La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
»La razón de que Osborn bajara del coche y siguiera adelante a pie y con los palos de golf no pudo aclararse. La botella vacía de agua de colonia y las gotas en el suelo del coche hacían suponer que se había mareado, tal vez estaba a punto de desmayarse y por ello se humedeció la cara. La autopsia no reveló nada de alcohol ni ninguna clase de veneno en el organismo. Poco antes de abandonar el hotel, Osborn quemó en la papelera unas hojas escritas de papel de cartas. No quedaba nada de ellas, pero entre las cosas que dejó en el hotel se encontraba un sobre vacío dirigido a la prefectura, como si hubiese querido comunicar algo a la policía y al final no lo hubiera hecho.
»El tercer americano, Emmings, era corresponsal de la United Press International. Procedía del Cercano Oriente, desde donde había enviado reportajes a Estados Unidos, y se detuvo en Nápoles. Dijo en el hotel que se quedaría por lo menos dos semanas, pero a los diez días se marchó de modo inesperado. Había comprado en la agencia de British European Airways un billete para la línea Nápoles-Londres, y una sola llamada bastó para averiguar que, una vez llegado a Londres, se suicidó en el lavabo del aeropuerto. Se había disparado un tiro en la boca y tres días después murió en el hospital sin recobrar el conocimiento.
»El motivo de su marcha era plausible: tenía que ir a Londres por encargo de la United Press, de la que había recibido un telegrama para que mantuviera diversas entrevistas en relación con los rumores de un nuevo escándalo en el Parlamento. Emmings era conocido por su valor y carácter equilibrado. Como corresponsal se dirigía siempre a lugares donde estallaban conflictos militares; había estado en Vietnam y anteriormente, tras la capitulación de Japón, como joven reportero en Nagasaki, ciudad sobre la cual escribió un reportaje que le valió una gran popularidad.
»En vista de estos hechos, el ayudante, que seguía con las investigaciones, quería volar a Londres, a Oriente Próximo e incluso a Japón, pero su superior le encargó que interrogase a las personas que habían estado en contacto con Emmings durante su estancia en Nápoles. Estas se reducían al personal del hotel, ya que Emmings solía viajar solo. Nadie había observado nada anormal en su conducta. Únicamente la camarera que arregló la habitación después de su marcha recordó haber visto gotas de sangre en la bañera, y una venda ensangrentada en el suelo del cuarto de baño. Según la autopsia practicada en Londres, Emmings tenía un corte en la muñeca izquierda. Esta herida reciente estaba cubierta por un esparadrapo. De esto se dedujo que Emmings ya intentó suicidarse antes de salir del hotel, cortándose las venas, pero después se vendó y fue al aeropuerto. También había tomado baños sulfurosos y había estado en la playa, además de haber recorrido la bahía en una lancha alquilada. En suma, su comportamiento había sido completamente normal.
»Tres días antes de la fecha crítica había ido a Roma para encontrarse con el agregado de prensa de la embajada americana, antiguo conocido suyo. El agregado declaró que Emmings estaba de muy buen humor, pero que cuando lo acompañó al aeropuerto le llamó la atención que mirase con mucha insistencia por el espejo retrovisor. Le preguntó en broma si se había granjeado enemigos en El Fatah, a lo que Emmings respondió sonriendo que se trataba de una historia muy diferente que no podía confiarle, pero que esto no le apenara porque no tardaría en aparecer en las primeras páginas de los periódicos. Cuatro días después estaba muerto.
»El ayudante requirió la ayuda de otros dos detectives y volvió una vez más al balneario para examinar todos los libros de los últimos años. En casa de los Vittorini le miraban ya con franco desagrado, pues las continuas visitas de la policía perjudicaban el buen nombre del instituto. Pese a ello, los libros se amontonaron uno tras otro sobre la mesa, y al final se encontraron en ellos ocho nuevas pistas.
»Aunque el mecanismo de los acontecimientos continuaba siendo tan incomprensible como antes, el ayudante descubrió que se trataba de hombres de mediana edad, todos extranjeros, cuya vida regular cesaba entre la primera y la segunda semana de su estancia.
»Dos de las pistas resultaron inofensivas. Eran ciudadanos americanos que inesperadamente y por razones personales habían tenido que interrumpir su estancia en Nápoles, uno porque en su empresa se había declarado una huelga y el otro porque debía comparecer ante un tribunal como testigo de cargo contra una empresa constructora que había instalado deficientemente la conducción de agua en un edificio de su propiedad. Por motivos sin importancia, la vista fue fijada para una fecha anterior a la anunciada.
»Las indagaciones en el caso del propietario de la empresa que había estado en huelga se reanudaron al cabo de algún tiempo, pues el hombre ya no vivía y cada muerte era investigada concienzudamente. Sin embargo, al final se recibió de la policía americana la información de que el sujeto había muerto de una embolia dos meses después de su regreso a Estados Unidos. El difunto padecía esclerosis cerebral desde hacía años. La siguiente pista, la tercera, entraba, desde luego, en el terreno criminal, pero no constaba en los autos. El motivo de la repentina desaparición del americano fue su arresto por la policía local, que actuó por encargo de la Interpol y confiscó al detenido una gran cantidad de heroína. El individuo esperaba su proceso en la prisión de Nápoles.
»Así fueron eliminadas tres de las ocho pistas. Otras dos eran dudosas. Una de ellas consistía en un americano de cuarenta años que había acudido a los Vittorini para una cura de aguas, no para baños sulfurosos, y que luego no apareció más por el instituto porque se rompió la columna vertebral mientras practicaba esquí acuático. Por lo visto volaba por el aire con unas alas sujetas a la espalda y remolcado por una lancha motora. A causa de un giro demasiado rápido de la embarcación, el americano se precipitó desde una altura de diez metros. Sus lesiones obligaron a ponerle un corsé de yeso. El piloto de la lancha, también americano, era íntimo amigo del accidentado, pero el caso no fue abandonado definitivamente porque el herido, mientras estaba todavía en el hospital, empezó a tener fiebre muy alta y alucinaciones. El diagnóstico dudaba entre una enfermedad exótica, contraída en los trópicos, y un envenenamiento por ingestión de alimentos en mal estado.
»El siguiente caso dudoso era el de un rentista de casi sesenta años, un italiano con nacionalidad americana que percibía una renta en dólares y se había instalado en su Nápoles natal. Como reumático, tomaba baños sulfurosos, pero los interrumpió de improviso porque los creía perjudiciales para su corazón. Se ahogó en la bañera de su casa siete días después de haber visitado el balneario por última vez. La autopsia reveló que tenía los pulmones llenos de agua y que el corazón le había fallado de repente. El forense no encontró nada sospechoso en este caso, pero las indagaciones conducidas a raíz de las visitas al instituto de los Vittorini lo desenterraron de nuevo. Existían sospechas de que el pensionista no se hubiera ahogado a causa de un fallo cardíaco, sino porque alguien lo mantuviera bajo el agua. La puerta del cuarto de baño no estaba cerrada por dentro.
»Sin embargo, el interrogatorio de los parientes no facilitó ninguna indicación que confirmase esta sospecha, e incluso faltaba un motivo material, ya que la suya era una renta vitalicia.
»Las tres últimas pistas de las ocho originales resultaron ser certeras, ya que condujeron a nuevas víctimas que habían compartido el destino característico de la monótona serie. Eran nuevamente hombres solos y maduros, pero no exclusivamente americanos. Uno de ellos, Ivar Olav Leyge, era un ingeniero de Malmö. El segundo, Karl-Heinz Schimmelreiter, un austríaco de Graz. El tercero se llamaba James Brigg. Se presentaba como escritor, pero en realidad era un guionista que aceptaba cualquier encargo. Había llegado de Washington vía París, donde se puso en contacto con la editorial Olympia Press, especializada en literatura erótica y pornográfica. En Nápoles se alojó en casa de una familia italiana que solo sabía de él lo que les contó a su llegada, es decir, que quería estudiar a “los marginados de la vida”. Ignoraban que Brigg tomaba baños medicinales. La noche del quinto día no regresó a la casa; desapareció sin dejar huella. Antes de avisar a la policía, la familia decidió averiguar la solvencia de su inquilino, abrieron su habitación con una segunda llave y constataron que Brigg se había evaporado con todo su equipaje. Solo quedaba una maleta vacía, y entonces recordaron de improviso que su inquilino salía diariamente con una cartera muy llena y volvía con la misma cartera, pero vacía. Como la familia tenía una reputación intachable y alquilaba la habitación desde hacía mucho tiempo, hubo que dar crédito a sus declaraciones.