La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
»Desde mediados de mayo los Vittorini habían tenido otros diez clientes americanos; cuatro de ellos, como Coburn, habían pagado ya una serie de baños —había abonos de una, dos, tres y cuatro semanas—, y al cabo de ocho o diez días también dejaron de aparecer para el tratamiento. Tampoco esto era nada extraordinario, pues era posible que todos hubieran tenido que marcharse inesperadamente, sin tiempo para reclamar el dinero anticipado. El ayudante, enterado de los nombres de los americanos gracias a los libros del instituto, decidió comprobar qué les había sucedido. Cuando más tarde se le preguntó por qué se había limitado en sus investigaciones a ciudadanos de Estados Unidos, no pudo dar una respuesta clara. Una vez dijo que se le había antojado un asunto con conexiones americanas porque hacía poco que la policía había desarticulado una organización para contrabando de heroína, que enviaba la droga de Nápoles a Estados Unidos; otra vez explicó que se había limitado a norteamericanos porque Coburn tenía dicha nacionalidad.
»En cuanto a los cuatro hombres que habían pagado los baños sin acabar de tomarlos, el primero, Arthur J. Holler, un jurista de Nueva York, se marchó repentinamente al recibir la noticia de la muerte de su hermano. En la actualidad vive en su ciudad natal, está casado, tiene treinta y seis años y es consejero jurídico de una gran agencia de publicidad. Los otros tres guardaban cierta similitud con Coburn.
»En cada caso se trataba de un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, de posición acomodada, que vivía solo y que era paciente del doctor Giono. Uno de estos americanos, Ross Brunner Jr., se hospedó en el Savoy, como Coburn, mientras que los otros dos se alojaron en pequeñas pensiones situadas igualmente frente a la bahía. Las fotos llegadas desde Estados Unidos mostraban cierta semejanza entre los desaparecidos. Eran de estatura atlética, y se advertía en ellos cierta corpulencia, una calva incipiente y un visible esfuerzo por ocultarla. Aunque el cuerpo de Coburn, examinado a fondo en el Instituto de Medicina Legal, no tenía huellas de violencia y se dictaminó la causa de la muerte como ahogo motivado por calambres o agotamiento, la prefectura ordenó continuar las investigaciones. Se hicieron también pesquisas en torno al destino de los otros tres americanos, y no tardó en saberse que Osborn había partido súbitamente hacia Roma, que Emmings había volado de Nápoles a París, y que Brunner había enloquecido. La policía conocía ya el destino de Brunner, y además, desde hacía bastante tiempo. Este huésped del Savoy de la primera mitad de mayo había sido ingresado en el Hospital Municipal. Era constructor de coches y trabajaba en Detroit. Durante la primera semana de su estancia se comportó de manera ejemplar: iba al solárium por las mañanas, y al instituto de los hermanos Vittorini por las tardes, a excepción de los domingos, que dedicaba a excursiones más largas. Estas pudieron conocerse a través de la agencia de viajes, que tenía una sucursal en el Savoy. Había estado en Pompeya, en Herculano, pero sin bañarse en el mar, pues el médico se lo prohibía debido a que tenía piedras en el riñón. El sábado anterior a la fecha fijada anuló una excursión a Anzio, y dos días antes ya había empezado a dar muestras de una conducta extraña. Dejó de pasear, y aunque solo quisiera ir a tres manzanas de distancia, pedía su coche, lo cual era una molestia, porque el nuevo aparcamiento del hotel se encontraba en obras y los coches de los huéspedes estaban apretujados en un solar vecino. Brunner se negaba a ir a buscar él mismo su coche y exigía que uno de los empleados se lo llevara a la puerta del hotel, lo cual dio lugar a diversos roces. El domingo no tomó parte en la excursión ni apareció a la hora de comer. Encargó que le subieran la comida a la habitación, y cuando el camarero abrió la puerta, Brunner se abalanzó sobre él y trató de estrangularle. En la lucha rompió un dedo al camarero, y de repente se tiró por la ventana. Cayó desde el segundo piso y se rompió una pierna y el hueso de la cadera. En el hospital, aparte de las fracturas, determinaron una dolencia mental parecida a la esquizofrenia. Por motivos comprensibles, la dirección del hotel trató de silenciar el incidente, pero fue precisamente este caso lo que indujo a la prefectura, tras la muerte de Coburn, a ampliar el campo de las investigaciones. Era preciso revisar el caso, ya que había surgido la duda de si Brunner se había tirado efectivamente por la ventana o le habían empujado. Pero no se pudo encontrar nada que desmintiera las declaraciones del camarero, un hombre, por lo demás, maduro y honesto.
»Brunner seguía en el hospital, la confusión de su mente había remitido un poco, pero surgieron complicaciones en la soldadura de los huesos de la cadera y el pariente que debía venir a buscarle desde Estados Unidos aplazaba una y otra vez su llegada. Al final un reputado especialista declaró a Brunner irresponsable de sus actos a causa de un agudo estado psicopático de etiología desconocida, y su diagnóstico dio al traste con las investigaciones.
»El segundo americano, Adam Osborn, un solterón licenciado en Economía, partió de Nápoles el 5 de junio en un coche alquilado de la agencia Avis en dirección a Roma, pero abandonó el hotel con tal precipitación que se dejó los utensilios personales: maquinilla de afeitar, cepillos, zapatillas. A fin de remitirle estos objetos, el Savoy llamó al hotel de Roma donde Osborn había hecho reservar una habitación, pero no se encontraba en él. El Savoy renunció a la búsqueda del caprichoso huésped, y tras las exhaustivas pesquisas policiales se supo que Osborn ni siquiera había llegado a Roma. El detective se enteró en la agencia Avis de que el Opel Rekord alquilado había sido hallado cerca de Zagarolo, a las puertas de Roma, en el arcén de la autopista, en perfectas condiciones y con todo el equipaje de Osborn. Avis informó a la policía romana de que el Opel estaba matriculado en Roma porque pertenecía al parque romano de la empresa, y su presencia en Nápoles solo se debía a que un turista francés había viajado con él desde la capital italiana. La prefectura de Roma se hizo cargo de las cosas de Osborn y llevó asimismo la investigación del caso, ya que Osborn fue hallado al amanecer del día siguiente…, muerto. Un coche lo había atropellado en la salida de la Autostrada del Sole, casi a nueve kilómetros del lugar donde dejara el coche alquilado.
»Al parecer se había apeado sin motivo aparente y había caminado por el borde de la autopista hasta el siguiente desvío, y precisamente allí un coche lo atropelló y se dio a la fuga. Se pudo reconstruir el curso de los acontecimientos con bastante exactitud, pues Osborn había derramado un poco de agua de colonia sobre la alfombrilla de goma del coche.
»A pesar de la lluvia caída durante la noche, el perro de la policía encontró fácilmente el rastro. Osborn había caminado hasta la carretera de salida por el arcén, pero allí donde la autopista bordeaba un terreno elevado había abandonado varias veces el asfalto para trepar por el montículo. Después bajaba de nuevo al carril y seguía caminando. Al llegar a la salida avanzó en zigzag, como si estuviera borracho, y allí murió en el acto por fractura de cráneo. Sobre el asfalto quedaron manchas de sangre y trozos de cristal de uno de los faros. Hasta la fecha, la policía romana no ha logrado localizar al causante del accidente. Dio que pensar el hecho de que Osborn recorriera nueve kilómetros de la autopista y nadie se fijara en él, aunque era por la tarde y el tráfico era muy denso. Por lo menos tendría que haberlo detenido alguna patrulla, ya que no se permiten viandantes en una autopista. El asunto se aclaró unos días más tarde cuando, una noche, alguien tiró frente a la comisaría una bolsa con palos de golf. En las asas estaba grabado el nombre de Osborn, y era de suponer que el americano había caminado con los palos de golf al hombro y que los automovilistas, teniendo en cuenta que los palos no sobresalían de la funda y que Osborn llevaba pantalones tejanos y una camisa de manga corta, lo habían tomado por un trabajador de la autopista. No cabía duda de que los palos de golf habían caído en el lugar del accidente; alguien debió de recogerlos y, al enterarse por la prensa de las pesquisas policiales, temió verse envuelto en un posible caso de homicidio y se deshizo de los palos.