El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Tomó papel, pluma y tinta, y se dispuso a escribir a Lucio Apuleyo Saturnino.
Os habréis vengado, Lucio Apuleyo, pero recordad que fui yo quien hizo posible que sobrevivieseis hasta poder resarciros. Aún me estáis obligado, y yo espero de vos una clientela leal.
No supongáis que no puedo acudir a Roma. Aún puede presentarse la oportunidad. O, cuando menos, quiero que actuéis como si efectivamente, fuese a presentarme en Roma. Así que aquí está lo que quiero. La necesidad más inmediata es posponer las elecciones consulares, una tarea que vos y Cayo Norbano, como tribunos de la plebe, sois bien capaces de llevar a cabo. Lo haréis con todo entusiasmo, dedicando a ello todas vuestras energías. Después, espero que sepáis utilizar ese cerebro de que gozáis para aprovechar la primera oportunidad que os permita presionar al Senado y al pueblo para que me llamen a Roma.
Iré a Roma, no lo dudéis. Así que, si queréis elevaros mucho más en el tribunado del pueblo, os interesa seguir siendo el instrumento de Cayo Mario.
Y a finales de noviembre un viento del este trajo a Cayo Mario el inesperado beso de la diosa Fortuna, en forma de una segunda carta de Saturnino, que llegó por mar dos días antes de que el correo del Senado con los despachos alcanzase Glanum. Decía Saturnino, muy humilde:
No dudo de que vendréis a Roma. Al mismo día siguiente al recibo de vuestra aleccionadora nota, vuestro estimado colega Lucio Aurelio Orestes, segundo cónsul, murió de repente. Y, aun a riesgo de sufrir vuestras censuras, aproveché la oportunidad para forzar al Senado a que os llamase. No era ése el plan trazado por los padres de la patria, quienes mediante el portavoz de la cámara recomendaron que los padres conscriptos eligiesen un cónsul suffectus para ocupar la silla dejada vacante por Orestes. Pero, ¡oh sorprendente suerte!, el día anterior Escauro habia pronunciado un largo discurso en la cámara diciendo que vuestra presencia en la Galia Transalpina era una afrenta a la credulidad de todos los varones honrados y que habíais fabricado el pánico a los germanos para haceros elegir como auténtico dictador. Por supuesto, nada más morir Orestes, Escauro cambió de tonada completamente: la cámara no osaría llamaros a ejercer las funciones electorales teniendo Italia encima la amenaza germana, y, por consiguiente, la cámara debía nombrar un cónsul suplente para no interrumpir las elecciones.
Como no he tenido tiempo de comenzar a valerme del cargo de tribuno para posponer las elecciones, creo que ya es innecesario. En lugar de eso, me levanté en la cámara y pronuncié un sagaz discurso para que nuestro estimado príncipe del Senado pudiera interpretarlo de dos maneras. O hay una amenaza germana o no la hay. Y decidí aceptar su discurso del día anterior como su sincera opinión: no había amenaza germana. Por consiguiente, no había necesidad de ocupar la silla de marfil del finado cónsul con un suffectus. No, dije, hay que llamar a Cayo Mario y que Cayo Mario lleve a cabo la tarea para la que ha sido elegido. No necesitaba acusar a Escauro de modificar su punto de vista en el segundo discurso para acomodarse a las circunstancias. Todos lo entendieron.
Espero que ésta llegue antes que el correo oficial. La época del año favorece la ruta marítima, aunque, naturalmente, podríais deducir perfectamente los acontecimientos leyendo los comunicados del Senado. Pero si consigo que mi carta llegue antes que ellos, tendréis algo más de tiempo para planificar vuestra campaña en Roma. He comenzado a mover las cosas entre los electores, naturalmente, y cuando lleguéis a Roma dispondréis de una delegación de los más respetables dirigentes del pueblo que os rogará que os presentéis a las elecciones de cónsul.
– ¡Nos marchamos! -dijo Mario, eufórico, a Sila, entregándole la carta de Saturnino-. Recoge tus cosas, no hay tiempo que perder. Vas a testificar ante la cámara que los germanos van a invadir Italia por tres frentes distintos el año que viene en otoño, y yo diré a los electores que soy el único capaz de detenerlos.
– ¿Hasta dónde llego? -inquirió Sila, sorprendido.
– Hasta donde tengas que hacerlo. Yo iniciaré el asunto y expondré lo que hemos descubierto. Y tú lo corroborarás, pero no de un modo que des a entender a la cámara que has vivido como un bárbaro -respondió Mario con gesto de tristeza-. Hay cosas, Lucio Cornelio, que es mejor no decirlas. Ellos no te conocen lo suficiente para entender la clase de hombre que eres. No les digas cosas que puedan utilizar contra ti más adelante. Eres un patricio romano; déjalos que crean que tus audaces hazañas las hiciste como patricio romano.
– ¡Es de todo punto imposible andar entre los germanos vestido de patricio romano! -replicó Sila meneando la cabeza.
– Ellos no lo saben -replicó Mario con una sonrisa-. cRecuerdas lo que decía Publio Rutilio en su carta? Los generales de salón de los bancos de atrás, los llamaba. Pues, igualmente, son espías de salón y serían incapaces de conocer las reglas del espionaje aunque las tuvieran delante de las narices -añadió con una carcajada-. En realidad, ojalá te hubiese dicho que te dejases un poco más el bigote y el pelo largo. Te habría vestido de germano y te habría paseado por el Foro. Y sabes lo que habría sucedido, ¿no?
– Que nadie me habría reconocido -respondió Sila con un suspiro.
– Exacto. Así que no sometas a esfuerzo innecesario su imaginación romana. Yo tomaré la palabra primero y tú continúas -dijo Mario.
Para Sila, Roma no ofrecía ese vigor político o esa calidez doméstica que representaban para Mario. Pese al brillante desempeño de su cargo de cuestor con Mario y su no menos brillante carrera de espía, también a las órdenes de Mario, no era más que uno de los nuevos senadores jóvenes con futuro que actuaban ensombrecidos por el primer hombre de Roma. Y su carrera política para el porvenir tampoco marchaba lo bastante aprisa, sobre todo teniendo en cuenta su tardía incorporación al Senado; era un patricio, y, por consiguiente, no podía ser tribuno de la plebe, no tenía dinero para aspirar a una silla curul y no llevaba suficiente tiempo en el Senado para poder ser pretor. Era el aspecto político de las cosas. En su casa se encontró con un ambiente amargo e irritante, perturbado aún más por una esposa que bebía en exceso y no se ocupaba de los niños, y por una suegra que sentía por él la misma repulsa que por su propia situación. Esa era la faceta doméstica.
Sí, el ambiente político mejoraría para él; no estaba tan deprimido como para no verlo, pero el clima del hogar tenía necesariamente que empeorar. Y lo que más arduo le resultaba en su estancia en Roma era el cambio de vida de estilo germano al romano. Durante casi un año había vivido con Germana en un medio más ajeno aún a su mundo aristocrático que el de los viejos tiempos de lupanar del Subura. Y Germana era su solaz, su fortaleza, su punto normal de referencia en aquella extraña sociedad bárbara.
No le había sido difícil agarrarse a la cola de la cometa cimbra, porque él era un guerrero valiente y fuerte, y, además, era un guerrero que sabía pensar. En valentía y fortaleza física le aventajaban muchos germanos; pero ellos eran un metal sin aleación, y él poseía el temple final en el que la astucia se unía al valor y era tan escurridizo como fuerte. Sila era el muchacho frente al gigante, el hombre que, para destacar en el combate armado, no disponía de otro medio que el de pensar. Por eso había destacado en seguida en el campo de batalla contra las tribus de los Pirineos de Hispania, siendo aceptado en la hermandad de guerreros.
Luego, él y Sertorio habían acordado que si tenían que integrarse en aquel extraño mundo con posibilidades de acceder a los planes de los germanos (como habían hecho), tenían que ser algo más que soldados útiles. Tendrían que crearse un núcleo en la vida tribal. Por eso se habían separado para integrarse en tribus distintas y habían elegido esposa entre las viudas recientes.