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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Era una idea horripilante.

Con Mary de pie en el vestíbulo, Kate y Anthony salieron por la puerta de entrada y se encaminaron en dirección oeste por Milner Street.

– Normalmente me quedo por las calles pequeñas y voy paseando hacia Brompton Road -explicó Kate, pensando que tal vez él no estuviera familiarizado con esta zona de la ciudad-, luego sigo la calle hasta Hyde Park. Pero podemos caminar directamente por Sloane Street, si lo prefiere.

– Decida lo que decida -no quiso poner reparos-, yo seguiré en esa dirección.

– Muy bien -contestó Kate y marchó con decisión por Milner Street en dirección a Lenox Gardens. Tal vez si mantenía la vista al frente y se movía a paso vigoroso, él desistiría de conversar. Se suponía que los paseos diarios con Newton eran su tiempo de reflexión personal. No le hacía gracia tener que llevarle a él.

Su estrategia funcionó bastante bien durante varios minutos. Caminaron en silencio durante todo el trayecto hasta la esquina de Hans Crescent y Brompton Road, y luego, sin más preámbulos, él dijo:

– Mi hermano nos tomó el pelo ayer por la noche.

Aquello hizo que Kate se detuviera en seco.

– Perdón, ¿cómo ha dicho?

– ¿Sabe qué me había estado contando antes de que nos presentara?

Kate dio un traspiés antes de negar con la cabeza. No, Newton no se había parado, por supuesto, y tiraba de la correa como un loco.

– Me dijo que usted y él habían mantenido algunas palabras sobre mi.

– Bueeeeno -exclamó Kate, conteniéndose-. Por decirlo con cierta educación, eso no es del todo cierto.

– Mi hermano quiso dar a entender que usted sólo tenía buenas palabras para conmigo.

Kate no debería haber sonreído.

– Eso no es cierto.

Probablemente él tampoco debería haber sonreído, pero Kate se alegró.

– Yo no pensé eso -contestó él.

Tomaron Brompton Road en dirección a Knightsbridge y Hyde Park, y Kate preguntó:

– ¿Por qué iba a hacer su hermano algo así?

Anthony le dedicó una mirada de soslayo.

– ¿No tiene ningún hermano, verdad?

– No, sólo Edwina, me temo, y ella es decididamente femenina.

– Mi hermano lo hizo -continuó él- con el único objetivo de torturarme.

– Un objetivo noble -dijo Kate bajando la voz.

– La he oído.

– Esperaba que lo hiciera -añadió ella.

– Y también supongo que quería torturarla a usted.

– ¿A mí? – exclamó – ¿Y por qué? ¿Qué podría haberle hecho yo a él?

– Podría haberle provocado en cierto sentido al denigrar a su querido hermano – sugirió.

Arqueó las cejas.

– ¿Querido?

– ¿Admirado? -intentó él.

Kate sacudió la cabeza.

– Tampoco cuela.

Anthony puso una mueca. La mayor de las señoritas Sheffield, pese a sus molestos hábitos mandones, tenía un ingenio admirable. Habían llegado a Knightsbridge, de modo que él la cogió del brazo para cruzar la carretera y tomar uno de los pequeños senderos que llevaban al paseo de South Carriage Road, ya dentro de Hyde Park. Newton, que era en el fondo un perro de campo, aceleró el paso de forma considerable nada más entraron en un entorno más verde, aunque era difícil imaginarse al corpulento can moviéndose a un paso al que calificar como rápido sin incurrir en error.

De todos modos, el perro parecía bastante alegre y estaba claro que se interesaba por cada flor, animalillo o transeúnte que se cruzaba en su camino. El aire primaveral era fresco, pero el sol calentaba y el cielo era de un sorprendente azul claro después de tantos días de lluvia típicamente londinense. Y aunque la mujer que llevaba Anthony del brazo no era con la que tenía planeado casarse -en realidad era una mujer con la que no tenía nada planeado-, Anthony notó que le invadía una grata sensación de satisfacción.

– ¿Le parece que crucemos hasta Rotten Row? -le preguntó a Kate.

– ¡Humm? -Fue su respuesta distraída. Tenía el rostro inclinado hacia arriba, al sol, y disfrutaba de su calor. Y durante un momento de extremo desconcierto, Anthony sintió una penetrante punzada de… algo.

¿Algo? Sacudió un poco la cabeza. No era posible que fuera deseo. No por esa mujer.

– ¿Ha dicho algo? -murmuró ella.

Se aclaró la garganta y respiró hondo con la esperanza de aclarar su cabeza. En vez de ello, lo que percibió fue el olorcillo embriagador de su aroma, que era una combinación peculiar de lirios exóticos y práctico jabón.

– Parece que está disfrutando del sol -comentó Anthony.

Ella sonrió y se volvió hacia él con la mirada clara.

– Sé que no es eso lo que ha dicho, pero sí, disfruto. Ha hecho un tiempo tan lluvioso últimamente…

– Pensaba que las damas jóvenes no debían permitir que el sol les diera en el rostro -bromeó él.

Ella se encogió de hombros, sin el menor indicio de vergüenza al responder.

– Pues no. Es decir, se supone que no debemos permitirlo, pero es una delicia. -Dejó ir un pequeño suspiro, y su rostro reflejó un gesto de anhelo tan intenso que Anthony suspiró por ella-. Ojalá pudiera quitarme el sombrero -comentó anhelante.

Anthony hizo un gesto de asentimiento pues él tenía ganas de hacer algo parecido con su sombrero.

– Creo que podría empujarlo un poquito hacia atrás sin que nadie se dé cuenta -sugirió.

– ¿Cree que sí? -Todo su rostro se iluminó ante aquella perspectiva. Aquella extraña punzada de algo perforó de nuevo las entrañas de Anthony.

– Por supuesto -murmuró y alzó una mano para ajustarle el ala del sombrero. Era uno de esos extraños tocados que parecían gustar a las mujeres, todo cintas y encajes, atados de tal manera que ningún hombre razonable podría encontrarle algún sentido.

– Así, permanezca quieta un momento. Lo ajustaré.

Kate no se movió, tal y como él le había ordenado con amabilidad, pero cuando le rozó la piel de la sien sin querer, ella incluso dejó de respirar. Estaba tan cerca, había algo peculiar en aquello. Kate podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma limpio, enjabonado de Anthony.

Y aquella sensación propagó de inmediato por todo su cuerpo un hormigueo que la puso alerta.

Le odiaba, o al menos le provocaba un profundo desagrado y reprobación. No obstante, sintió una absurda disposición a inclinarse un poco hacia delante, hasta que el espacio entre sus cuerpos se vio comprimido a nada y…

Tragó saliva con fuerza y se obligó a sí misma a retrasarse. Santo cielo, ¿qué se había apoderado de ella?

– Aguante un momento -le dijo él-, aún no he acabado.

Kate alzó también las manos para ajustarse el sombrero.

– Estoy segura de que está bien. No tiene que… que molestarse.

– ¿Puede disfrutar del sol un poco mejor? -preguntó él.

Ella asintió, pese a que estaba tan trastornada que ni tan siquiera estaba segura de que fuera cierto.

– Sí, gracias. Qué detalle. Yo… ¡oh!

Newton soltó una sonora sucesión de ladridos y tiró de la correa. Con fuerza.

– ¡Newton! -llamó Kate mientras la correa la propulsaba hacia delante. Pero el perro ya tenía algo en su mira. Ella no tenía ni idea del qué, y avanzaba con entusiasmo tirando de Kate, quien se encontró dando un traspiés con el cuerpo impelido en una línea diagonal, los hombros claramente por delante del resto del cuerpo-. ¡Newton! – volvió a llamarle con impotencia-. ¡Newton! ¡Para!

Anthony observó divertido que el perro salía disparado como un bólido, moviéndose hacia delante con más velocidad de la que hubiera imaginado que podrían permitirle sus cortas y rechonchas patas.

Kate procuraba con valentía mantener agarrada la correa, pero Newton ahora ladraba como un loco y corría con igual vigor.

– Señorita Sheffield, permítame coger la correa -se ofreció él con voz de trueno al tiempo que se adelantaba para ayudarla. No era la manera más seductora de hacer de héroe, pero cualquier cosa servía cuando uno intentaba impresionar a la hermana de su futura esposa.

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