La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
»A fin de redondear el simulacro, me traje conmigo los objetos personales de Adams, conservados con ese propósito por la señora Barbour. En Nápoles me vigilaba un equipo de seis personas, dos parejas que se relevaban, además de dos técnicos que monitorizaban de forma remota mi tensión, mi ritmo cardiaco y mi respiración. No iba sin sensores más que a la playa, y entonces entraban en acción dos pares de gemelos bien ocultos. A mi llegada deposité en la caja fuerte del hotel la cantidad de 19 000 dólares, los retiré cinco días más tarde y desde entonces los guardé en mi habitación. No evité hacer amistades casuales, visité los mismos museos que visitó Adams, estuve, como él, en la ópera, deambulé por la bahía siguiendo sus pasos y me fui a Roma con el mismo Hornet. En él habían instalado un amplificador que incrementaba el alcance de emisión de los sensores. En Roma me esperaba un tal doctor Sidney Fox, especialista en medicina legal, que debía controlar todas las grabaciones recogidas por las cintas; realizó su tarea y de este modo, con un fracaso, terminó la operación.
Concluí de este modo mi informe para Barth sobre los once individuos que habían motivado nuestras pesquisas. Se trataba de una memoria en la que los hechos se planteaban de modo sintético; era la versión que habíamos elegido por si se diera el caso de tener que incorporar a un profano a las investigaciones. Llamábamos a esta variante «el panorama».
Las ventanas del gabinete daban al norte, por lo que el sol ni siquiera rozaba la habitación, y la sombra de los grandes olmos la oscurecía todavía más. Cuando desconecté el proyector, Barth encendió la lámpara del escritorio y la habitación cambió instantáneamente de aspecto. Él guardaba silencio y tenía las cejas arqueadas como si estuviera un poco asombrado de lo que acababa de escuchar, y de pronto se me antojó una insensatez haber importunado así a un desconocido. Temí que me preguntara qué clase de ayuda esperaba de él, o que declarase que el problema no era de su incumbencia. Pero lo que hizo fue levantarse, ir de un extremo a otro de la habitación, detenerse tras una magnífica y antigua silla de tijera y decir, con las manos apoyadas en el respaldo tallado:
—¿Sabe cuál habría sido mi recomendación? Deberían haber enviado a un grupo de «simuladores». No menos de cinco.
—¿Cree usted? —pregunté, sorprendido.
—Sí. Si se incluye su acción en la categoría de los experimentos científicos, usted no ha cumplido las condiciones iniciales o marginales. Ha faltado algo, en usted o en su entorno. Si ha sido en usted, entonces tendrían que haber elegido a personas con el mismo intervalo de variabilidad de indicios que mostraron las víctimas.
—¡Vaya modo de expresarlo! —exclamé.
Él sonrió.
—Está acostumbrado a otro lenguaje, ¿verdad? Eso es porque hasta ahora ha tratado con personas que piensan al estilo de la policía. Es un estilo que funciona muy bien cuando se persigue a un criminal, pero no cuando se trata de decidir si ese criminal existe. Supongo que si usted hubiera estado en peligro, no lo habría advertido, al menos no al principio. Después habría reconocido las circunstancias concomitantes, pero no el mecanismo causal.
—¿No pueden ser la misma cosa?
—Sí, pero no necesariamente.
—Pero yo estaba preparado de antemano, al contrario de los otros. Debía tomar nota de cualquier detalle sospechoso.
—¿Y de qué ha tomado nota, si puede saberse?
Sonreí, confundido.
—De nada. Creí advertir algo un par de veces, pero al final pensé que seguramente se trataría de una observación demasiado tensa por mi parte.
—¿Ha estado en alguna ocasión bajo la influencia de alucinógenos?
—Sí. En Estados Unidos, antes de esta acción. LSD, Psilozybin, mescalina… Todo bajo control médico.
—Comprendo. Como entrenamiento. ¿Puedo preguntarle qué esperaba al aceptar esta misión? Usted, personalmente.
—¿Qué esperaba de ella? Sentía un cierto optimismo. Pensaba que al menos podríamos determinar si se trataba de un crimen o de una casualidad.
—¡Entonces era muy optimista! El caso de Nápoles existe, el hecho me parece incontrovertible. Pero no funciona como un mecanismo de relojería, sino más bien como un juego de azar. Los síntomas se caracterizan por la fluctuación, por la arbitrariedad. Y ambas cosas pueden debilitarse, incluso desaparecer del todo, ¿verdad?
—Desde luego.
—Pues bien; como modelo puede servirnos un terreno que esté al alcance de los tiros. Usted puede morir, ya sea porque alguien le ha apuntado o a causa de una bala perdida. En todo caso, ¡al otro lado hay alguien aficionado a los cadáveres!
—Ah, ¿conque usted lo ve así? ¿Una bala perdida no excluye un crimen?
—Naturalmente que no. ¿Usted no es de esta opinión?
—Pues no. Una vez hice una sugerencia parecida y me dijeron que en tal caso habría que corregir las investigaciones…
—¡Ya, ya! ¡Un hombre malo o un destino adverso! ¡Incluso se ha introducido en el lenguaje la expresión corriger la forme! Es cierto. ¿Por qué no montaron un sistema de comunicación recíproca?
—Habría sido demasiado complicado. Yo no podía ir de un lado para otro cargado de aparatos electrónicos. Además había otras consideraciones en juego, derivadas del caso de Swift. El que fue salvado por su amigo porque se alojaba casualmente en el mismo hotel. Swift presentó sus visiones de modo tan sugestivo que casi convenció al otro.
—¡Aja! Folie en deux? Se trataba de que usted no pudiera hacer creer sus ilusiones a su ángel guardián, ¿no es eso?
—Exactamente.
—Le ruego que me corrija si me equivoco: de los once hombres, dos salieron con vida y uno desapareció. Se llamaba Brigg, ¿verdad?
—Justo, pero Brigg fue el duodécimo. Finalmente decidimos no añadirlo a la serie.
—Pocos puntos de apoyo, ¿no es cierto? Y ahora pasemos al orden cronológico. A este respecto su informe está mal construido, pues puede inducir a errores. Coloca los casos por su orden de investigación y, en consecuencia, de modo absolutamente accidental, y no por su orden de acaecimiento. ¿Cuándo ocurrió todo? ¿En el transcurso de dos años?
—Sí. Los primeros fueron Titz, Coburn y Osborn. Brigg desapareció por esta época. El resto de los casos son del año pasado.
—¿Y este año no se ha producido ninguno?
—Si ha ocurrido algo, no lo sabremos antes del otoño. Sobre todo porque la investigación que consideró los casos como parte de una especie de serie se ha suspendido.
—Examinándolo bien, parece que se trata de una serie progresiva: en el primer golpe, tres víctimas; en el segundo, ocho. Pues bien, no solo ha actuado usted como señuelo en Nápoles, monsieur; también aquí lo es, en París…
—¿Qué quiere decir?
—Me ha puesto un cebo. Lo confieso: ¡el asunto me cautiva! ¡En su informe aparece con tanta claridad! ¡Tan regular y tan formal! Pero del hecho de que todos hayan acabado mal deduzco que hay algo maléfico en el asunto. Maléfico, sí, aunque con cada caso me convenzo más de que tenemos que habérnoslas con una forma de locura de la que nadie es causa consciente. ¿Comparte usted esta opinión?
—¡Evidentemente…! Es la opinión generalizada. De otro modo no se habrían suspendido las investigaciones.
—¿Por qué, entonces, la duda de que tal vez no se trate de un crimen?