El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Antes de que se desvistiesen ante sus ojos, Julilla se alejó con la cabeza muy alta y los ojos secos para entrar en el dormitorio que compartía con Lucio Cornelio Sila. Su esposo. Había detrás un reducido cubículo que usaban de vestidor, y ahora más lleno desde el regreso de Sila, pues su panoplia de gala estaba colocada sobre un caballete, el casco en un pedestal especial y su espada con empuñadura de marfil, adornada con una cabeza de águila, colgada de la pared en la vaina.
No le costó descolgar la espada, pero sí sacarla de la vaina y el correaje. Pero por fin lo consiguió, conteniendo la respiración cuando el filo le cortó la mano hasta el hueso de lo afilada que estaba. Experimentó cierta sorpresa al ver que sentía dolor fisico en aquel momento, pero hizo abstracción del dolor y la sorpresa y, sin vacilar, la empuñó por la marfileña cabeza de águila, la volvió hacia ella y se echó contra la pared.
Lo había hecho real. Se desplomó, entre un revuelo de telas ensangrentadas, al hundirse la espada en su vientre, con el corazón latiéndole velozmente y sintiendo el estertor de su propia respiración como el de alguien amenazador a sus espaldas dispuesto a arrebatarle la virtud o la vida. Pero ya no tenía virtud ni vida, ¿qué podía importar? Ahora sí sentía el horror de la agonía y aquel calor de su propia sangre regándole la piel. Pero ella era una Julio César y no iba a pedír socorro ni a lamentar su decisión en aquellos postreros instantes. Tampoco cruzó su mente el más mínimo pensamiento por sus hijitos: sólo pensaba en la insensatez de haber amado todos aquellos años a un hombre al que le gustaban los hombres.
Eso era razón suficiente para morir. No iba a vivir para ser la irrisión de Roma, para que todas las afortunadas que estaban casadas con hombres de verdad se burlaran de ella. Conforme se desangraba, su enfebrecida mente comenzó a enfriarse, a aminorarse, a petrificarse. ¡Ah, qué maravilla dejar por fin de amarle! Se acabaron los tormentos, las angustias, las humillaciones, el vino. Le había pedido que le dijera cómo dejar de amarle y él lo había hecho. Al fin y al cabo, su amado Sila había sido amable. Sus últimos momentos de lucidez fueron para sus hijos: al menos en ellos perduraría algo de ella misma. Y así entró en el dulce piélago de la Muerte, deseando a sus hijos una vida larga y venturosa.
Sila volvió a su escritorio y se sentó.
– ¿Hay vino? Sírveme una copa -dijo a Metrobio.
¡Qué parecido al muchacho era el hombre cuando la animación iluminaba su rostro! Y ello le ayudaba a recordar que aquel muchacho había querido renunciar a cualquier lujo para vivir en la penuria con su amado Sila.
Sonriente, Metrobio trajo el vino y tomó asiento en la silla de clientes.
– Sé lo que vas a decir, Lucio Cornelio. No podemos tomar esto por costumbre.
– Sí. Entre otras cosas -replicó Sila dando un sorbo de vino y mirándole fijamente-. No es posible, queridísimo muchacho. Sólo a veces, cuando la necesidad, el dolor o lo que sea resulta insoportable. Me separa el canto de un sestercio de todo lo que me gusta, tú incluido. Si estuviésemos en Grecia, sí; pero estamos en Roma. Si fuese el primer hombre de Roma, sí; pero no lo soy. Es Cayo Mario.
– Lo comprendo -dijo Metrobio con una mueca.
– ¿Sigues en el teatro?
– Claro. Es lo único que sé hacer. Además, Scilax ha sido un buen maestro; hay que decirlo. Así que no me falta trabajo y descanso poco -carraspeó y adoptó un aire preocupado-. El único cambio es que me he vuelto serio.
– ¿Serio?
– Eso es. Resultó que no tenía auténtica vis cómica. Cuando era niño podía pasar, pero en cuanto crecí, tuve que dejar los Cupidos alados y los diablillos y comprobé que mi verdadero talento era para la tragedia. Así que ahora interpreto papeles de Esquilo y Accio en lugar de los de Aristófanes y Plauto. No me quejo.
– Bueno -dijo Sila encogiéndose de hombros-, así al menos podré ir al teatro sin descubrirme por ir a verte interpretar el papel de ingenuo desventurado. ¿Eres ciudadano?
– Lamentablemente, no.
– Ya veré lo que puedo hacer -dijo Sila con un bostezo, dejando la copa y juntando las manos como un banquero-. Sí que nos veremos, pero no con frecuencia y nunca más aquí. Tengo una esposa bastante alocada de quien no puedo fiarme.
– Sería estupendo que nos viésemos de vez en cuando.
– ¿Tienes un sitio razonablemente privado o sigues viviendo con Scilax?
– ¡Creí que lo sabías! -replicó Metrobio con aire sorprendido-. Pero claro, ¿cómo ibas a saberlo si has estado años fuera de Roma? Scilax murió hace seis meses y me dejó todo lo que tenía, incluida la vivienda.
– Pues nos veremos allí -dijo Sila poniéndose en pie-. Vamos, te acompaño. Y te inscribo como cliente mío; así, si alguna vez necesitas venir aquí, tendrás una justificación. Te enviaré una nota a casa antes de ir a verte.
En los hermosos ojos negros afloraba el deseo de un beso cuando se despidieron en la puerta de la casa, pero ni dijeron ni hicieron nada que pudiera hacer pensar al hierático mayordomo ni al portero que aquel joven tan bien parecido fuese algo más que un simple cliente nuevo conocido de los viejos tiempos.
– Saludos a todos, Metrobio.
– ¿No estarás en Roma para el festival de teatro?
– Me temo que no -respondió Sila con una sonrisa displicente-. Por culpa de los germanos.
Y así se despidieron, justo en el momento en que Marcia aparecía por el otro extremo de la calle con los niños y la niñera. Sila aguardó a que llegase y le franqueó la entrada.
– Marcia, haced el favor de venir a mi despacho.
Con mirada recelosa, Marcia entró en el despacho y se dirigió al diván, en el que Sila advirtió horrorizado una mancha húmeda.
– Sentaos en la silla, si no os importa -dijo.
Ella tomó asiento, mirándole con ceño, la barbilla alta y los labios apretados.
– Suegra, sé que no os gusto y no pretendo ganarme vuestro afecto -comenzó a decir Sila, asegurándose de aparentar una actitud de completa despreocupación y tranquilidad-. Yo tampoco os pedí que vinieseis a vivir aquí porque me gustaseis. Me preocupaban los niños, y siguen preocupándome. Debo agradeceros de todo corazón todo lo que habéis hecho; los habéis cuidado muy bien y han vuelto a ser unos niños romanos.
– Me alegra que lo creáis así -dijo ella, ablandándose un poco.
– En consecuencia, ya no son ellos mi principal preocupación, sino Julilla. Esta mañana oí la disputa que sostuvisteis con ella.
– ¡Todo el mundo lo oyó! -espetó Marcia.
– Sí, cierto… -replicó Sila con un profundo suspiro-. Cuando os llevasteis a los niños de paseo tuvimos un altercado que también oyó todo el mundo… o al menos lo que ella gritaba. No sé si tenéis alguna idea respecto a lo que debemos hacer.
– Lamentablemente -replicó Marcia, plenamente consciente de que lo había ocultado- muy poca gente sabe que bebe como para que os sirva de pretexto para el divorcio, y como único motivo. Cada vez bebe más y no voy a poder seguir ocultándolo. Cuando lo sepan todos, podréis repudiarla sin que parezca censurable.
– ¿Y si eso sucede mientras yo esté fuera de Roma?
– Yo soy su madre y puedo expulsarla. Si sucede en vuestra ausencia, la enviaré a vuestra villa de Circei, y cuando volváis, podéis divorciaros y encerrarla en otro lugar. Con el tiempo, la bebida la matará -dijo Marcia poniéndose en pie dispuesta a marcharse y sin dejar traslucir en lo más mínimo la pena que sentía-. No me gustáis, Lucio Cornelio, pero no os reprocho la situación de Julilla.
– ¿Os gusta alguien de vuestra familia política? -inquirió Sila.
– Sólo Aurelia -espetó Marcia, despectíva.
– No sé dónde estará Julilla -dijo Sila mientras la acompañaba hasta el atrium, apercibiéndose de pronto que no la había visto ni oído desde que había llegado Metrobio. Y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral.