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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Pese a todo, las palabras no matarían a aquella romana fuerte y nerviosa; así que podía usar palabras.

– Descuidas a los niños -dijo-. Por eso traje a tu madre para que viviese aquí.

Ella contuvo un grito, llevándose las manos a la garganta aparatosamente.

– ¡Oh! ¿Pero cómo te atreves? ¡Nunca he descuidado a los niños!

– No digas tonterías. Siempre te han importado un bledo -replicó él con la misma voz cansada que había adoptado desde que había entrado en aquel hogar de infortunio-. A tí lo único que te preocupa, Julilla, es una jarra de vino.

– ¿Y quién puede reprochármelo? -espetó ella bajando las manos-. ¿Quién puede honradamente reprochármelo? ¡Si estoy casada con un hombre que no me quiere, a quien no se le empina cuando estamos en la cama, aunque me la meta en la boca y la lama y la chupe hasta que se me desencajen las mandíbulas!

– Si vamos a ser tan explícitos, ¿quieres hacer el favor de cerrar la puerta? -dijo él.

– ¿Por qué? ¿Para que los utilísimos sirvientes no lo oigan? ¡Qué asqueroso hipócrita eres, Sila! ¿Y de quién es la vergüenza, tuya o mía? ¿Por qué nunca es tuya? ¡Tu fama amatoria está lo bastante difundida en la ciudad para que esa lamentable carencia conmigo sea calificada de impotencia! ¡Sólo soy yo a quien no quieres! ¡A tu esposa! ¡Ni siquiera se me ha ocurrido mirar a otro hombre! ¿Y, en cambio, qué es lo que gano? ¡Te pasas dos años lejos y ni siquiera se te levanta cuando me convierto en irrumator! -Lo había escupido con sus grandes ojos amarillos y hundidos bañados en lágrimas-. ¿Qué he hecho yo? ¿Por qué no me quieres? ¿Por qué no me deseas? ¡Oh, Sila, mírame con ojos amorosos, tócame con manos amorosas y no volveré a necesitar un trago de vino en mi vida! ¿Cómo voy a poder amarte como te amo si no recibo a cambio ni una chispa de amor?

– Quizá eso sea parte del problema -dijo él con distanciamiento clínico-. No me gusta que me amen con exceso. No está bien. En realidad, es insano.

– ¡Pues dime qué debo hacer para dejar de amarte! -replicó ella llorando-. ¡Yo no lo sé. ¿Tú crees que puedo? ¡Dímelo, y en menos de lo que tarda una chispa en prender en la yesca dejaré de amarte! ¡Ojalá pudiera! ¡Ansío dejar de amarte! Pero no puedo. Te quiero más que a mí misma.

Sila lanzó un suspiro.

– Tal vez la solución esté en que seas mayor de una vez. Pareces una adolescente. Sigues teniendo dieciséis años fisica y mentalmente. Pero ya no los tienes, Julilla. Tienes veinticuatro años. Eres madre de una hija de cinco y de un niño de cuatro.

– Quizá a los dieciséis años fue la última vez en que fui feliz -replicó ella, restregándose las mojadas mejillas con la palma de la mano.

– Si no has sido feliz desde los dieciséis años, dificilmente me lo puedes reprochar a mí-dijo Sila.

– Tú nunca tienes la culpa de nada, ¿verdad?

– Eso es una verdad como un templo -replicó él con ínfulas de superioridad.

– ¿Y con otras mujeres?

– ¿Qué pasa con otras mujeres?

– Es muy posible que uno de los motivos para que no hayas mostrado ningún interés por mí desde que has vuelto sea que tienes una mujer escondida en la Galia…

– No es una mujer -replicó él sin alterar la voz-, es mi esposa. Y no está en la Galia, sino en Germania.

– ¿Una esposa? -dijo ella, boquiabierta.

– Sí, eso es; con arreglo a las costumbres germanas. Y con unos mellizos de unos cuatro meses -añadió cerrando los ojos para que ella no advirtiese su pena-. Los echo mucho de menos. ¿No es curioso?

Julilla consiguió cerrar la boca y tragar saliva convulsivamente.

– ¿Tan hermosa es? -inquirió en un susurro.

– ¿Hermosa? -repitió Sila, abriendo los ojos, sorprendido-. ¿Germana? ¡No, en absoluto! Es regordeta y tiene treinta años. No es ni mucho menos tan hermosa como tú. Ni siquiera tan rubia, y ni siquiera es la hija de un jefe, y menos de un rey. Es una simple bárbara.

– ¿Por qué has hecho eso?

– No sé -respondió Sila, meneando la cabeza-. Supongo que porque me gustaba mucho.

– ¿Y qué tiene ella que no tenga yo?

– Un buen par de pechos -contestó Sila, encogiéndose de hombros-; aunque a mí no me enloquecen los pechos, así que no debe ser eso. Era muy trabajadora y nunca se quejaba; nunca esperaba nada de mi… No, no es eso; mejor digamos que nunca esperaba que fuese quien no soy -añadió, sonriendo complacido-. Sí, creo que debe de ser eso. Ella era muy suya y nunca me abrumaba con su persona. Tú eres un preso encadenado a mi cuello, y Germana era como dos cordeles atados a mis pies.

Sin decir palabra, Julilla le dio la espalda y salió del despacho. Sila se levantó, fue hasta la puerta y la cerró.

Pero no había transcurrido tiempo suficiente para que reanudara sus garabatos -ya que aquella mañana era incapaz de escribir con lógica-, cuando la puerta volvió a abrirse.

El criado asomó la cabeza, haciendo una magistral imitación de una figura inanimada.

– ¿Qué hay?

– Un visitante, Lucio Cornelio. ¿Estais en casa?

– ¿Quién es?

– Dominus, de saberlo os habría dicho su nombre -replicó el criado, hierático-, pero simplemente me ha dicho que os dijera lo siguiente: "Saludos de Scilax."

El rostro de Sila se iluminó, esbozando una sonrisa de complacencia. ¡Uno de los viejos tiempos! ¡Uno de los suyos, de los comediantes y actores que frecuentaba! ¡Estupendo! Aquel bobo de criado que había contratado Julilla no sabía nada, claro que no. Los esclavos de Clitumna no eran lo bastante buenos para ella.

– ¡Hazle pasar!

Él sí que habría sabido de quién se trataba, en cualquier momento. Sin embargo, ¡cómo había cambiado! Se había hecho un hombre.

– Metrobio -dijo Sila, poniéndose en pie y mirando de reojo a la puerta para asegurarse de que estaba cerrada. Pero las ventanas estaban abiertas; no importaba, porque en aquella casa existía la regla inflexible de que nadie se parase en la columnata en ningún sitio desde el que pudiera verse su despacho.

Debía de tener unos veintidós años, pensó Sila. Bastante alto para ser griego. Había cortado su larga melena de rizos, dejándose una escueta cofia varonil, y en las mejillas y mentón, otrora blancos como la leche, apuntaba una tonalidad azulada, indicio de una barba cerrada muy bien afeitada. Conservaba aquel perfil de Apolo praxiteliano y algo de aquella placidez ambigua; era como una vívida estatua de mármol pintado capaz de bajar del pedestal y echar a andar. Pero permanecía quieto, recogido, ensimismado y guardando el secreto de su misterio y sus orígenes.

Pero hubo un momento en que el marmóreo dominio de aquella belleza perfecta cedió: Metrobio miró a Sila lleno de amor y abrió sonriente los brazos.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Sila y un temblor movió su boca. Ni se dio cuenta de que su cadera tropezaba con el escritorio al dar la vuelta; se lanzó a los brazos de Metrobio como a una rada, hundiendo el rostro en su hombro y rodeándole a su vez. El beso que se produjo fue exquisito, un beso de corazones afines y adultos, un acto de fe innata, sin ningún matiz doloroso.

– ¡Muchacho, mi hermoso muchacho! -exclamó Sila, llorando de gratitud porque algunas cosas no hubiesen cambiado.

Julilla permanecía junto a la ventana abierta del despacho de Sila, mirando cómo su esposo se echaba en brazos del joven; los vio besarse, oyó las amorosas palabras que se decían, vio cómo se dirigían al diván para sentarse e iniciar los escarceos íntimos de una antigua relación tan satisfactoria para ambos, que era como un ansiado regreso. No necesitaba que le explicasen que aquello era el motivo real del desdén de su esposo; y de su afición al vino y su inconsciente venganza desocupándose de sus hijos. Los hijos de su esposo.

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