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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Se nota que has vivido con ellos! -musitó Mario.

– ¡Qué remedio! -dijo Sila dando un sorbo para poder echar agua en la copa-. Y no me he acostumbrado -añadió como sorprendido-. Es igual, no cabe duda de que mi mente volverá -dijo poniendo ceño-. Logré infiltrarme entre los cimbros cuando aún trataban de abrirse camino hacia los Pirineos. Sería noviembre del año pasado, cuando regresaba de verte.

– ¿Cómo lo hiciste? -inquirió Mario.

– En aquel momento estaban comenzando a padecer la secuela de cualquier pueblo tras una larga guerra, igual que nosotros, sobre todo después de Arausio. Como todo el pueblo, menos los viejos y los tullidos, avanzan en bloque, todo guerrero caído suele dejar viuda y huérfanos, y esas mujeres son una carga, a menos que sus hijos varones tengan edad para convertirse en guerreros sin gran tardanza. Así que las viudas tienen que esforzarse por encontrar nuevos maridos entre los guerreros que aún son jóvenes o no han sabido procurarse esposa. Si una mujer consigue unirse con su hijo a otro guerrero, se le permite seguir igual que antes. Su carro es la dote; aunque no todas las viudas poseen carro ni todas encuentran pareja. Claro que poseer un carro ayuda mucho. Se les concede un tiempo de tres meses para encontrar pareja, es decir el plazo de una estación. Si no lo consiguen, se les da muerte junto con los hijos, y los miembros de la tribu que no tienen carro se los reparten a suertes. Matan a los que consideran demasiado viejos para contribuir productivamente al bienestar de la tribu, y si hay exceso de niñas, las matan también.

– ¡Y yo que pensaba que nosotros éramos duros! -dijo Mario con una mueca.

– ¿Qué dureza, Cayo Mario? -replicó Sila meneando la cabeza-. Los germanos y los galos son como cualquier otro pueblo y estructuran su sociedad para sobrevivir como tal; los que se convierten en una rémora que la comunidad no puede permitirse deben ser eliminados. ¿Y qué es mejor, dejarlas sueltas sin hombres que cuiden de ellas o eliminarlas? ¿Morir despacio de hambre y frío o rápido y sin dolor? Ellos lo ven así. No tienen más remedio que verlo así.

– Supongo que sí -dijo Mario, reticente-, pero a mi personalmente me encantan nuestros ancianos. Por escucharlos vale la pena darles comida y alojamiento.

– ¡Pero eso es porque nosotros podemos permitirnos su conservación, Cayo Mario! Roma es muy rica; por consiguiente, Roma puede permitirse mantener a algunos por lo menos de los que no aportan nada productivo a la comunidad. Sin embargo, no condenamos la eliminación de los recién nacidos abandonados, ¿no?

– ¡Claro que no!

– ¿Y cuál es la diferencia? Cuando los germanos encuentren una patria, se volverán más parecidos a los galos. Y los galos en contacto con griegos y romanos acaban pareciéndose a griegos o romanos. Cuando tengan una patria podrán relajar sus reglas; adquirirán suficiente riqueza para alimentar a los viejos y a las viudas cargadas de hijos. Ellos no son urbanitas, sino campesinos. También las ciudades vuelven a tener reglas distintas, ¿no lo has advertido? Las ciudades engendran el mal de eliminar a los viejos y a los enfermos, y las ciudades reducen el sentimiento campesino del hogar y la familia. Cuanto más grande se hace Roma, más se parece a los germanos.

– Me pierdo, Lucio Cornelio -dijo Mario rascándose la cabeza-. ¡Vuelve al tema, por favor! ¿Qué te sucedió? ¿Encontraste una viuda y te integraste en una tribu como guerrero?

– Exactamente -respondió Sila asintiendo con la cabeza-. Sertorio hizo igual en otra tribu, y por eso no nos hemos visto mucho; sólo a veces para intercambiar observaciones. Los dos encontramos una mujer con carro y sin pareja. Eso fue después de integrarnos en las tribus como guerreros, claro, cosa que ya había sucedido mucho antes de venir a verte el año pasado, y encontramos mujer nada más regresar.

– ¿Y no os rechazaron? -inquirió Mario-. Al fin y al cabo, os hacíais pasar por galos, no por germanos.

– Cierto. Pero luchábamos bien los dos. Y ningún jefe de tribu desprecia a un buen guerrero -dijo Sila con una sonrisa.

– ¡Por lo menos no os habrán hecho matar romanos! Aunque lo habríais hecho en caso necesario.

– Por supuesto-respondió Sila-. ¿Tú no?

– Claro que sí. El amor es para todos y el sentimiento para unos pocos -respondió Mario-. Un hombre debe luchar para salvar a todos, no a unos pocos. Bueno, salvo si se le presenta la oportunidad de hacer las dos cosas -añadió con el rostro iluminado.

– Yo era un galo de los carnutos, sirviendo como guerrero cimbro -dijo Sila, pensando en que la filosofía de Mario era tan confusa como éste pensaba que era la suya-. A principios de primavera hubo un gran consejo de todos los jefes de las tribus. Por entonces, los cimbros habían impulsado al máximo su avance hacia el oeste, con la esperanza de entrar en Hispania por la zona en que son más bajos los Pirineos. El consejo se celebró en la orilla del río que los aquitanos llaman Aturis. Habían llegado noticias ciertas de que todas las tribus de cántabros, astures, vetones, lusitanos occidentales y vascones se habían aliado al otro lado de la cordillera para contener la invasión germana. Y en este consejo, de pronto, sin que nadie lo esperase, surgió Boiorix.

– Recuerdo el informe que hizo Marco Cota después de Arausio -dijo Mario-. Era uno de los dos jefes que riñeron, el otro fue Teutobodo de los teutones.

– Es muy joven -dijo Sila-; no tendrá más de treinta años. Es altísimo y de contextura hercúlea; tiene unos pies que parecen lubinas. Pero lo interesante es su mentalidad parecida a la nuestra. Tanto galos como germanos tienen unos esquemas mentales tan distintos a los de cualquier pueblo del Mediterráneo, que nosotros los vemos como bárbaros. Mientras que Boiorix ha demostrado estos últimos nueve meses ser un bárbaro muy distinto. Para empezar, ha aprendido a leer y escribir en latín, no en griego. Creo que ya te he mencionado que cuando un galo muestra tendencia a instruirse, aprende latín en vez de griego.

– ¡Boiorix, Lucio Cornelio, Boiorix! -dijo Mario, impaciente.

– Volvamos a Boiorix -continuó Sila, sonriente-. Había tenido buen ascendiente en los consejos tal vez durante cuatro años, pero en primavera se impuso a la oposición y se hizo nombrar jefe supremo; nosotros le llamariamos rey, dado que tiene la prerrogativa de adoptar una decisión irrevocable en todas las circunstancias sin temor a caer en desacuerdo con el consejo.

– ¿Y cómo consiguió hacerse nombrar? -inquirió Mario.

– Por el viejo sistema -respondió Sila-. Ni germanos ni galos efectúan elecciones, aunque a veces votan en el consejo; pero las decisiones del consejo suelen supeditarse a quien logra permanecer más tiempo sobrio o tiene la voz más fuerte. Pero en el caso de Boiorix se proclamó rey por derecho de combate, matando a todos sus adversarios. No fue un solo encuentro, sino toda una jornada de lucha en la que fueron cayendo todos sus oponentes: en total once cabecillas que mordieron el polvo al estilo homérico.

– Rey por muerte de los rivales -dijo Mario, pensativo-. ¿Qué satisfacción reporta eso? ¡Es algo auténticamente bárbaro! A un rival se le aplasta en el debate o ante los tribunales para que pueda seguir luchando; todos debemos tener rivales. Teniendo rivales vivos, quien se impone más brilla por ser mejor que ellos; mientras que muertos no brilla nada.

– Estoy de acuerdo -dijo Sila-, pero en el mundo bárbaro, es decir en occidente, el criterio que impera es matar a los rivales. Es más seguro.

– ¿Y qué sucedió con Boiorix después de proclamarse rey?

– Dijo a los cimbros que no iban a dirigirse a Hispania, que había lugares mucho más fáciles. Como Italia. Pero primero señaló que los cimbros iban a unirse a los teutones, los tigurinos, los marcomanos y los queruscos; y que, entonces, él seria rey de germanos y cimbros.

Sila volvió a llenar su copa con vino bien aguado.

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