La Marcha De Los Vencidos Dunkerque
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1967
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
– ¿Y dice usted que ese Nick está en las BEF?
– Sí. Debe estar por ahí, metido en el jaleo hasta la cabeza. Aunque, como me dijo Clara, parece que había encontrado lo que deseaba…
– ¿El qué?
– ¡Un enchufe! Es relojero, y estoy seguro que, desde que desembarcó en Francia, empezó a arreglar los relojes de los oficiales… es un tipo hábil en su oficio, eso hay que decirlo…
– Pero no comprendo. Si esa joven exigía del vencedor que consiguiese alguna medalla… no puedo creer que Nick pierda el tiempo, en vez de combatir para lograr una condecoración…
– Usted no le conoce, señor. Es un tímido, por no llamarle otra cosa…
– ¿Cobarde?
– Yo no lo he dicho. Pero si amase a Clara como afirma, ¿no cree usted que haría lo posible por regresar a Inglaterra como vencedor?
– ¡Desde luego!
– Yo debería alegrarme de que se pasase la guerra arreglando relojes, pero puede usted creerme: prefiero que haga algo, que luche, que defienda como hombre lo que dice desear tanto…
Curter echó una ojeada a su reloj de pulsera.
– Debo volver abajo -dijo, sonriente-. No he subido más que a tomar un poco el aire… ¡y llevamos una eternidad aquí!
– Perdone si le he dado la lata con mis cosas.
– No, muchacho, al contrario. Yo, como viejo solterón, me intereso siempre por esa lucha amorosa que precede al matrimonio… ¡Hasta luego!
– ¡A sus órdenes, señor!
Edward siguió con la mirada al oficial, que no tardó en desaparecer, al descender por una escotilla. Luego, el artillero volvió la mirada hacia el cañón, cuyo tubo asomaba por encima del blindaje de la torreta.
Allí estaba su destino.
De aquella pieza dependía su futuro. Y, sonriente, echó a andar, diciéndose que la suerte, que le había acompañado hasta entonces, no podía volverle la espalda.
Al llegar junto a la torreta, subió ágilmente por la escalerilla metálica, pero nada más entrar en la plataforma, sus ojos tropezaron con la mirada torva del pelirrojo.
Volvió el rostro hacia Lister, preguntando con voz neutra:
– ¿Habéis acabado, Tom?
– Sí. Creo que…
Pero Pat le cortó con un gesto. Se puso lentamente de pie, acercándose a Edward.
– Escucha, tú…, si crees que vamos a deslomarnos mientras tú te paseas por el barco, te has equivocado de número… ¿entendido?
Los músculos se dibujaron bajo la piel de la cara de Waddell.
– Soy el jefe de la pieza…
– ¡Y yo soy mariscal de campo! ¡No me hagas reír! ¿Dónde están tus galones?
– Pronto los tendré.
– De acuerdo. Cuando los tengas, eleva la voz… pero mientras seas un sorchi como nosotros, trabajarás y darás menos órdenes.
Edward se encogió de hombros.
– Veremos… ahora no quiero perder el tiempo hablando con nadie…
Alzando la cabeza, el coronel Von Sleiter paseó la mirada por los rostros de los hombres que rodeaban la larga mesa.
Luego señaló el mapa con un índice cuidadosamente manicurado.
– Señores… como ven, los ingleses utilizan tres caminos para llegar a Dunkerque. Los tres nacen en Douvres, al otro lado del Canal.
»Se trata, en primer lugar, de la Ruta Z, la más corta, puesto que no tiene más que 39 millas marinas. Sale directamente de Douvres, roza la boya Dyck y pasa ligeramente al lado del Banco de Mardyck.
»El segundo camino, la Ruta X, con 55 millas de larga, se aleja hacia el norte de Douvres, contornea los bancos de arena de Goodwin, tuerce hacia Francia, atraviesa Le Sandel y, pasando entre los campos de minas, llega a Dunkerque.
»En cuanto al tercer camino, la Ruta Y, la más utilizada por el enemigo, y la que nos proponemos atacar ahora, se separa del nacimiento de la Ruta X y con un recorrido de 87 millas, pasa lejos, por encima de la boya West Hinder, de la boya Kwinte, bajando luego, a lo largo de la costa francesa, bordeando las minas, hasta Dunkerque…
Levantó nuevamente la cabeza.
– Como les he dicho -dijo entonces-, vamos a lanzarnos preferentemente sobre la Ruta Y. Tres escuadrillas, la Tercera, Cuarta y Quinta, atacarán a cuantos barcos se muevan por esa ruta. Las otras dos, la Primera y la Segunda, seguirán machacando a las tropas que se retiran hacia Dunkerque.
Sonrió.
– ¡En marcha, amigos! ¡Y buena suerte!
Los hombres se apartaron precipitadamente de la mesa. Un «¡Gracias, señor!» brotó de todas sus bocas. Luego, una vez fuera del barracón, corrieron hacia los aparatos.
En las pistas secundarias, los Stukas esperaban, atendidos por el personal de tierra, lo que en la jerga de los aviadores se llaman rampants. [7]
Pronto giraron las hélices.
En los morros, pintados generalmente de amarillo, vibraba el poderoso motor Junkers Jumo 211J-1, con sus doce cilindros, capaces de desarrollar un esfuerzo de 1.400 caballos y girar a una velocidad de 2.600 revoluciones por minuto.
El armamento de los Junkers Ju 87 constaba de una pareja de ametralladoras MG 17, de 7,9 milímetros, una en cada ala, y de dos MG 81 aplicadas al fuselaje.
Pero era la carga de bombas, de diferente peso, que podían llevar, lo que constituía el armamento sui generis de los Stukas. Gracias a su picado, eran, en aquella época, los únicos aparatos de los que podía esperarse una precisión casi matemática.
Uno a uno, rodaron hacia la pista principal.
Luego, elevándose, fueron reuniéndose en el cielo, por escuadrillas, alejándose hacia el oeste, con las alas retorcidas, negros, impresionantes.
Como buitres.
Habían atravesado el pueblo.
Lo hicieron de día. Y fue un momento penoso para el padre Marcel, ya que se vio obligado a cerrar los ojos, cogiéndose al brazo de Nick, al que dijo, con una triste sonrisa a flor de labios:
– Perdone, me mareo un poco…
– ¡Cójase cuanto quiera, pater!
Pero la verdad estaba lejos del mareo; era, sencillamente, que Dumond no deseaba seguir viendo, junto a las puertas de las casas, los cuerpos de los perros que Blow había matado.
Dejaron el pueblo atrás.
La jornada era tórrida, quizás un poco húmeda, y los hombres andaban con lentitud, arrastrando los pies.
El sargento Ryder se había vendado el ojo por el que ya no veía. De todos los ingleses, era el más triste, el que más meditaba, pensando sobre todo en sus muchachos.
A los que no vería más.
Cerrando la marcha, iba Kirk, con su Long Rifle en la mano. Había dejado el mando de su mermada unidad a Aldous, quizá pensando que así podría distraerse y dejar de pensar en los hombres que había perdido.
Sin embargo, lo que Richard deseaba era estar solo.
No lo consiguió del todo, ya que John Wilkie se había dejado adelantar por los demás, y ahora marchaba al lado del sargento.
– Vuelvo a decirle, señor -suspiró John-, que eso de los curas en el ejército no me convence.
Kirk no dijo nada.
Estaba, no obstante, de acuerdo con el soldado. Nunca se había preocupado de esas cosas, viviendo, como él decía, su propia vida. Además, prefería no hablar de nada de aquello, puesto que no llegaba a comprender cómo… lo que fuese, había consentido la atroz muerte de su hermano.
Allí, al fondo del paisaje, delante de ellos, como un tétrico faro, se levantaba la columna de humo que nacía en Dunkerque.
Viendo que el sargento no le contestaba, John cambió de conversación.
– ¡Deben estar divirtiéndose allá abajo!
Esta vez, Richard hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
– Nos tratan como a ratas… -dijo, con voz sombría-. Y eso es lo que somos… ¡ratas!, ¡asquerosas ratas!
La amargura de la voz del suboficial hizo que John frunciese el ceño.
Y preguntó, con un hilo de voz:
[7] Literalmente «los que se arrastran», en oposición a los otros, los del personal de vuelo que, naturalmente, «vuelan».