La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»Ya te he dado las órdenes. Cúmplelas.
El capitán Ryan temblaba de rabia.
— Jamás os perdonaré por esto.
— Ya lo sé. Cumple las órdenes, capitán. Me da igual si me odias. Lo único que me importa es que sigas con vida.
Ryan apretó los dientes en señal de muda frustración.
— Capitán —añadió Kahlan, con una mano posada ya en la solapa de la tienda—, estoy tan cansada que apenas puedo tenerme en pie. Necesito dormir unas horas. Quiero un guardia apostado alrededor de la tienda mientras duermo.
— ¿Y cómo estaréis segura de que no es un enemigo? —replicó el capitán, fulminándola con la mirada—. Podría mataros mientras dormís.
— Es una posibilidad. Pero, si eso ocurre, uno de estos tres hombres vengará mi muerte.
El capitán Ryan se estremeció y lanzó un vistazo a los tres hombres barro. Estaba tan furioso que se había olvidado de su existencia.
Chandalen enarcó una ceja y le dijo:
— Antes de matarlo le pondré palitos en los ojos para mantenerlos abiertos y que vea qué le hago.
El teniente llegó a todo correr llevando un cuenco en las manos.
— Madre Confesora, os traigo un poco de estofado. Me pareció que os iría bien comer algo caliente.
Kahlan se esforzó por sonreírle.
— Gracias, teniente, pero estoy tan cansada que sería incapaz de retenerlo en el estómago. Por favor, guárdamelo caliente hasta que haya descansado.
— Por supuesto, Madre Confesora.
La furibunda mirada del capitán Ryan se posó en su risueño teniente.
— Hobson, tengo una misión para ti.
— Despertadme dentro de dos horas. Mientras tanto todos tenéis suficientes cosas que hacer.
Con estas palabras abrió la solapa y se metió en la tienda. Casi se desplomó sobre el catre, se cubrió las piernas con una manta y se tapó la cabeza con el manto de piel para que la luz no la molestara. En ese pequeño refugio oscuro empezó a temblar.
En esos momentos habría dado su vida porque Richard la abrazara sólo unos minutos.
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Estaba besando a Richard y estrechándolo con fuerza entre sus brazos. En su mente sólo tenía cabida un sentimiento de paz y dicha. De pronto, unos gritos la sobresaltaron. Richard desapareció. Sus brazos, pesados, estaban vacíos.
Kahlan se incorporó y apartó la manta. Por un momento se sintió al borde del pánico; no recordaba dónde estaba. Cuando lo recordó tuvo ganas de vomitar.
Ojalá pudiera darse un baño con agua caliente. Ya ni recordaba la última vez. Se estaba frotando los ojos cuando el capitán Ryan asomó la cabeza dentro de la tienda.
— ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto he dormido? —farfulló Kahlan, arrojando lejos de sí la manta.
— Un par de horas, más o menos. Hay alguien ahí fuera que quiere veros.
Delante de la tienda esperaba un grupo de hombres con el rostro ceniciento. Uno de ellos era el teniente Hobson. Custodiaban a Mosle, atado y amordazado, al que dos soldados sujetaban por los brazos. Mosle miraba a todas partes, aterrorizado. Trató de gritar algo, pero la mordaza se lo impidió.
Kahlan fulminó con la mirada al capitán Ryan.
Éste aguantó con un pulgar enganchado en el cinturón.
— Madre Confesora, puesto que Mosle os ha ofendido personalmente, creí que os gustaría ejecutarlo vos misma. —Con estas palabras le tendió su propio cuchillo, ofreciéndole el mango.
Kahlan, sin hacer caso del cuchillo, ordenó a los soldados que lo sujetaban:
— Liberadlo y apartaos.
Se sentía como si aún estuviera durmiendo y soñara. Pero estaba despierta. No tenía elección.
Cuando los soldados se apartaron, la Confesora agarró a Mosle por un brazo. Éste se quedó un instante paralizado por el miedo y luego trató de retroceder.
Pero no tenía tiempo para escapar. Kahlan lo tocaba. Ya era suyo. La sensación de somnolencia se desvaneció en un torbellino, absorbido por su poder. Kahlan no pensó en lo que iba a hacer; no tenía elección. Se había comprometido en esa causa y se entregó a ella.
Los ruidos del campamento —el repiqueteo de los arreos, las cajas de madera que eran arrastradas sobre los carros, el sonido de otras cajas que se abrían haciendo palanca, el chirrido de las ruedas, el relincho de los caballos, miles de pisadas, hombres hablando, el repiqueteo de las pezuñas de caballos, el sonido de acero al ser afilado, el crepitar del fuego y los latidos de su propio corazón—, todo fue engullido por el silencio.
En ese silencio de su mente el poder lo invadió todo. Kahlan sintió cómo los músculos de Mosle se tensaban bajo su mano. Pero el hombre no tenía ninguna posibilidad. Era suyo.
En el silencio, en la quietud, en la paz de su mente hizo lo que tantas veces antes había hecho: liberó su poder y descargó su magia en el hombre que tenía delante.
Hubo una violenta sacudida en el aire cuando penetró bruscamente en él. Un trueno silencioso. Un anillo de nieve a su alrededor se alzó en una nube que rodó sobre sí misma hasta que al fin volvió a posarse en el suelo.
Mosle, que ya no era quien había sido, se arrodilló ante ella sobre la húmeda nieve. Tenía la frente surcada por arrugas de pánico, pues debido a la mordaza no podría suplicarle que le ordenara algo. El hombre sorbía aire por la nariz tratando de respirar, invadido por el terror de contrariarla. A su alrededor el campamento había quedado sumido en un asombrado silencio. Todos los ojos estaban posados en la Confesora. Kahlan le sacó la mordaza de la boca. Los ojos de Mosle se llenaron de lágrimas de alivio.
— Mi ama —susurró con voz ronca—. Por favor, ama, pedidme lo que sea. Por favor, decidme qué puedo hacer para serviros.
Cientos de rostros atónitos y turbados la miraban. Kahlan, que exhibía su rostro de Confesora, bajó la vista hasta el hombre arrodillado delante de ella.
— William, me complacería mucho que me contaras la verdad de lo que pensabas hacer después de abandonar el campamento.
Mosle se esponjó de gozo. Más lágrimas le corrieron por las mejillas y, de no haber sido porque tenía las manos atadas a la espalda, se habría aferrado a las piernas de Kahlan en signo de gratitud.
— Oh sí, mi ama, permitid que os lo cuente todo.
— Habla.
Mosle barbotó apresuradamente:
— Me dirigía al campamento de esos otros hombres, a los que vos llamasteis Orden Imperial, para unirme a ellos. E iba a llevar a todos mis hombres allí. Les iba a revelar la presencia de los reclutas de Galea y todos vuestros planes, para así congraciarnos con ellos y que nos aceptaran. Creí que tenían más posibilidades de ganar que vos y, como no deseaba morir, iba a unirme a ellos. Creí que les complacería si les llevaba hombres para aumentar sus filas. Creí que les complacería que los ayudáramos a aplastaros.
De repente, prorrumpió en sollozos.
— Oh, por favor, ama, perdonadme. Mi intención era perjudicaros; quería que esos hombres os mataran. Por favor, ama, siento mucho haberos querido mal. Por favor, ama, decidme cómo podréis perdonarme. Haré cualquier cosa. Os lo suplico. Ordenad, y obedeceré. Por favor, mi ama, ¿qué deseáis de mí?
— Deseo que mueras —susurró Kahlan en el gélido silencio—. Ahora mismo.
William Mosle cayó aovillado hacia adelante, contra las botas de la mujer y se sacudió en unas terribles convulsiones. Después de unos largos y angustiosos momentos, exhaló el último aliento y se quedó inmóvil.
La mirada de Kahlan se posó en el atónito capitán Ryan y en Prindin, de pie detrás de un ceniciento teniente Hobson. Chandalen también miraba ferozmente a su compatriota. Kahlan dijo en el idioma de la gente barro: