La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
—Cómo explicarlo… Es como en la fotografía. Me refiero a la reproducción reticular de una foto. A simple vista se reconocen los contornos de las formas, pero no los detalles. Si se observa a través de una lupa, parece que se ven mejor, pero enseguida todo vuelve a diluirse. Pero si empleamos una lupa especialmente potente, la imagen desaparece, porque se descompone en pequeños puntos aislados. Cada puntito aparece por separado, y juntos carecen de sentido.
—¿Quiere decir con esto que si se aceptara la hipótesis de que se trata de una serie casual de envenenamientos, sería tanto más fácil refutarla cuanto más exhaustivas fueran las investigaciones?
—Ha acertado.
—Y si se traslada la hipótesis al autor del crimen, ¿ocurre lo mismo?
—Sí. El resultado sería más o menos este: nada ha sido envenenado y nadie poseía ningún veneno. Sin embargo…
Me encogí de hombros.
—¿Por qué entonces se han ceñido únicamente a esta disyuntiva, crimen o casualidad?
—¿De qué otra cosa se puede tratar?
—De esto, por ejemplo. —Señaló el France Soir que había sobre el escritorio—. ¿Ha leído los periódicos de hoy?
Me mostró los enormes titulares: «La bomba del Laberinto», «Baño de sangre en la escalera», «Un misterioso ángel de la guarda salva a una niña».
—Sí —contesté—. Conozco lo ocurrido.
—¡Pues ahí lo tiene! El clásico azar de un crimen de nuestro tiempo, planeado y arbitrario a la vez. Quienquiera que se hallase en su radio de acción tenía que morir.
—¡Pero esto es algo completamente distinto!
—No es lo mismo, cierto. Determinados signos personales predestinaban a morir en Nápoles y no en el aeropuerto de Roma. ¡Naturalmente que no! Pero este hombre, Adams, escribió a su exmujer acerca de un crimen que no tenía destinatario, y empleó una imagen… «esparcir clavos por la calle». El ejemplo es demasiado sencillo, de acuerdo. Pero también es cierto que si hay alguien detrás de estas muertes, ¡lo que más le importa es crear la impresión de que no existe!
Guardé silencio; Barth me dirigió una mirada rápida, se levantó, paseó por la habitación, volvió a su asiento y preguntó:
—¿Y qué opina usted de todo ello?
—Solo puedo decir lo que más me desconcierta. Si se tratara de un veneno, habría que esperar siempre los mismos síntomas.
—¿Y no fueron siempre los mismos? Al menos, esa es la impresión que me ha dado. Una cadencia muy típica: primero una fase de excitación y agresividad, después vienen las alucinaciones, en su mayoría de naturaleza paranoica, y por fin la fase de la huida, de Nápoles o de la vida misma. Todos ellos se fugaron de algún modo: en coche, en avión, incluso a pie; o bien usaron un trozo de cristal, una navaja de afeitar, un cordón, un tiro en la boca, yodo…
Me pareció que estaba haciendo alarde de su memoria.
—Sí, los síntomas eran similares, pero si se investiga a fondo la vida de cada una de las víctimas, es sorprendente…
—¿Qué?
—En general, el tipo de muerte de una persona no tiene nada que ver con el carácter del moribundo: no depende del carácter que uno muera de congestión pulmonar, cáncer o un accidente de coche. Hay excepciones, claro, como la muerte de un piloto de pruebas en la pista… Pero normalmente no existe ninguna correlación entre el modo en que uno vive y el modo en que uno muere.
—En otras palabras, la muerte no es característica de la personalidad. Está bien. ¿Qué más?
—Que en estos casos lo es.
—Señor mío, ¿acaso quiere introducirme en la demonología? ¿Cómo debo interpretarle?
—Textualmente. El magnífico nadador se ahoga. El alpinista se precipita al vacío. El aficionado a los coches muere en un choque frontal en la carretera.
—¡Espere! ¿El aficionado a los coches era Titz?
—Sí. Tenía tres coches, dos de ellos deportivos. Murió conduciendo un Porsche. Continúo: el temeroso muere en la huida…
—¿Quién fue ese?
—Osborn. Murió cuando abandonó el coche y fingió ser un trabajador de la autopista…
—¡No me ha dicho que fuera un cobarde!
—Perdón. En la versión resumida que le he facilitado hay muchas lagunas. Osborn trabajaba en seguros, estaba él mismo asegurado y tenía fama de evitar cualquier riesgo. Cuando se sintió amenazado, quiso escribir a la policía, pero tuvo miedo, quemó la carta y puso pies en polvorosa. Adams, un excéntrico, murió como había vivido: de manera poco corriente. El valiente reportero resistió hasta el final, hasta que puso fin a su vida de un disparo…
—¿Y esto no fue una huida, acaso?
—Creo que no. Tenía orden de volar a Londres. Se rindió momentáneamente y quiso cortarse las venas, pero se vendó él mismo y voló a fin de realizar su trabajo. Se mató porque no podía llevarlo a cabo. Debía de ser muy orgulloso. Ignoro el final de Swift, pero en su juventud era el típico hombre débil. Castillos en el aire, excesos, siempre necesitado de alguien más fuerte que éclass="underline" una esposa, un amigo… Todo esto se repitió en Nápoles.
Barth frunció el ceño, se tocó la barbilla con un dedo y se quedó ensimismado, con la mirada ausente.
—En efecto, parece comprensible. Una regresión, un retorno a una fase anterior de la vida. No soy un especialista, pero los alucinógenos provocan… ¿Y qué opinan los toxicólogos? ¿Y los psiquiatras?
—Se presentan ciertos síntomas análogos a los del lsd, pero el efecto del lsd no es tan característico de la personalidad. La farmacología no conoce semejantes preparados. Cuando estudié la vida de estos individuos, tuve la impresión de que ninguno se apartó de su naturaleza, más bien al contrario: la exteriorizaron en una especie de ampliación caricaturesca. El ahorrador se convierte en avaro, el pedante…, el anticuario pasó todo un día rompiendo en pequeños trozos el contenido de una maleta… Cuando vea las actas, que son un verdadero filón, se convencerá.
—Le ruego que me las enseñe. ¿De modo que este factor X sería como un «veneno de la personalidad»? Lo es, de hecho… Pero por este lado no llegaremos a ninguna conclusión. Un examen psicológico puede demostrar cómo actúa esta droga, pero no el medio por el que se le administra a la víctima.
Estaba inclinado hacia delante, con la cabeza baja y la mirada fija en sus manos, posadas sobre la rodilla. Y, de pronto, alzó la cara y me miró a los ojos.
—Me gustaría hacerle una pregunta personal…, ¿puedo?
Yo asentí con la cabeza.
—¿Qué sintió usted durante el simulacro? ¿Qué pensó? ¿Estaba seguro de sí mismo? ¿Lo estuvo todo el tiempo?
—No. En general fue desagradable, diferente de como me lo imaginaba en América. Y no porque usara las cosas del muerto. A eso no tardé en acostumbrarme. Todos pensaban que yo era especialmente apropiado para esta operación, a causa de mi profesión anterior…
—¿Ah, sí? —dijo, enarcando las cejas.
—Parece algo fascinante, si decides fiarte de la publicidad, pero lo cierto es que consiste en rutina, aburrimiento, más rutina y unos breves momentos de emoción.
—¡Ya! Como en Nápoles, ¿no?
—En efecto, sobre todo porque nos entrenan para observarnos. Las indicaciones de los aparatos pueden ser engañosas, y entonces queda el hombre como último indicador.
—De modo que tedio y rutina. ¿Y cuánto hubo de emoción en Nápoles? ¿Cuándo se sintió excitado?
—Cuando tuve miedo.
—¿Tuvo usted miedo?
—Por lo menos en dos ocasiones, así es. Supuso, se lo reconozco… una especie de satisfacción para mí.
Noté que titubeaba al hablar; era muy difícil expresar todo aquello con palabras. Él me miraba fijamente.
—¿Le gusta tener miedo?
—No puedo contestarle afirmativa ni negativamente. Conviene que lo que uno sabe hacer coincida con lo que le gusta. A mí casi siempre me tocaba hacer cosas que no sabía. El riesgo adopta muchas caras, pero el riesgo anodino, como el de jugar a la ruleta rusa, no me atrae. Es un miedo estéril… Me atrae lo que no se puede definir, lo que no se puede prever ni delimitar con exactitud.