La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¿Quién viaja en el coche?
— Un anciano matrimonio. Adinerados mercaderes al parecer, o eso dicen ellos. Nos han contado algo sobre árboles frutales.
— ¿Qué les habéis dicho? Espero que nada de nuestro ejército.
El soldado negó con la cabeza con vehemencia.
— Nada de eso, Madre Confesora. Les dijimos que por esta zona corren proscritos y que éramos una pequeña patrulla que los busca. Luego les dijimos que no podrían cruzar el paso sin el permiso de nuestro comandante. Ahora esperan mi regreso.
— Muy bien pensado, Cynric.
— El cochero se llama Ahern. Se mostró belicoso e insistía en seguir adelante, hasta que le obligamos a obedecer a punta de espada. Entonces el viejo salió hecho una furia del coche y nos acusó de ser salteadores de caminos. Blandía el bastón contra nosotros como si pensara que de ese modo podría intimidarnos. Pero cuando lo apuntamos con nuestras flechas, decidió volverse a meter en el coche.
— ¿Cómo se llama?
Cynric se cambió el peso de pierna y se rascó una ceja.
— Robin o Ruben o algo así. Un viejo pendenciero. Ruben. Sí eso es: Ruben Rybnik.
Kahlan suspiró al tiempo que sacudía la cabeza.
— No parecen espías, pero si la Orden Imperial los apresa y saben algo, los d’haranianos los obligarán a cantar. ¿Qué están haciendo en las montañas?
— El viejo nos contó que su esposa está enferma y que la lleva a los sanadores de Nicobarese. A mí me pareció que realmente estaba enferma; tenía los ojos en blanco.
— Bueno, dado que viajan por el camino que conduce al noroeste a través del paso del Jara, supongo que no pasarán cerca de la Orden. —Kahlan se apartó del rostro algunos mechones de su larga melena—. Pero antes de dejarlos ir tengo que hablar con ellos.
Antes de poder dar siquiera tres pasos, el sargento Frost apareció corriendo tras ella.
— ¡Madre Confesora! Las cubas con cal están listas y las tiendas caldeadas.
Kahlan espiró ruidosamente. Su mirada se posó alternativamente en el sargento, en el centinela y en los demás hombres que esperaban pacientemente para hablar con ella o para pedirle instrucciones. Volvió a respirar hondo y dijo:
— Oye, Cynric, no puedo perder una hora de ida y otra de vuelta para hablar con esa gente. Lo siento, pero no puedo.
— Lo comprendo, Madre Confesora. ¿Qué debemos hacer?
La mujer se armó de valor para ordenar:
— Matadlos.
— ¿Matarlos?
— Eso es. No podemos estar seguros de que sean quienes dicen ser, y esto es demasiado importante para preocuparnos por extraños que vayan por ahí. No podemos correr tal riesgo. Que tengan una muerte rápida e indolora.
Dicho esto, se volvió hacia el sargento Frost.
— Pero, Madre Confesora…
Kahlan miró por encima del hombro.
— El conductor, Ahern —explicó Cynric, recogiendo las riendas—, lleva un pase real.
— ¿Un qué? —preguntó Kahlan, ceñuda, mientras se volvía.
— Un medallón que la misma reina Cyrilla le entregó. Dice que Ahern se portó como un héroe durante el sitio de Ebinissia y que, en recompensa por sus servicios, tiene paso franco en toda Galea.
— ¿La reina en persona le entregó el pase?
— Así es. Estoy a vuestras órdenes, Madre Confesora, pero en virtud de ese medallón, Ahern goza de protección real.
Kahlan se frotó el mentón con las yemas de los dedos. Estaba tan cansada que apenas lograba pensar.
— Puesto que lleva un pase otorgado por la reina, debemos respetarlo. —Kahlan señaló con un dedo al centinela y añadió—: Pero dile que se aleje de aquí inmediatamente. Remarca que andan proscritos sueltos, que los estáis buscando y que, si volvéis a verlo a él o a su coche, supondréis que están confabulados con los proscritos y, en ese caso, tenéis órdenes de ejecutarlos enseguida. El camino a Nicobarese se dirige al noreste. Dile que lo siga y no se detenga hasta que esté a mucha distancia de aquí.
Cynric se llevó un puño al corazón, mientras Kahlan cogía del brazo al capitán Ryan y lo conducía a las tiendas que contenían las cubas llenas de cal. A su espalda oyó al centinela alejarse al galope hacia donde habían interceptado a los viajeros. Los demás hombres captaron la indirecta y no los siguieron.
Kahlan se soltó la correa que mantenía el manto cerrado. El termómetro marcaba por encima de cero y las nubes casi habían descendido hasta el suelo. La humedad empapaba el aire.
— Esta tarde caerá la niebla —comentó el capitán—. Esta noche no se podrá ver nada en el paso del valle. Me he criado en estas montañas —explicó ante la interrogadora mirada de la Confesora—. Cuando se produce un deshielo como éste en invierno, la niebla se apodera de los pasos al menos un par de días.
Kahlan contempló las laderas de las montañas que ascendían hacia las grises nubes.
— Será perfecto para lo que tengo en mente. Nos ayudará a aterrorizar al enemigo.
— ¿Vais a decirme ya qué pensáis pintar?
Kahlan lanzó un cansado suspiro.
— He ideado varios planes contra objetivos que debemos destruir. Esta noche tendremos la mejor oportunidad para lograrlo, pues los cogeremos desprevenidos. Después de esta noche ya estarán alerta y no podremos lanzar más ataques sorpresa.
— Lo entiendo, y mis hombres también comprenden la importancia de esto. Lo harán bien.
— No debemos perder de vista cuál es nuestro propósito: matar al enemigo. Esta noche es posible que tengamos la única oportunidad de hacerlo. Debemos aprovecharla.
»¿Con cuántos espadachines contamos?
El capitán repasó los números en su cabeza.
— Casi dos mil. Menos de ochocientos arqueros y el resto son piqueros, lanceros y soldados de caballería, además de todo tipo de artesanos que necesita un ejército, desde conductores a fabricantes de flechas o herreros.
Kahlan asintió para sí.
— Quiero que escojas aproximadamente a mil espadachines, a los más fuertes, más temibles y más impacientes por luchar.
— ¿Y qué hago con ellos?
— Los hombres, vestidos con los uniformes de los centinelas que habrán matado, explorarán el campamento enemigo, regresarán y nos informarán de la localización de los objetivos. Disponemos de hombres suficientes para cumplir las misiones asignadas a esos objetivos.
»Los espadachines servirán nuestro principal objetivo: matar enemigos. Primero se encargarán de los oficiales, si es que no han muerto ya envenenados, y después matarán a tantos hombres como puedan en el menor tiempo posible.
Ya habían llegado a la docena de tiendas montadas muy juntas en semicírculo. Kahlan comprobó cada una de ellas para asegurarse de que estaban equipadas tal como había ordenado. Acabada la comprobación, se quedó de pie fuera de la mayor de ellas y se encaró con el capitán Ryan.
— Bueno, ¿pensáis decirme ahora qué vamos a pintar?
— Sí. Al millar de espadachines.
El joven capitán se quedó atónito.
— ¿Vamos a pintar hombres? Pero ¿por qué?
— Es muy sencillo. Los d’haranianos temen a los espíritus. Temen a los espíritus de los enemigos a los que matan, razón por la cual arrastran los cuerpos de sus camaradas caídos lejos del campo de batalla, como en Ebinissia.
»Esta noche sus temores se harán realidad. Serán atacados por lo que más temen; espíritus.
— Pero se darán cuenta de que somos soldados con uniformes blancos. No se creerán que somos espíritus.
— No llevarán uniforme —replicó Kahlan—. Solamente llevarán su espada pintada de blanco al igual que su cuerpo. Se desnudarán justo antes de lanzar el ataque.