La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
»A mediados de mayo aterrizó en Nápoles Herbert Heyne, alemán de nacimiento y ciudadano americano, de cuarenta y nueve años, propietario de una cadena de droguerías en Baltimore. Sufría de asma, se había sometido a tratamiento en diversos sanatorios, y un especialista de pulmón, al encontrar complicaciones reumáticas, le había recomendado baños sulfurosos. Los tomaba en un pequeño instituto próximo a su hotel, en la Piazza Municipale, y comía siempre en el restaurante del hotel, pero al cabo de nueve días armó un escándalo, quejándose del gusto amargo de las comidas. Después de esta escena abandonó el hotel y partió hacia Salerno, donde tomó una habitación en una pensión de la playa y al atardecer decidió ir a bañarse. El conserje intentó disuadirle de ello porque había grandes olas y pronto oscurecería, pero él replicó que no podía ahogarse, ya que tenía que morir del beso de un vampiro, y aún faltaba algún tiempo. Le enseñó el lugar destinado para ese beso mortaclass="underline" la muñeca.
»El conserje, un tirolés, creyó al huésped compatriota suyo, pues la conversación se desarrolló en alemán, y por ello se acercó a la orilla al cabo de un rato y oyó gritar a Heyne. Había un guarda, y el alemán fue sacado del agua; pero como resultó que estaba perturbado —mordió a su rescatador—, lo llevaron en la ambulancia del puesto de socorro al hospital, donde en plena noche se levantó de la cama, rompió el cristal de la ventana y se cortó las arterias. La enfermera de guardia dio la alarma a tiempo y lo salvaron, pero enfermó de pulmonía, de cuyas graves complicaciones, corrientes en un asmático, murió tres días después sin haber recobrado el conocimiento. En el informe se atribuyó el intento de suicidio al shock causado por la lucha contra las olas, que motivó también la pulmonía. En este caso intervino la Interpol dos meses después, ya que el abogado de Heyne en Baltimore recibió una carta, escrita por Heyne antes de su marcha de Nápoles, en la que le pedía que en caso de su muerte repentina avisara a la policía, pues alguien se proponía quitarle la vida. Aparte de la observación de que este “alguien” residía en su mismo hotel, la carta no contenía datos concretos. Había en ella germanismos desconcertantes, pues Heyne, que vivía en Estados Unidos desde hacía veinte años, hablaba un inglés impecable. Esta circunstancia, así como el cambio en la escritura, hicieron dudar al abogado de la autenticidad de la carta, escrita en el papel del hotel, y cuando supo cómo había muerto su cliente, puso el hecho en conocimiento de la policía. El estudio grafológico reveló que la carta era autógrafa, pero había sido escrita con mucho apresuramiento y gran excitación. También en este caso tuvieron que suspenderse las investigaciones.
»El siguiente hombre cuya historia fue reconstruida se llamaba Ian E. Swift, tenía cincuenta y dos años y era igualmente ciudadano americano, aunque de origen inglés. Swift, director de una fábrica de muebles de Boston, llegó a Nápoles por vía marítima en los primeros días de mayo, pagó un tratamiento en el Balneario Adriático y se marchó al cabo de una semana. Al principio se hospedó en Livorno, en uno de los hoteles más baratos de la ciudad, del cual se trasladó al lujoso Excelsior el mismo día en que dejó de acudir al balneario. Las indagaciones que se efectuaron en ambos hoteles parecían referirse a dos hombres enteramente distintos. El Swift a quien recordaban en Livorno escribía su correspondencia comercial en la habitación, vivía en régimen de pensión completa, porque era más barato, y por las noches iba al cine.
»El Swift del Excelsior alquiló un coche con chófer y un detective privado, con el que visitaba los clubs nocturnos, pidió que le cambiaran las sábanas todos los días, se envió flores a sí mismo al hotel, habló con mujeres en la calle, invitándolas a paseos y cenas, y compró en las tiendas todo cuanto tenía a su alcance. Esta vida frívola duró cuatro días. El quinto dejó en recepción una carta para su detective privado. Este, tras haberla leído con asombro, trató de comunicarse con Swift por teléfono, pero él no descolgó el auricular, pese a encontrarse en su habitación. Permaneció en ella todo el día, no comió, encargó la cena, y cuando el camarero se la subió a la habitación, la encontró vacía. Swift le habló desde el cuarto de baño, a través de la puerta entreabierta. Al día siguiente se portó de modo similar, como si no pudiera soportar la vista del camarero. Estas extrañezas continuaban cuando llegó al Excelsior un tal Harold Kahn, antiguo amigo y socio de Ian Swift. Kahn regresaba a Estados Unidos después de una prolongada estancia en Japón. Cuando supo por casualidad que Swift se alojaba en el mismo hotel, fue a verlo a su habitación, y cuarenta y ocho horas más tarde los dos volaban hacia Nueva York en un reactor de la Pan American.
»El caso de Swift fue incluido en la serie, aunque no parecía ser típico, ya que le faltaba el epílogo fatal. No obstante, todo indicaba que Swift debía a Kahn su feliz retorno a la patria. El detective privado declaró que Swift no le había causado una impresión totalmente normal. Le había hablado de sus contactos con la organización terrorista Fuerzas de la Noche, que al parecer pensaba financiar a cambio de protección contra unos matones contratados para asesinarle por sus competidores de Boston. El detective privado tenía que actuar de testigo en las negociaciones y al mismo tiempo protegerlo de posibles atentados. Todo esto sonaba inverosímil, y al principio el detective creyó que el hombre que le había contratado estaba bajo el efecto de una droga. En una carta lacónica, a la que adjuntó un billete de cien dólares, Swift renunció de pronto a los servicios del detective. No decía nada sobre sus perseguidores, aparte de que le habían visitado en el hotel de Livorno, lo cual no correspondía a la verdad, pues allí no había recibido ninguna visita.
»No resultó fácil obtener informaciones de Kahn sobre lo ocurrido en Nápoles entre él y Swift, ya que no existía motivo para mezclar en las pesquisas a la policía americana. Ni Swift ni Kahn habían cometido la menor infracción antes de llegar sin incidentes a Estados Unidos; Swift continuaba dirigiendo su empresa. Sin embargo, la policía italiana abordó a Kahn porque esperaba obtener de él algún pormenor que pudiese aclarar la larga serie de acontecimientos.
»Al principio Kahn se negaba a hablar, y hasta que no se le confiaron parte de las circunstancias del caso y se le garantizó una discreción absoluta, no se mostró dispuesto a hacer una declaración por escrito, la cual constituyó una amarga decepción para las autoridades italianas.
»Swift recibió a Kahn después de asegurarse, a través de la puerta cerrada, de que se trataba efectivamente de él. Con cierta confusión, le habló de las “tonterías” que cometía últimamente porque le habían administrado veneno. Se comportaba con mucha cautela y no abandonaba la habitación por desconfiar del detective contratado; creía que se había pasado “a los otros”. Enseñó a Kahn un trozo de la carta en la que alguien le exigía veinte mil dólares y lo amenazaba con envenenarlo si no los entregaba. Según él, había recibido la carta en Livorno pero no le dio importancia, y esto fue un error por su parte, pues, al día siguiente de expirar el plazo en que debía pagar el rescate, se sintió de pronto tan débil que no pudo abandonar el lecho. Durante medio día le asaltaron alucinaciones y mareos, y esto lo decidió a hacer el equipaje y trasladarse al Excelsior. Sabía que así no se libraría del chantajista, por lo que contrató a un detective, pero no le dijo enseguida para qué lo necesitaba porque quería estudiar más de cerca a este hombre desconocido. Lo puso “a prueba”, llevando el modo de vida ya citado. Estos hechos constituían un conjunto más o menos coherente; el único punto oscuro era por qué permanecía en Nápoles cuando nada lo obligaba a ello. Explicó que los baños sulfurosos aliviaban sus dolores reumáticos y que quería prolongar cuanto fuera posible el tratamiento y sus efectos bienhechores. Al principio este argumento convenció a Kahn, pero, cuando hubo meditado bien todo cuanto Swift le dijera, su historia se le antojó menos verosímil, y sus dudas se incrementaron al escuchar la versión del personal del hotel acerca de la conducta de Swift. Este había ido un poco demasiado lejos cuando empezó a invitar a beber a mujeres de moral dudosa, a fin de poner a prueba al detective que había contratado. Kahn le dijo esto a Swift a la cara. Swift repuso que tenía razón, pero que, como ya le había confesado, actuaba con una gran confusión mental a causa de haber sido envenenado. Kahn pensó, esta vez con una seguridad casi absoluta, que su amigo estaba aquejado de una dolencia psíquica y que era preciso llevarlo cuanto antes a Estados Unidos, y procedió a dar este paso mediante una política de los hechos consumados. Pagó la cuenta del hotel, compró los billetes de avión y no se separó ni un momento de Swift hasta que hubieron hecho las maletas para dirigirse al aeropuerto.