La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
»Brigg era bastante calvo y de complexión atlética, y en su rostro podía apreciarse la cicatriz dejada por una operación de labio leporino. No tenía ningún pariente; por lo menos no se consiguió encontrar a ninguno. Al ser consultado, el editor parisino explicó que Brigg le había propuesto escribir un libro sobre los concursos de misses en América, proposición que él rechazó por considerarla poco interesante. Todas estas declaraciones podían ser ciertas, pero fue imposible corroborarlas o refutarlas; a Brigg parecía habérselo tragado la tierra y no se halló a una sola persona que lo hubiera visto después de que abandonase la habitación alquilada. Las pesquisas hechas al azar entre prostitutas, chulos y drogadictos no dieron ningún resultado. Por ello el caso Brigg pertenecía a los dudosos, pero, por cómico que pueda parecer, fue archivado porque Brigg padecía fiebre del heno.
»El destino del sueco, al igual que el del austríaco, no inspiró semejantes dudas. El primero, Leyge, antiguo miembro del Club Himalaya que había coronado varios sietemiles en Nepal, llegó a Nápoles después de divorciarse. Se alojó en el hotel Romano, en el centro, y no se bañaba en el mar ni iba a la playa; solamente tomaba el sol en el solárium, visitaba museos y tomaba baños sulfurosos. El día 19 de mayo partió al atardecer hacia Roma, pese a haber dicho al principio que pensaba pasar todo el verano en Nápoles. En Roma dejó su equipaje en el coche, se dirigió al Coliseo, subió hasta el último piso y se lanzó al vacío por la parte exterior, muriendo en el acto. El informe judicial habló de suicidio o accidente causado por una repentina enajenación mental. El sueco, un hombre rubio y apuesto, no aparentaba su edad; cuidaba hasta la pedantería su aspecto y su estado físico. Jugaba diariamente al tenis a las seis de la mañana, no bebía, no fumaba; en suma, velaba con esmero por su forma física. Los cónyuges habían solicitado el divorcio de mutuo acuerdo, alegando incompatibilidad de caracteres. Esta circunstancia se conoció gracias a la ayuda de la policía sueca, y pareció proporcionar un posible motivo para el suicidio: una repentina depresión causada por la disolución de un largo matrimonio. Sin embargo, pudo comprobarse que los cónyuges vivían separados desde hacía varios años y al final habían pedido el divorcio para legalizar su situación.
»La historia del austríaco, Schimmelreiter, era más complicada. Se hallaba en Nápoles desde mediados del invierno y hasta abril no inició los baños sulfurosos. A finales del mismo mes dijo que le sentaban muy bien y por ello decidió prolongarlos otro mes. Una semana más tarde empezó a dormir mal, estaba malhumorado y colérico, afirmó que alguien hurgaba en sus maletas, que sus gafas con montura de oro habían sido robadas, y cuando las encontraron detrás del sofá, dijo que el ladrón las había colocado allí a propósito. Fue fácil conocer con exactitud su modo de vida porque se alojaba en una pequeña pensión y antes de su trastorno mental había sostenido relaciones muy cordiales con su patrona. El 10 de mayo, Schimmelreiter tropezó en las escaleras y tuvo que acostarse con la rodilla magullada. Al cabo de dos días la irritación del inquilino remitió, y entre él y la patrona volvió a reinar la concordia, y como una vez pasadas las molestias de la rodilla sintió dolores reumáticos, reanudó sus visitas al balneario. Dos días después sobresaltó por la noche a todos los huéspedes de la pensión con sus gritos de socorro. Hizo añicos con el bastón el espejo de su cuarto, creyendo que había alguien oculto tras él, e intentó tirarse por la ventana. Como el espejo pendía de la pared, era imposible que alguien se escondiera detrás. La patrona, al ver que no podía apaciguar al excitado Schimmelreiter, avisó a un médico conocido suyo, y este constató los primeros síntomas de un infarto cardíaco. Semejante estado puede conducir a trastornos mentales, o al menos así lo estimó el médico, quien a instancias de la patrona gestionó el ingreso del austríaco en un hospital. Antes de abandonar la pensión y de que el bastón pudiera serle arrebatado, destrozó el espejo del lavabo y otro que pendía en el descansillo de la escalera.
»En el hospital estaba inquieto, lloraba, trataba de esconderse debajo de la cama, y al mismo tiempo le acometían frecuentes ahogos, pues era asmático. Confió al estudiante de medicina que lo atendía, no sin antes exigirle que guardara el secreto, que en el instituto de los Vittorini habían intentado matarle dos veces, echando veneno al agua del baño, y que el autor había sido un empleado que sin duda alguna pertenecía al servicio secreto israelí. El estudiante ignoraba si esta información era pertinente para el historial del enfermo. El médico jefe la consideró expresión de una manía persecutoria motivada por la arteriosclerosis cerebral. Schimmelreiter murió a finales de mayo de un edema pulmonar progresivo. Como no tenía parientes, lo enterraron en Nápoles a expensas del municipio, ya que la estancia en el hospital había agotado sus modestos ahorros. Así pues, constituyó una excepción en la serie, ya que se trataba de un extranjero sin medios, al contrario de todas las demás víctimas. Las indagaciones posteriores revelaron que Schimmelreiter había sido durante la guerra secretario en el campo de concentración de Matthausen, y tras la derrota de Alemania fue juzgado pero absuelto porque la mayoría de los testigos, antiguos internados del campo, declararon a su favor. Sin embargo, no faltaron quienes dijeron que había golpeado a algunos prisioneros, pero como esto lo declararon terceras personas, su culpa no pudo probarse. Si bien parecía haber cierta relación entre los dos quebrantamientos de su salud y sus visitas al instituto de los Vittorini, la convicción del difunto era infundada, ya que no existe ningún veneno que, disuelto en agua, pueda afectar al cerebro.
»El empleado a quien el austríaco acusaba de haberlo envenenado no era judío, sino siciliano, y no tenía nada que ver con el servicio secreto israelí. También en este caso hubo que renunciar a la posibilidad de homicidio.
»El dosier, excluyendo al desaparecido Brigg, comprendía ya los casos de seis personas fallecidas, aparentemente por casualidad, de muerte antinatural. Los hilos procedían siempre de un instituto balneario, y como en Nápoles hay varios de ellos, se procedió a examinar sus libros de cuentas. Las pesquisas fueron incrementándose como un alud; había que investigar veintiséis casos en los que, como ocurre con relativa frecuencia, alguien había renunciado a unos baños ya pagados, sin pedir que le fuera devuelto el dinero, ya que se trataba de pequeñas sumas. Era preciso seguir cada una de estas pistas, y las indagaciones avanzaban lentamente. Solo se abandonaban en el momento en que la persona investigada era hallada disfrutando de buena salud.