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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Entonces, ¿es que se encaminaban al mar Euxino? -inquirió Mario.

– Eso parece -respondió Sila-. Pero los boyos les cortaron el paso hacia la cuenca norte de Dacia y se vieron obligados a seguir el curso del Danubius por la región en que ese río tuerce bruscamente hacia el sur en Panonia.

– Los boyos son celtas -dijo Mario, pensativo-. Y tengo entendido que celtas y germanos no se mezclan.

– No, claro que no. Pero lo interesante es que en ninguno de los sitios en que los germanos decidieron asentarse lucharon por hacerse con la tierra. Al menor signo de resistencia por parte de las tribus locales, reemprendían la marcha. Luego, en una zona cercana a la confluencia del Danubius con el Tisia y el Savus, se estrellaron con otro muro de celtas, esta vez de escordiscos.

– ¡Nuestros enemigos los escordiscos! -exclamó Mario, sonriente-. Bueno, ¿no es consolador saber que nosotros y los escordiscos tenemos un enemigo común?

– Teniendo en cuenta que eso sucedió hace unos quince años -replicó Sila enarcando una ceja- y que no lo sabíamos, poco consuelo es.

– No estoy muy inspirado hoy, ¿verdad? Perdona, Lucio Cornelio. Tú lo has vivido, y yo te escucho emocionado y compruebo que mi lengua dice torpezas -replicó Mario.

– No pasa nada, Cayo Mario, lo comprendo -dijo Sila, sonriendo.

– ¡Continúa, continúa!

– Quizá uno de sus principales problemas es que no tenían un jefe digno de ese nombre; ni un plan determinado, por llamarlo de alguna manera. Yo creo que esperaban que llegase el día en que un gran rey les permitiese asentarse en unas tierras deshabitadas.

– Y, claro, los grandes reyes no están muy predispuestos a hacerlo -dijo Mario.

– No. Bueno, el caso es que dieron la vuelta y se dirigieron al oeste -prosiguió Sila-, pero apartándose del Danubius. Primero siguieron el curso del Savus, luego torcieron algo al norte y siguieron por el Dravus hasta su cabecera. Por entonces llevaban ya errantes más de seis años sin detenerse en ningún sitio más que algunos días.

– ¿No viajaban en carros? -inquirió Mario.

– Rara vez. Los carros van uncidos al ganado y simplemente los guían, aunque si alguien está enfermo o hay una embarazada a punto de concebir, el carro hace de medio de transporte; pero sólo en esos casos -respondió Sila con un suspiro-. Y, bueno, ya sabemos lo que sucedió después. Penetraron en el Noricum y en las tierras de los taun.

– Quienes pidieron ayuda a Roma, Roma envió a Carbo a enfrentarse a los invasores, y éste perdió su ejército -dijo Mario.

– Y, como siempre, los germanos volvieron grupas en previsión de complicaciones -añadió Sila-. En lugar de invadir la Galia itálica, se dirigieron a las grandes montañas y volvieron al Danubius, ligeramente a la derecha de su confluencia con el Aenus. Los boyos no los dejaban pasar hacia el este y se dirigieron al oeste a lo largo del Danubius a través de las tierras de los marcomanos. Por motivos que no he logrado saber, un buen contingente de marcomanos se unió a los cimbros y teutones en el séptimo año de migración.

– ¿Y qué hay de esa tempestad de truenos? -inquirió Mario-. La que interrumpió la batalla entre los germanos y Carbo, y gracias a la cual pudo salvarse parte de las tropas de Carbo. Hay quien dice que los germanos interpretaron la tormenta como señal de ira divina y que eso nos salvó de la invasión.

– Lo dudo -replicó Sila sin inmutarse-. Bueno, sí, cuando estalló la tormenta, los cimbros, que eran los que luchaban contra Carbo por hallarse más próximos a él, huyeron despavoridos, pero no creo que fuese lo que los disuadió de penetrar en la Galia itá lica. La verdad parece ser simplemente que no les gusta guerrear para conquistar territorio.

– ¡Es fascinante! Y nosotros los consideramos hordas de bárbaros que codician Italia. ¿Y qué pasó a continuación? -inquirió Mario, lleno de interés.

– En esta ocasión remontaron el curso del Danubius hasta el nacimiento. En el octavo año se les unió un grupo de auténticos germanos: los queruscos, que procedían de sus tierras cercanas al río Visurgis, y, en el noveno año, un pueblo de Helvecia llamado los tigurinos, que por lo visto vivían al este del lago Lemanna y que sí son celtas. Igual que, creo, lo son los marcomanos. Sin embargo, tanto los marcomanos como los tigurinos son celtas muy germanizados.

– ¿Quieres decir que no sienten repulsa por los germanos?

– ¡Mucho menos del rechazo que sienten por sus congéneres celtas! -respondió Sila, sonriente-. Los marcomanos han guerreado con los boyos durante siglos y los tigurinos con los helvecios. Así que yo supongo que al cruzar sus tierras los carros germanos, pensaron que era interesante viajar a tierras desconocidas. Cuando la migración cruzó el Jura hacia la Galia Comata, eran ya más de ochocientos mil.

– Y penetraron en las tierras de los pobres eduos y los ambarres y allí se quedaron -dijo Mario.

– Más de tres años -añadió Sila, asintiendo con la cabeza-. Los eduos y ambarres eran más pacíficos, ¿comprendes? Estaban romanizados, Cayo Mario. Cneo Domicio los había metido en cintura para que nuestra provincia de la Galia Transalpina estuviera tranquila. Y a los germanos empezó a gustarles nuestro rico pan blanco… ¡para untar su mantequilla!, y para mojar en la salsa de buey y acompañar sus horrorosas morcillas de sangre.

– Hablas con verdadero sentimiento, Lucio Cornelio.

– ¡Ya lo creo! -dijo Sila y, tras una breve sonrisa, contempló pensativo la superficie del vino para luego alzar sus ojos fulgurantes hacia Mario-. Ahora han elegido un rey común a todos -añadió de repente.

– ¡Ah! -exclamó Mario en voz queda.

– Se llama Boiorix y es un cimbro. Los cimbros son el pueblo mas numeroso.

– Pero es un nombre celta -dijo Mario-. Boiorix… de los boyos. Una nación formidable; hay colonias de boyos por todas partes: en Dacia, Tracia, la Galia Cabelluda, la Galia itálica, Helvecia, ¡qué sé yo! Quizá hace mucho tiempo instalaron una colonia entre los cimbros. Al fin y al cabo, si ese Boiorix se dice cimbro es que debe serlo. No pueden ser tan primitivos que no tengan una tradición genealógica.

– En realidad tienen muy poca tradición genealógica -replicó Sila, apoyándose en un codo-. No porque sean realmente primitivos, sino porque su estructura social es diferente a la nuestra. Y distinta a la de todos los pueblos ribereños del Mediterráneo. No son un pueblo agrícola, y cuando la gente no posee tierras y granjas a lo largo de generaciones, no se desarrolla en ella esa idea de procedencia de un lugar; lo que significa que tampoco desarrollan un sentimiento de familia. Llevan una vida colectiva de tipo tribal, que para ellos es más importante. Prefieren regirse por un sistema alimentario común, que para ellos es más razonable. Si las casas son chozas para dormir, carentes de cocina, y la casa va sobre ruedas y tampoco tiene cocina, es más fácil matar reses enteras, asarlas enteras y alimentar a toda la tribu.

"Su tradición genealógica se basa en la tribu, o en el conjunto de tribus que constituyen un pueblo. Tienen héroes a los que cantan, pero sus hazañas están muy adornadas por encima de la realidad, y un jefe de dos generaciones atrás se transforma en un Perseo o un Hércules y pierde todo perfil humano. Su concepto de lugar es también muy difuso. Y la posición, jefe, cabecilla o chamán, se sobrepone a la identidad del que la ostenta. ¡El individuo es la posición que ocupa! Se aísla de su familia y ésta no asciende con él; y cuando muere, la posición pasa a otro elegido por la tribu sin consideraciones a lo que nosotros llamariamos títulos de familia. Sus ideas sobre la familia son muy distintas a las nuestras, Cayo Mario -dijo Sila izándose sobre el codo para servir más vino.

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