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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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»Diversas discrepancias en el acta daban a entender que Swift no aceptó sin resistencia tan desinteresada ayuda. Los empleados del hotel declararon que poco antes de su marcha los dos americanos discutieron violentamente; poco importaba que Kahn hubiera usado la fuerza además de los argumentos verbales; lo importante era que sus informaciones no aportaron nada que acelerase la investigación. El único indicio, la carta, había desaparecido. Kahn vio solo una cara de la hoja y recordaba que estaba escrita a máquina —una de muchas copias y por lo tanto bastante ilegible— y en un inglés lleno de faltas gramaticales, y también que cuando ya en América preguntó a Swift acerca de ella, este se rio, revolvió su escritorio para dársela y no pudo encontrarla. Swift se negaba categóricamente a contestar preguntas que tuvieran relación con sus experiencias en Nápoles. La policía consideraba el material existente una mezcla de hechos probables e inverosímiles. Escribir cartas de chantaje con papel carbón bajo varias hojas es un método conocido que dificulta la identificación de la máquina de escribir con la que han sido mecanografiadas, porque los trazos específicos de los tipos son apenas reconocibles. Además es un método relativamente nuevo, y los profanos no suelen conocerlo. Esto indicaba la autenticidad de la carta. La conducta de Swift, por el contrario, era algo aparte. Ninguna víctima de chantaje obra como él si cree que las amenazas de que es objeto se irán poniendo lentamente en práctica. Por ello los expertos llegaron a la convicción de que en este caso se trataba de dos cosas: el chantaje, que desde luego era real, o sea, un intento de algún habitante de Livorno de obtener dinero —suposición corroborada por el inglés deficiente de la carta—, y el trastorno mental pasajero del americano. Pero aunque así fuera, el conjunto —si se situaba en el marco de las investigaciones anteriores— conducía más bien a una confusión de los hechos que a su aclaración, ya que la enajenación de Swift revestía las mismas características que las de los otros casos.

»La siguiente pista atañía a un suizo llamado Franz Mittelhorn, que llegó a Nápoles el 27 de mayo. Su caso se diferenciaba de los demás por el hecho de que Mittelhorn era bien conocido en la pensión donde se alojó, ya que se hospedaba en ella todos los años. Era propietario de una tienda de antigüedades de Lausanne y un solterón acomodado, y pese a sus costumbres algo raras, era bien recibido por tratarse de un huésped distinguido. Ocupaba dos habitaciones que se comunicaban entre sí, una le servía de despacho y otra de dormitorio. Antes de cada comida comprobaba con una lupa si el plato y los cubiertos estaban limpios, y comía platos preparados según sus propias recetas, ya que padecía una alergia a determinados alimentos. Si se le hinchaba el rostro, como ocurre con el edema de Quincke, hacía ir al cocinero al comedor y le daba una reprimenda. Los camareros afirmaron que Mittelhorn comía entre horas en restaurantes baratos de la ciudad —le entusiasmaba, por ejemplo, la sopa de pescado, que tenía prohibida—, por lo que no observaba el régimen y luego armaba escándalos en la pensión. Durante su última estancia cambió un poco sus costumbres, ya que desde el invierno sufría molestias reumáticas y el médico le había recetado baños de fango, que tomaba en el instituto de los Vittorini. En Nápoles tenía un barbero que iba a afeitarle a la pensión y que solo podía usar utensilios del propio Mittelhorn, ya que no quería entrar en contacto con navajas o peines utilizados para otras personas. Se encolerizó cuando supo a su llegada que el barbero había cerrado su peluquería y no dejó de lamentarse hasta que encontró otro digno de confianza.

»El 7 de junio pidió que le encendieran la chimenea. Esta chimenea embellecía la mayor de las dos habitaciones y no se había encendido nunca, pero nadie se hacía repetir dos veces una orden de Mittelhorn. Aunque fuera la temperatura sobrepasaba los veinte grados y el tiempo seguía siendo soleado, su deseo fue satisfecho. La chimenea humeaba un poco, pero esto no pareció molestar a Mittelhorn, que se encerró en su habitación y no bajó a cenar. Este hecho era totalmente excepcional, pues Mittelhorn no se perdía jamás una comida y para ser más puntual llevaba dos relojes, uno de pulsera y uno de bolsillo. Como no contestaba al teléfono ni tampoco a los golpes en la puerta, forzaron la cerradura, que estaba bloqueada por dentro con una lima rota. Mittelhorn yacía sin conocimiento en la habitación llena de humo. Un tubo de somníferos vacío indicó que había intentado suicidarse, y fue trasladado al hospital en una ambulancia. Como Mittelhorn quería participar a finales de junio en una subasta de grabados antiguos en Roma, había traído consigo una gran maleta que rebosaba de ellos. Ahora estaba vacía, y en la chimenea hallaron un montón de papeles carbonizados.

»Había cortado en trozos pequeños, con las tijeras del barbero, los pergaminos que resistían a las llamas, y había hecho astillas los marcos de los grabados en madera. No había tocado nada que fuera propiedad del hotel, excepto el cordón del cortinaje, que tenía un nudo, como si hubiese intentado colgarse de él, si bien el cordón no había resistido su peso. Un taburete colocado junto a la ventana corroboraba esta suposición.

»Cuando al cabo de dos días de sueño Mittelhorn recobró el conocimiento, el médico, temiendo el comienzo de una neumonía hipostática, ordenó que se le hicieran radiografías. Por la noche, Mittelhorn se inquietó, deliró y no tardó en empezar a gritar que era inocente, que él no había sido, y a proferir amenazas mientras discutía con alguien, hasta que al fin intentó saltar de la cama. La enfermera, incapaz de sujetarle, corrió a llamar al médico. Mittelhorn aprovechó su ausencia para irrumpir en el cuarto contiguo. Allí, rompió el cristal del armario de medicamentos, cogió una botella de yodo y se la bebió entera. Murió a causa de graves quemaduras internas tres días después.

»El dictamen judicial constató suicidio causado por una repentina depresión y enajenación mental. Sin embargo, cuando se reanudaron las pesquisas y se interrogó de modo exhaustivo al personal, el portero de noche recordó un notable incidente ocurrido la tarde anterior al día crítico. Sobre la mesa de la recepción había una caja con papel y sobres, destinados al uso general. Después de la cena un mensajero llevó una entrada para la ópera que había encargado un alemán, vecino de habitación de Mittelhorn. Como el alemán había salido, el portero puso la entrada dentro de un sobre y metió este en el casillero de las llaves, cometiendo el error de ponerlo en la casilla de Mittelhorn, quien a su regreso tomó la llave junto con el sobre, lo abrió y se colocó bajo la lámpara para leer el contenido. Se dejó caer en un sillón, como si las piernas no le obedecieran, y se cubrió los ojos con la mano. Permaneció mucho rato en esta postura, entonces echó otra ojeada a la cartulina que tenía en la mano y se dirigió a toda prisa, casi corriendo, hacia su habitación. En aquel momento el portero se acordó del mensajero y la entrada para la ópera, y tuvo un gran sobresalto, pues él mismo había encargado la entrada por teléfono y sabía que era para el alemán y no para Mittelhorn. Cuando vio que el sobre no estaba en la casilla del alemán, supo con seguridad que se había equivocado y decidió ir a pedírselo a Mittelhorn. Llamó a la puerta y, al no recibir contestación, entró. La habitación estaba vacía. Sobre la mesa vio un sobre roto y un trozo de papel arrugado. El portero miró dentro del sobre y encontró la entrada para la ópera, al parecer olvidada por Mittelhorn. Se la guardó y, movido por la curiosidad, alisó el papel que tanto había impresionado al suizo. Estaba en blanco. Extrañado, el portero salió de la habitación y no dijo nada a Mittelhorn cuando se cruzó con él en el pasillo, pues este volvía con una botella de agua mineral que había ido a buscar a la nevera del piso.

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