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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Qué? —preguntó un boquiabierto Ryan.

— Quiero que selecciones ahora mismo a los espadachines y los reúnas aquí. Después, que entren en las tiendas, que se quiten la ropa y que se sumerjan en la cal. Una vez encalados, que se queden cerca de las rocas calientes hasta que se sequen. No tardarán mucho. Después pueden volver a vestirse, hasta el momento del ataque.

El capitán Ryan no daba crédito a lo que oía.

— Pero estamos en invierno. Se helarán si no llevan ropa.

— Disfrutamos unos días de bonanza. Además, el frío les recordará que deben atacar rápidamente y retirarse enseguida. No quiero que se eternicen en el campamento de la Orden Imperial. El enemigo no tardará mucho tiempo en recuperarse de la impresión inicial y rechazar a los invasores. Quiero que nuestros hombres ataquen, maten a unos aterrorizados d’haranianos y escapen.

»Como ya he dicho, los d’haranianos tienen miedo de los espíritus. Cuando vean lo que al principio tomarán por su peor pesadilla se quedarán pasmados. Su primer impulso será correr, no luchar. Se muere igualmente con una espada que te atraviese por la espalda o por el pecho. Algunos se quedarán paralizados sin saber qué hacer. E incluso los que se den cuenta de que los invasores son hombres de carne y hueso pintados de blanco y no espíritus, se quedarán unos momentos confundidos.

»Esos pocos segundos de confusión que se producirán cada vez que nos lancemos sobre un nuevo grupo bastarán para arrollarlos. En la batalla, muchas veces, un solo momento de indecisión marca la diferencia entre matar o morir.

»Los espadachines no deben entablar combate. Si los desafían, que corran a atacar a otros. Hay más que suficientes para matar. Sería un error malgastar energías combatiendo en toda regla, si se puede evitar. Nuestro objetivo es simplemente matar soldados. Cuando hayan caído los oficiales, da igual cuantos soldados mueran. No quiero que nuestros hombres luchen, a no ser que se vean obligados; no quiero que arriesguen su vida innecesariamente.

»Las órdenes son: lanzar un ataque relámpago, matar al mayor número posible de enemigos y escapar.

El capitán Ryan frunció el entrecejo, sumido en sus reflexiones.

— Nunca creí que diría esto, pero por descabellada que sea la táctica que sugerís, puede funcionar. A los hombres no les gustará ni pizca, pero acatarán las órdenes. Se lo explicaré y les reconciliaré un poco con la idea.

»Jamás había oído nada igual y estoy seguro de que el enemigo tampoco —prosiguió, esbozando una taimada sonrisa—. Desde luego, les sorprenderá.

Kahlan se sintió aliviada; el capitán se lo había tomado mejor de lo que ella pensaba.

— Bien. Me complace contar con el entusiasmo de un capitán del ejército de Galea y de la Tierra Central.

»Ahora quiero que sumerjas la silla y los arreos de mi caballo en la cal. Y, por favor, aposta algunos guardias fuera de esta tienda mientras yo estoy dentro.

— ¿Vuestra silla? —inquirió el capitán con ojos desorbitados—. No pensaréis… Madre Confesora… No lo diréis en serio.

— Nunca pediría a mis hombres que hicieran algo que yo misma no esté dispuesta a hacer. Necesitan un comandante que los guíe en su primera batalla, y yo seré ese comandante.

El capitán Ryan dio un paso atrás. Estaba horrorizado.

— Pero, Madre Confesora… —objetó, dando nuevamente un paso al frente—… vos sois una mujer, y en modo alguno fea. —Involuntariamente le echó una rápida mirada de la cabeza a los pies—. De hecho sois…, Madre Confesora, perdonadme. —El capitán enmudeció.

— Son soldados con una misión. Hablad claro, capitán.

Ryan enrojeció hasta la punta de los cabellos.

— Son hombres jóvenes, Madre Confesora. Son… Bueno, no podéis esperar que… Son muy jóvenes. —El capitán movía la mandíbula como si tratara de hallar las palabras—. No podrán evitar sentirse excitados. Madre Confesora, os lo ruego. Será terriblemente embarazoso para vos. —Ryan se estremeció, esperando haberse expresado con suficiente claridad.

Kahlan le dirigió una leve sonrisa destinada a tranquilizarlo.

— Capitán, ¿conoces la leyenda de los shahari? —Ryan negó con la cabeza—. Cuando se forjaba la unión de las tribus y las tierras ahora llamadas D’Hara, el método de conquista se asemejaba mucho al que emplea la Orden Imperial; quien no estaba con ellos, estaba contra ellos. Los shahari se negaron a unirse a D’Hara y también se negaron a ser conquistados.

»Lucharon tan ferozmente, que las tropas de D’Hara llegaron a sentir verdadero terror ante ellos, aunque los superaban ampliamente en número. Nada gustaba más a los shahari que luchar. La idea de batirse en el campo de batalla les excitaba tanto, que iban al combate desnudos y, bueno,… físicamente excitados.

Kahlan alzó la vista y vio al capitán mirándola fijamente, boquiabierto.

— Todos los d’haranianos conocen la leyenda de los shahari —prosiguió la mujer—. Y siguen temiéndolos. Si nuestros hombres atacan y… —Kahlan carraspeó—… y eso ocurre, servirá para infundir más miedo a los soldados de la Orden.

»No obstante, no creo que les suceda. Tendrán cosas más importantes en mente, como por ejemplo, evitar que los maten. Y, si a alguno le ocurre, quiero que sepan que me complacerá, porque llenará de temor el corazón de nuestros enemigos.

Por fin el capitán alzó la vista del suelo y dijo, empujando nieve con las botas:

— Perdonadme, Madre Confesora, pero sigue sin gustarme. Os pondréis en peligro por nada.

— Eso no es cierto. Hay otras dos razones importantes por las que debo hacer esto. La primera es que, cuando anoche huí del campamento enemigo, me perseguían unos cincuenta hombres. Los d’haranianos no dudan de que esos hombres me darán caza y me matarán.

— ¿Me estáis diciendo que corren por ahí cincuenta soldados del enemigo, buscándoos? —inquirió el capitán, súbitamente alarmado.

— Ya no. Todos están muertos. Pero sus compañeros no lo saben. Cuando me vean blanca como un espíritu creerán que me mataron, como debería haber sido, y que mi fantasma los ataca. Eso los asustará aún más.

— Todos los cincuenta… —El capitán alzó los ojos hacia ella para preguntar—. ¿Y la segunda razón?

Kahlan se quedó mirándolo fijamente un momento. Cuando habló, lo hizo muy suavemente.

— Cuando los hombres de la Orden Imperial me vean, tanto si me creen un fantasma o una mujer desnuda montada a caballo, clavarán los ojos en mí. Y, mientras me miren, no podrán matar a nuestros hombres. Pero ellos sí. Yo distraeré su atención.

El capitán seguía contemplándola sin abrir boca.

— Estoy dispuesta a sufrir cualquier situación embarazosa si con ello logro salvar la vida de uno solo de nuestros hombres. Debo hacerlo para ayudarlos y evitar que los maten.

El capitán clavó los ojos en el suelo y se metió las manos en los bolsillos.

— Nunca imaginé que la Madre Confesora se preocupara tanto por su gente —susurró—. Nunca imaginé que le importara tanto lo que pueda pasarnos. —Al fin osó levantar la mirada—. ¿Hay algo que pueda decir para disuadiros?

Kahlan sonrió.

— Solamente hay un hombre en todo el mundo capaz de impedírmelo y no eres tú. —La mujer se rió suavemente—. De hecho, si supiera lo que estoy a punto de hacer, me lo prohibiría.

La curiosidad del capitán pudo más que su prudencia.

— ¿Un hombre? ¿Vuestra pareja? —Kahlan negó con la cabeza—. Pues ¿quién va a ser vuestra pareja?

Kahlan suspiró, en modo alguno molesta.

— No. Es el hombre con el que voy a casarme. Al menos, eso espero. Me pidió que me casara con él. —La Confesora sonrió al ver el gesto de confusión que se pintaba en el rostro del capitán—. Se llama Richard y es el Buscador.

El joven capitán, muy tenso, dijo casi sin aliento:

— Perdonadme si me meto donde no me llaman, pero yo creía que las Confesoras usaban su poder… bueno, que su magia… que no creía que pudieran… casarse.

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