La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Prindin, te dije que te aseguraras de que los mataban a todos. ¿Por qué no has obedecido?
Prindin se encogió de hombros, con timidez.
— Todos estaban de acuerdo en hacer esto. El capitán les ordenó que mataran a todos los demás, pero que te llevaran a éste. De haberlo sabido cuando nos marchamos, te habría avisado. Eran doscientos hombres a pie y otro centenar a caballo. Como ya te he dicho, todos estaban de acuerdo, y yo no creí que pudiera impedirlo, excepto matándolo yo mismo. Pero me di cuenta de que me jugaba la vida y si moría no podría estar cerca de ti para protegerte. Además, sabía que tenías razón y me pareció una buena idea darles una lección.
— ¿Escapó alguno?
— No. Me sorprendió un poco que hicieran tan buen trabajo. Son buenos soldados. Era una misión dura, que les rompió el corazón, pero la cumplieron bien. Ninguno escapó.
Kahlan lanzó un largo suspiro.
— Lo entiendo, Prindin. Te comportaste correctamente. —Entonces lanzó una mirada de soslayo a Chandalen y agregó—: Chandalen también estará satisfecho. —Era una orden.
Prindin esbozó una tensa sonrisa, aliviado. El capitán Ryan fue el siguiente en sentir la furiosa mirada de Kahlan posada en él.
— ¿Satisfecho?
El joven capitán, tenso, pálido y con los ojos muy abiertos, respondió:
— Sí, Madre Confesora.
— ¿Estáis todos satisfechos ahora? —preguntó Kahlan, incluyendo en la mirada a todos los hombres congregados.
Por si acaso alguno de ellos no le tenía antes un miedo cerval, ahora ya no quedaba ninguno. Si una ramita se hubiera quebrado de repente, seguramente todos habrían salido en desbandada hacia las montañas, como conejos asustados. Probablemente ésa había sido la primera vez que habían visto una demostración de magia, y no había sido una magia hermosa, sino sobrecogedora y desagradable.
— ¿Madre Confesora? —susurró el capitán Ryan. Conservaba un brazo extendido, ofreciéndole el cuchillo—. ¿Cuál será mi castigo por desobedeceros?
La mujer escrutó su lívido semblante.
— Ninguno —respondió—. Éste es vuestro primer día en la guerra contra la Orden Imperial. La mayoría de vosotros no comprendía la necesidad de lo que ordené hacer. Es la primera vez que lucháis en una guerra. Me basta con saber que habéis aprendido algo. No habrá represalias.
El capitán tragó saliva.
— Gracias, Madre Confesora. —Con mano temblorosa, guardó de nuevo el cuchillo en su vaina. Entonces señaló el cuerpo sin vida a los pies de la Confesora y explicó—: Crecimos juntos. Vivíamos junto al mismo camino, a poco más de un kilómetro de distancia uno del otro. Solíamos pasarnos el día cazando y pescando juntos. Nos ayudábamos en las tareas. Siempre acudíamos juntos a las celebraciones con nuestros mejores abrigos, del mismo color. Siempre…
— Lo siento, Bradley. Lo único que cura el dolor de una traición o una pérdida es el tiempo. Como ya os dije, la guerra no es justa. Si no fuera por la Orden Imperial, seguramente en estos momentos estarías pescando con tu amigo. Culpa a la Orden y véngalo como una víctima más.
El joven asintió.
— Madre Confesora, ¿qué habríais hecho si os hubierais equivocado? ¿Qué habríais hecho si Mosle no hubiera decidido pasarse al enemigo?
Kahlan lo miró hasta que el capitán alzó los ojos y sus miradas se encontraron.
— Probablemente habría aceptado el cuchillo que me ofrecías y te habría matado.
La Confesora apartó la mirada de la expresión vacua del capitán y puso una mano en el hombro del hombre que tenía al lado.
— Teniente Hobson, sé que te encomendé una misión muy difícil. Prindin me informa de que la cumpliste a la perfección.
El joven teniente parecía a punto de deshacerse en lágrimas, pero logró erguir la espalda con orgullo. Kahlan se dio cuenta de que aún era un muchacho imberbe.
— Gracias, Madre Confesora.
— Todos tenéis trabajo que hacer. ¿Me equivoco? —espetó Kahlan a los centenares de hombres congregados a su alrededor.
Fue como si despertaran de un sueño. Todos se movieron a una, primero lentamente y luego cada vez con más premura.
Hobson la saludó llevándose un puño al corazón, tras lo cual se marchó a atender otros asuntos. Los soldados que custodiaban a Mosle alzaron el cuerpo y se lo llevaron. Otros se dirigieron hacia Chandalen y los dos hermanos en busca de instrucciones. Kahlan se quedó sola con el capitán Ryan, observando cómo todo el mundo se ponía manos a la obra.
Sentía las piernas flojas y sin fuerzas, como cuerdas de arco que alguien se hubiera olvidado fuera, bajo la lluvia, toda la noche. Para una Confesora usar su poder cuando se encontraba descansada y alerta era agotador. Pero usarlo cuando ya estaba cansada era peligrosamente extenuante. Apenas lograba mantenerse en pie.
Aún estaba muerta de cansancio por haber cabalgado toda la noche, primero al campamento enemigo y luego de vuelta, por no hablar de la lucha. Necesitaba más descanso, y los beneficios de su breve siesta se habían esfumado tras usar su poder. Había utilizado las pocas fuerzas que le quedaban en algo que debería haber sido innecesario.
Tal vez era por el frío y por viajar en condiciones tan difíciles, pero últimamente se sentía más cansada de lo habitual. Quizá debería pedirle a Prindin que le preparara más té.
— ¿Puedo hablar con vos un momento, Madre Confesora? —preguntó el joven capitán.
— Pues claro. ¿Qué ocurre?
El capitán se abrió el abrigo de lana que llevaba desabrochado y embutió las manos en los bolsillos de atrás. Sus ojos se posaron en unos hombres que llenaban odres con agua.
— Sólo quería deciros que lo lamento mucho. Yo estaba equivocado.
— No pasa nada, Bradley Mosle era un amigo y cuesta pensar mal de un amigo. Lo entiendo.
— No, no es eso. Mi padre siempre me decía que, en este mundo nuestro, un hombre tiene que admitir sus errores antes de poder hacer las cosas como es debido. —Ryan arrastró los pies y miró en torno antes de poder fijar sus ojos azules en Kahlan—. Mi error fue creer que queríais ver a Mosle muerto porque se negó a seguiros. Cometí un error y lo siento. Siento haber pensado eso de vos. Vos tratabais de protegernos, aun a sabiendas de que os odiaríamos por ello. Bueno, pues yo no os odio y espero que vos tampoco me odiéis a mí. Será un honor seguiros en esta batalla. Espero un día ser la mitad de sabio que vos y tener tantos arrestos como vos para usar esa sabiduría.
Kahlan lanzó un quedo suspiro.
— Apenas soy mayor que tú, pero me haces sentir como una anciana. Me alegra que lo entiendas. Es un alivio en medio de tanto dolor. Eres un buen oficial Bradley Ryan y harás lo que es debido.
— Me alegro de que hayamos hecho las paces —declaró el capitán con una sonrisa.
Un hombre no osaba acercarse, y Ryan le indicó con gestos que lo hiciera.
— ¿Qué hay, sargento Frost?
El sargento saludó llevándose el puño al corazón.
— Los hombres que enviamos han encontrado en un granero abandonado algo de creta triturada y otras cosas necesarias para preparar cal. Tenemos también cubas de madera en las que hacer la mezcla. Dijisteis que lo hiciéramos en recipientes muy grandes. Son lo suficientemente grandes para bañarse en ellas.
— ¿Cuántas cubas tenéis? —inquirió Kahlan.
— Una docena, Madre Confesora.
— Reunidlas y montad una tienda alrededor de cada una de ellas. Usad las más grandes que tengáis, aunque sean las tiendas de los oficiales. Preparad la cal con agua caliente y poned dentro de las tiendas las piedras calientes para mantener una temperatura caldeada en el interior. Cuando esté todo listo, avisadme.
El sargento se tragó las preguntas que era evidente que se formulaba, saludó y corrió a cumplir las órdenes.
El capitán Ryan la miró con curiosidad.