El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
La gente de Germana le había dado una buena montura y pudo cambiarla por otro buen corcel al final de la jornada y continuar así cambiando de caballo durante los doce días que tardó en llegar desde el nacimiento del río Amisia, en donde estaba asentada la tribu de los marsos, hasta el campamento de Mario en Glanum. Viajaba siempre a campo traviesa, evitando montañas y espesos bosques, y siguiendo el curso de los grandes ríos del Rhenus al Mosela, del Mosela al Arar y de éste al Rhodanus.
Iba tan acongojado que tuvo que esforzarse por fijarse bien en las gentes de las regiones por las que pasaba, aunque en cierta ocasión se sorprendió al oírse hablando el galo de los druidas y se dijo que dominaba varios dialectos germánicos y el galo carnútico, ¡él, Lucio Cornelio Sila, senador romano!
Pero lo que él y Quinto Sertorio descubrieron referente a las disposiciones de los germanos en tierras de los aduatucos no cristalizaría hasta la primavera siguiente, mucho después de que ambos hubiesen dejado a sus esposas en Germania. Pues cuando los miles y miles de carros comenzaron a moverse y los tres grandes contingentes de bárbaros se separaron para invadir Italia, cimbros, teutones, tigurinos, queruscos y marcomanos dejaron con los aduatucos algo que los protegiese hasta su regreso: una fuerza de seis mil de los mejores guerreros, que impidiesen las incursiones de otras tribus y que defendiesen los tesoros tribales que también les confiaron; todas las estatuillas de oro, los carros de oro, los arneses de oro, las ofrendas votivas de oro, las monedas de oro, los lingotes de oro, varias toneladas del más fino ámbar y otros objetos preciosos que habían añadido durante su última migración al acervo de varias generaciones. El único oro que transportaron los bárbaros fue el que llevaban sobre sus personas; lo demás quedó escondido en tierras de los aduatucos, de forma muy parecida a como los volcos tectosagos habían hecho en Tolosa con el oro de los pueblos galos.
Así, cuando Sila volvió a ver a Julilla, no pudo por menos de establecer la comparación con Germana y la encontró descuidada, veleidosa, poco instruida, desordenada y odiosa. Al menos desde su anterior reencuentro había aprendido a no lanzarse indecorosamente en sus brazos a la vista de los criados. Pero durante la comida en casa aquel primer día pensó que, probablemente, aquella actitud contenida era más bien debida a la presencia de Marcia que a un auténtico deseo por complacerle. Sí, Marcia se hacía notar: era una matrona rígida, hierática, seria, adusta e implacable. No había envejecido bien y, tras tantos años de felicidad como esposa de Cayo Julio César, la viudez le resultaba insoportable. Además, Sila sospechaba que detestaba ser la madre de una hija tan poco satisfactoria como Julilla.
Y no era de extrañar. Porque él mismo detestaba estar casado con una esposa tan poco satisfactoria como Julilla. Sin embargo, no habría sido buena política echarla, dado que no era ninguna Metela Calva que se refocilase indiscriminadamente con el pueblo bajo; ni con el pueblo alto. Quizá la fidelidad fuese su única virtud, y, desgraciadamente, su vicio de la bebida no había trascendido a tal extremo que en Roma se supiese que era una borracha porque Marcia había hecho lo imposible por ocultarlo. En consecuencia: quedaba descartado un divorcio por disfarreatio (aun en el caso de que hubiese estado dispuesto a enfrentarse al tremendo proceso).
No obstante, resultaba imposible vivir con ella. Sus exigencias fisicas en el dormitorio eran tan acuciantes y ásperas, que él lo único que sentía era una profunda turbación abrasadora y horrible; bastaba con mirarla para que todos sus tejidos eréctiles se retrayeran como los caracoles de Publio Vagienio. No le apetecía tocarla ni que ella le tocara.
Para una mujer era fácil fingir deseo sexual y placer, pero para un hombre ambas cosas resultan imposibles. Si los hombres eran por naturaleza más auténticos -pensaba Sila- era, sin duda, porque llevaban entre las piernas un fehaciente indicativo que regía todas las facetas del comportamiento masculino. Y si había algo que justificase la atracción mutua entre hombres era el hecho de que el acto erótico no requería ir acompañado de un acto de fe.
Todos aquellos razonamientos nada bueno presagiaban para Julilla, quien ignoraba lo que pensaba su esposo pero estaba desalentada por su evidente falta de motivación. Dos noches seguidas se vio rechazada, al tiempo que Sila perdía la paciencia y sus excusas se hacían más superficiales y menos convincentes. La tercera vez, Julilla se levantó por la mañana antes que el propio Sila para hacer un copioso desayuno con vino y su madre la sorprendió.
Aquello dio lugar a una discusión entre las dos, tan acerba y cáustica, que la muchacha lloró, los esclavos se escondieron y el propio Sila se encerró en el tablinum mascullando maldiciones contra todas las mujeres. Lo que colegía por las palabras que había oído, apuntaba a que se trataba de una discusión por algo que no era nuevo ni sucedía por primera vez. Los niños, gritaba Marcia con potencia suficiente para que se la oyera desde el templo de la Magna Mater, estaban completamente abandonados por la madre; Julilla replicaba, con chillidos susceptibles de oírse hasta en el Circo Máximo, que ella le había robado el cariño de sus hijos y que no se lo reprochase.
El enfrentamiento verbal fue tan violento y duró tanto, que a Sila no le quedó la menor duda de que el tema había sido debidamente debatido en anteriores ocasiones. Era como si repitiesen maquinalmente los reproches, que concluyeron en el atrium frente a la puerta de su despacho, momento en el que Marcia dijo a Julilla que se llevaba a los niños y a la niñera a dar un paseo y que no sabía cuándo volvería, pero que más le valía estar sobria a su regreso.
Con las manos en los oídos para no escuchar los patéticos sollozos y súplicas de los niños, mediando entre madre y abuela, Sila trató de concentrarse en la idea de lo maravillosos que eran los pequeños. Aún le duraba el placer de volver a verlos después de tanto tiempo; Cornelia Sila tenía algo más de cinco años y el pequeño Lucio Sila cuatro. Ya eran personitas con edad para sufrir, como él bien sabía por los recuerdos de su niñez que aún conservaba en algún rincón de la memoria. Si algún paliativo había en el abandono de sus dos hijos gemelos germanos, estribaba en el hecho de que cuando lo había hecho eran aún muy pequeños, unos seres de boquita balbuciente, que sólo balanceaban la cabeza y cuyo cuerpo, de pies a cabeza, era una masa regordeta. Le resultaría mucho más dificil dejar a sus hijos romanos, porque ya eran personas. Los compadecía profundamente, porque los amaba mucho; con un sentimiento muy distinto al que había sentido nunca por un hombre o una mujer. Desinteresado y puro, sin tacha y absoluto.
La puerta del despacho se abrió de golpe y Julilla entró en un revuelo de túnicas, con los puños cerrados y el rostro congestionado de furor. Y borracha.
– ¿Lo has oído? -inquirió gesticulando.
– ¿Cómo no iba a oírlo? -replicó Sila con voz cansada, dejando la pluma-. Se habrá oído en todo el Palatino.
– ¡Esa vieja vaca, esa latosa! ¿Cómo Se atreve a decirme que descuido a mis hijos?
¿Lo hago o no lo hago?, se dijo Sila para sus adentros. ¿Por qué la aguanto? ¿Por qué no cojo mi cajita de polvos blancos de Pisa y se los echo en el vino hasta que se le caigan los dientes, la lengua se le consuma como una mecha y sus pechos se le inflen y exploten como cuescos de lobo? ¿Por qué no me busco una buena encina y cojo unas hermosas setas y se las doy hasta que sangre por todos sus orificios? ¿Por qué no le doy el beso que ansía y le retuerzo el asqueroso pescuezo igual que a Clitumna? ¿Cuántos hombres he matado con la espada, el puñal, el arco, el veneno, con piedras, hacha, palo, correa, con mis propias manos? ¿Por qué ella tiene que ser distinta? La respuesta le vino inmediatamente, por supuesto. Julilla había materializado sus sueños, le había dado suerte; y era una patricia romana, sangre de su sangre. Antes mataría a Germana.