La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Y no pueden. Pero Richard es especial. Posee el don y mi poder no le afecta.
— Me alegro —dijo el capitán, sonriendo al fin—. Me alegro mucho por vos, Madre Confesora.
Kahlan enarcó una ceja.
— Pero si algún día lo conoces, ni se te ocurra decirle nada de esto sobre fingirnos espíritus. Tiene ideas bastante anticuadas. Si supiera que has permitido que vaya por ahí desnuda rodeada por miles de tus hombres, seguramente te cortaría la cabeza.
Kahlan se echó a reír al ver la expresión de alarma en el rostro del capitán.
— Capitán, necesito una espada.
— ¡Una espada! ¿Es que también vais a luchar?
— Capitán, si estoy encima del caballo, desnuda, y un d’haraniano pretende deshonrarme, ¿cómo voy a defenderme si no tengo una espada?
— Oh, sí, entiendo.
El joven se quedó un momento silencioso y tuvo una idea que le iluminó la cara. Entonces desenvainó su propia espada y se la ofreció sujetándola con ambas manos. Era un arma antigua con el diseño de la hoja forjado a la antigua usanza y un grabado al ácido en la caña mostrando unos ondulados pliegues de acero.
— Esta espada me fue entregada por el príncipe Harold cuando fui nombrado oficial. Me dijo que perteneció a su padre, al mismísimo rey Wyborn. Dijo que el rey la había usado una vez en batalla. —Ryan se encogió de hombros con timidez—. Claro que un rey posee muchas espadas y usa muchas de ellas en batalla al menos una vez, por lo que puede decirse que han sido blandidas por un rey en defensa de su reino. De modo que no es que sea valiosa, ni mucho menos. No obstante —añadió, mirándola expectante—, sería un honor para mí que la aceptarais. Es lo justo, pues sois la hija del rey Wyborn. Es posible que posea algún tipo de magia que ayude a proteger vuestra vida.
Kahlan cogió cuidadosamente la espada.
— Gracias, Bradley. Esto significa mucho para mí. Te equivocas; es muy valiosa. La llevaré con honor, pero no me la quedaré. Cuando acabe aquí y parta hacia Aydindril, dentro de un par de días, te la devolveré. Entonces tendrás una espada que ha sido usada no sólo por un rey sino por la Madre Confesora.
El capitán sonrió, encantado con la idea.
— Y ahora, ¿podrías por favor apostar un guardia fuera de esta tienda? Y elige a los espadachines.
Ryan sonrió levemente y la saludó golpeándose el pecho con el puño.
— A vuestras órdenes, Madre Confesora.
Cuando Kahlan entró en la caldeada tienda, el capitán regresaba ya acompañado por tres soldados. Su rostro mostraba un ceño más severo que el que la Confesora había visto jamás en el semblante de un oficial.
— Y mientras la Madre Confesora esté tomando su baño, permaneceréis de espaldas a la tienda sin permitir que nadie se acerque. ¿Entendido?
— Sí, capitán —respondieron al unísono los tres soldados, con los ojos muy abiertos por el asombro.
Dentro, Kahlan dejó la espada apoyada en la cuba, se quitó primero el manto y luego el resto de la ropa. Estaba tan cansada que se sentía mareada y tenía el estómago revuelto. La cabeza le daba tantas vueltas, que tenía que luchar contra accesos de náusea.
La mujer arrastró los dedos por la cal. Era como un maravilloso baño de agua caliente. Pero no era ningún baño. Lentamente se metió dentro de la cuba y se sumergió en el agua blanca y suave como la seda. Sentía como si los senos le flotaran en la lechosa bañera. Durante unos breves minutos extendió los brazos a ambos lados de la cuba, cerró los ojos y se imaginó que estaba dándose un baño de agua caliente. Ojalá fuera un baño. Pero no lo era.
Era algo que debía hacer para salvar unas vidas y destruir otras. Iría de blanco, como era costumbre en la Madre Confesora, pero esta vez no llevaría el vestido.
Kahlan alzó la espada de su padre y mantuvo la empuñadura entre los senos, con la hoja rozándole el cuerpo, contra el abdomen y entre las piernas. Entonces cruzó los tobillos y mantuvo las piernas separadas para evitar cortarse los muslos. Con la otra mano se tapó la nariz, cerró los ojos con fuerza, inspiró hondo y luego se sumergió por completo.
42
Richard y la hermana Verna continuaron a través de un oscuro, húmedo, frío y sofocante túnel de vegetación que ascendía por el camino levemente inclinado. Avanzaban hacia un lejano e inquietante sonido de flautas que sonaba como un zumbido. Las ramas, que no solamente sostenían sus propias hojas sino enredaderas de todo tipo, se enrollaban en espiral tanto por encima como a su alrededor, mientras que tenues cortinas de pálido musgo rellenaban los huecos que quedaban entre los troncos, a ambos lados del camino, e impedían el paso a la luz.
Cierto que a ambos lados se habían levantado muretes, probablemente para tratar de contener tan exuberante crecimiento, pero estaban siendo atrapados lentamente en él, envueltos en la frondosa maraña que avanzaba imparable. De entre las junturas en los bloques de piedra brotaban enredaderas que rodeaban y asfixiaban secciones enteras de muro, en otros puntos sobresalían e impulsaban hacia afuera a alguna ocasional piedra que quedaba colgando en un ángulo imposible, y que solamente la red de tallos impedía que cayera. Era como si esos muros fuesen las presas de un predador lento y pesado.
Solamente una parte de los muros había sido respetada por la vegetación: los cráneos humanos. Estaban colocados sobre los muros, a una distancia de aproximadamente un metro. Cada uno de ellos, totalmente pelado, descansaba sobre su propio cuadrado de piedra cubierta de liquen, como adornos de cuencas vacías y sonrisas descarnadas. Richard ya había perdido la cuenta del número de cráneos.
Ni la curiosidad que sentía, ni el temor que lo embargaba, lograban imponerse a su tenaz silencio. Ella y la Hermana no habían intercambiado ni media palabra desde su última discusión. Richard ni siquiera había dormido en el campamento con ella, sino que había pasado la guardia y el resto de la noche cazando y durmiendo con Gratch. El enojado silencio de la Hermana no podía competir con el del joven. Esta vez Richard no tenía ninguna intención de ser quien tratara de arreglar las cosas. Así pues, ambos se contentaban con evitar mirarse.
El camino se ensanchó y se abrió a la luz del sol. En la distancia se dividía alrededor de una pirámide estriada. Richard frunció el entrecejo, tratando de discernir qué le daba ese color marrón claro moteado con bandas más oscuras que ascendían por ambos lados a intervalos uniformes. Montado sobre Bonnie, calculó que debería de medir tres veces la altura de sus ojos.
Al acercarse más se dio cuenta de que el montículo estaba hecho enteramente con huesos. Huesos humanos. Las partes marrones moteadas eran cráneos, las bandas eran huesos de piernas y brazos dispuestos en capas con la punta hacia afuera. En esa ordenada pila debía de haber decenas de miles de cráneos. Al pasar junto a ella no pudo evitar mirarla fijamente, pero la hermana Verna no pareció darse ni cuenta.
Más allá de la pirámide de huesos, la carretera conducía a la plaza de una oscura y brumosa ciudad enclavada en el corazón del denso bosque. La urbe se alzaba en la llana cumbre de una colina en la que se habían talado todos los árboles, al igual que en los campos en terrazas que habían dejado atrás menos de una hora antes.
Los campos se veían listos para la siembra, con la tierra recién arada y con espantapájaros ya plantados para ahuyentar a las aves cuando la simiente estuviera en la tierra. Pese a hallarse en invierno, la gente de ese lugar sembraba. A Richard se le antojó un milagro.
La vegetación que rodeaba la ciudad se detenía bruscamente a las puertas de la misma, lo cual debería conferirle sensación de espacio, pero sucedía todo lo contrario. Parecía más cerrada y oscura que la encajonada carretera. Los edificios eran estructuras cuadradas con tejados planos, recubiertos de un lúgubre enlucido del color de la corteza de un árbol. Cerca de los tejados y en cada piso, de los muros revocados sobresalían los extremos de los troncos que sostenían la estructura. Las ventanas eran pequeñas, y no más de una se abría en cada muro. Los edificios variaban en altura —los más altos eran de cuatro pisos—, pero la mayoría de ellos tenía forma de bloques irregulares. La única variación de estilo radicaba en la altura.