

– Es evidente -replicó cortante, aunque mantuvo el tono bajo para que Mary no pudiera oírle- que no se diferencian tanto de las mujeres. Ambas razas confían en todo lo que digo.

Kate le pisó la mano cuando él se arrodilló para ajustar la correa al collar del perro.

– ¡Ay! – dijo ella con poca sinceridad -. Cuánto lo siento.

– Su tierna preocupación me amedrenta de veras -le contestó mientras volvía a levantarse -. Podría echarme a llorar.

Mary desplazaba la mirada de Kate a Anthony. No podía oír lo que decían pero era evidente que estaba fascinada.

– ¿Sucede algo? -preguntó.

– No, en absoluto -contestó Anthony al mismo tiempo que Kate pronunciaba un firme «No».

– Bien -dijo Mary con energía-. Entonces les acompañaré a la puerta. -Y ante el ladrido entusiasta de Newton, añadió-: Pues, igual que antes, tal vez mejor que no. No quiero acercarme a tres metros de ese perro. Pero me despediré desde aquí.

– ¿Qué haría yo -le dijo Kate a Mary al pasar a su lado- si te tuviera a ti para despedirme?

Mary sonrió con gesto astuto.

– Sin duda, yo no lo sé, Kate, sin duda no lo sé.

Lo cual dejó a Kate con una sensación revuelta en el estómago y la vaga sospecha de que tal vez lord Bridgerton tuviera razón. Quizá Mary esta vez estuviera haciendo de casamentera con alguien más que con Edwina.

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