El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– ¡Por Júpiter, Lucio Cornelio, es magistral! -masculló Mario con un silbido-. Pero ¿llegarán en la fecha prevista? Quiero decir que Boiorix tiene que contar con que los tres grupos lleguen a la Galia itálica en octubre.
– Yo creo que los teutones y los cimbros la alcanzarán por esa fecha, porque están bien dirigidos y muy motivados. En cuanto a los otros, no estoy muy seguro; ni creo que lo esté Boiorix.
Sila se levantó de la camilla y comenzó a pasear de arriba abajo.
– Hay otra cosa, Cayo Mario, y es algo muy serio. Después de dieciocho años de andar de un lado para otro, los germanos están cansados y quieren desesperadamente asentarse. Hay un gran número de niños que han crecido, convirtiéndose en jóvenes guerreros sin tener una patria. En realidad se ha estado hablando de regresar al Quersoneso Címbrico, ya que hace tiempo que el mar ha retrocedido y la tierra vuelve a ser fértil.
– ¡Ojalá lo hicieran! -exclamó Mario.
– Pero ya es demasiado tarde -dijo Sila, paseando incansable-. Ahora ya se han acostumbrado al pan blanco crujiente para untar mantequilla, a mojar la salsa de buey y a acompañar sus horrendas morcillas de sangre. Les gusta el calor del sol del sur y la proximidad de las grandes montañas blancas. Primero Panonia y Noricum, luego la Galia. Nuestro mundo es más rico, y ahora que tienen por jefe a Boiorix, han decidido apoderarse de él.
– No, mientras yo tenga el mando, no lo conseguirán -dijo Mario arrellanándose en la silla-. ¿Eso es todo?
– Todo… y nada -replicó Sila con aire entristecido-. Podría hablarte de ellos días seguidos. Pero de momento es cuanto necesitas saber.
– ¿Y tu mujer y tus hijos? ¿Los has dejado para que los eliminen al no tener un guerrero que ofrecer a la comunidad?
– ¿No es curioso? -inquirió Sila, pensativo-. Me resultó imposible, y lo que hice fue llevar a Germana y a los niños con los queruscos que viven al norte del Chatti, a orillas del río Visurgis. Su tribu pertenece a los queruscos, aunque se llaman los marsos. Extraño, ¿no crees? Nosotros tenemos nuestros marsos y los germanos los suyos; el nombre se pronuncia exactamente igual. Lo que hace pensar en cómo llegamos a ser lo que somos… ¿Será parte de la naturaleza humana vagabundear en busca de nuevas patrias? ¿Nos cansaremos los romanos de Italia algún día y emigraremos a otra parte? He pensado mucho a propósito del mundo desde que me uní a los germanos, Cayo Mario.
Por algún motivo que no alcanzaba a entender, estas últimas palabras de Sila casi hicieron llorar a Mario, por lo que dijo con voz más queda de lo habituaclass="underline"
– Me alegro de que no dejaras que la matasen.
– Yo también, a pesar de que no tenía tiempo. Me preocupaba no llegar a verte antes de las elecciones consulares, ya que pensé que mis informaciones te servirían mucho -dijo con un carraspeo-. En realidad, me comprometí a concluir un tratado de paz y amistad, en tu nombre, naturalmente, con los marsos de Germania. Pensé que así, en cierto modo, mis hijos tendrán un atisbo de Roma. Germana me ha prometido criarlos de forma que piensen bien de Roma.
– ¿No volverás a verla? -inquirió Mario.
– ¡Claro que no! -replicó Sila sin pensárselo dos veces-. Ni a los gemelos. Cayo Mario, no pienso volver a dejarme crecer el pelo ni el bigote, ni a viajar lejos de las tierras mediterráneas. La dieta de buey, leche, mantequilla y gachas de avena no se acomoda a mi estómago romano; ni me gusta vivir sin bañarme y me desagrada la cerveza. Yo he hecho lo que he podido por Germana y los niños, llevándolos a donde la falta de un guerrero no significa la muerte para ellos; pero le he dicho a ella que intente buscar otro hombre. Es lo razonable y lógico. Si todo va bien, sobrevivirán; y mis hijos serán unos buenos germanos. ¡Fieros guerreros, espero! Y espero que más importantes que yo. No obstante, si la Fortuna no hace que sobrevivan, mejor que yo no lo sepa, ¿no crees?
– Efectivamente, Lucio Cornelio -contestó Mario, mirándose las manos que asían la copa y sorprendiéndose al verse los nudillos blancos.
– La única ocasión en que doy crédito a las alegaciones de Metelo Numídico el Meneítos respecto a tus orígenes vulgares -dijo Sila en tono jocoso-, es cuando algún incidente excita tu adormecida sentimentalidad de campesino.
– Lo peor de ti, Sila -replicó Mario, clavando en él su mirada-, es que no sé qué es lo que te hace funcionar. Qué es lo que te hace mover las piernas, balancear los brazos y por qué sonríes como un lobo. Ni qué es lo que realmente piensas. Eso sí que no lo sabré nunca.
– Ni nadie, cuñado, por si te sirve de consuelo. Ni yo mismo -respondió Sila.
Aquel mes de noviembre parecía que Cayo Mario no iba a conseguir ser cónsul para el próximo año. Una carta de Lucio Apuleyo Saturnino disipó toda esperanza de otro plebiscito que le autorizase a ser nombrado por tercera vez cónsul in absentia.
El Senado no va a cruzarse de brazos de nuevo, porque ahora casi toda Roma está convencida de que los germanos no van a presentarse. Nunca. De hecho, los germanos se han convertido en una nueva Lamia, un monstruo tan manido para inspirar terror, que ya no asusta a nadie.
Naturalmente, vuestros enemigos han puesto el grito en el cielo alegando que ya es el segundo año en la Galia Transalpina en que os dedicáis a reparar calzadas y a excavar canales navegables, y alegan que vuestra presencia allá con un numeroso ejército le cuesta al Estado más de lo que puede permitirse, y más teniendo en cuenta el precio que ha alcanzado el trigo.
He sondeado las aguas electorales en lo que respecta a nombraros cónsul in absentia por tercera vez y se me ha quedado helado el dedo del pie que sumergí en ellas. Vuestras posibilidades mejorarían algo si vinierais a Roma y participaseis personalmente en los comicios. Pero, claro, si hacéis eso, vuestros enemigos argüirán que el supuesto peligro en la Galia Transalpina no existe.
Sin embargo, he hecho cuanto pude y he obtenido apoyo del Senado de modo que logréis que se os prorrogue el mando con categoría proconsular. Esto significa que los cónsules del año que viene serán vuestros superiores. Y, como divertida nota final, os diré que el candidato consular favorito para el año que viene es Quinto Lutacio Catulo. Los electores están tan hartos de que se presente cada año que han decidido quitárselo de en medio votándole. Espero que ésta os halle bien de salud.
Cuando Mario acabó de leer la breve misiva de Saturnino, permaneció sentado un buen rato con el entrecejo fruncido. Aunque las noticias eran adversas, había cierto aire desenvuelto en la carta, como si el propio Saturnino diese por sentado que Mario era algo del pasado y estuviera dedicándose a reconsiderar las cosas. Cayo Mario no tenía garra para el electorado; había perdido influencia, dado que los germanos eran un peligro menor en comparación con la revuelta de esclavos en Sicilia y el abastecimiento de trigo. El monstruo Lamia había muerto.
Bien, pues el monstruo Lamia no estaba muerto, y Lucio Cornelio Sila estaba vivo para demostrarlo. Pero ¿qué interés había en enviar a Sila a Roma para que lo corroborara si él, Cayo Mario, no podía acompañarle? Sin apoyo y sin poder, Sila no lograría imponerse; tendría que explicar la historia a demasiados personajes adversarios de su comandante, hombres a quienes aquello de que un aristócrata romano hubiese estado casi dos años disfrazado de galo les parecía una farsa tan sin pies ni cabeza, que toda Roma acabaría pensando que era un cuento. No, o viajaban los dos a Roma o ninguno.