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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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»Anoche, mi caballo aplastó el cráneo a uno de los oficiales de D’Hara. No fue un acto glorioso ni honorable, pero me consuela pensar que ya no podrá mataros a ninguno de vosotros ni directa ni indirectamente, y pensarlo me llena de gozo. Me siento alegre porque sé que tal vez he salvado algunas de vuestras preciosas vidas.

»Nuestro objetivo es salvar las vidas de hombres y mujeres, tanto vivos como aún por nacer. Ya visteis lo que le ocurrió a la gente de Ebinissia. Recordad el rostro de los muertos. Recordad cómo murieron y el horror por el que pasaron antes de morir. Recordad a los soldados capturados y luego decapitados.

»De nosotros depende que eso mismo no le suceda a más gente. Y para ello debemos matar a esos hombres. No se trata de lograr la gloria, sino de sobrevivir.

En las últimas filas dos hombres dirigieron gestos obscenos a quienes los rodeaban y echaron a caminar hacia Mosle y sus seguidores. Sesenta y nueve. Pero el resto estaba resuelto a emprender la lucha.

Había llegado la hora. Les había quitado de la cabeza la ingenua idea que tenían de una batalla gloriosa y les había expuesto la verdadera naturaleza de la tarea que les esperaba. Ahora la mayor parte de ellos comprendía a qué tipo de cosas deberían enfrentarse; sabían algunas de las cosas que se verían obligados a hacer. Ahora se hacían una idea más cabal de su importancia en el esquema general de la guerra.

Había llegado la hora de imponerles irremisiblemente la carga, de convertirlos en un instrumento de castigo capaz de neutralizar la amenaza.

Kahlan abrió los brazos ante todos los hombres que tenía enfrente. El manto empapado de sangre le colgó lacio y pesado.

— ¡He muerto! —gritó la mujer hacia el cielo gris. Muy extrañados, todos aguzaron el oído—. Lo que ha ocurrido a mis compatriotas, a mis padres, hermanos, madres e hijas, me ha herido de muerte. El dolor de su asesinato me ha roto el corazón.

Kahlan abrió más los brazos y alzó la voz, encendida de ira.

— ¡Sólo la venganza puede darme de nuevo la vida! ¡Sólo la victoria me hará resucitar!

La mujer miró con fijeza a todos esos ojos desorbitados que la contemplaban.

— Soy la Madre Confesora de la Tierra Central —prosiguió—. Soy vuestras madres, vuestras hermanas, vuestras hijas aún por nacer. Os pido que muráis conmigo y que solamente volváis a vivir después de vengarme.

»Aquellos de vosotros que se unan a mí en esta empresa están muertos como yo. Únicamente la venganza nos restituirá nuestras vidas. Mientras nuestros enemigos vivan, estamos muertos. No tenemos ninguna vida que perder en esta batalla, pues ya la hemos perdido, aquí, hoy, ahora. Sólo cuando todos y cada uno de quienes destruyeron Ebinissia haya caído, podremos volver a vivir. Hasta entonces, no tenemos vida.

Kahlan posó los ojos en los solemnes semblantes de los hombres congregados ante ella, que la miraban, esperando sus próximas palabras. Impulsado por una cálida ráfaga de aire, el ensangrentado manto de piel le rozó una mejilla. La mujer sacó el cuchillo y lo alzó para que todos pudieran verlo. Entonces se lo colocó encima del corazón.

— ¡Hagamos un juramento a toda la buena gente de Ebinissia que se ha reunido ya con los espíritus, y a toda la buena gente de la Tierra Central!

Casi todos los hombres siguieron su ejemplo y se llevaron un cuchillo al pecho. Siete no lo hicieron sino que, mascullando maldiciones, fueron a reunirse con el grupo de Mosle. Ya eran setenta y seis.

— ¡Venganza sin clemencia hasta que nos sea devuelta la vida! —juró Kahlan.

Con voz grave, todos los soldados repitieron el juramento. Sus voces se unieron en una alianza inquebrantable.

— ¡Venganza sin clemencia hasta que nos sea devuelta la vida! —El clamor de sus voces llenó el aire de la mañana.

Kahlan vio cómo William Mosle le lanzaba una mirada por encima del hombro antes de seguir a sus hombres que ya empezaban a retirarse por el paso. Entonces fijó de nuevo su atención en quienes tenía delante.

— Todos habéis hecho un juramento. Esta noche empezaremos a matar a los hombres de la Orden Imperial, sin cuartel. No tomaremos prisioneros.

Esta vez nadie la vitoreó. Los soldados la escuchaban atentamente con expresión sombría.

— No seguiremos viajando como lo habéis hecho hasta ahora; con carros que transporten las provisiones y todo lo demás. Solamente llevaremos lo que podamos cargar nosotros mismos. Debemos movernos por el bosque y por estrechos pasos, para que el nuestro sea un ejército más maniobrable que el de nuestros enemigos. Mi intención es atacarlos desde todas las direcciones siempre que queramos, como lobos en una cacería. Y lo haremos como los lobos, que cazan coordinadamente. Los controlaremos y los dirigiremos, tal como los lobos controlan y dirigen sus presas.

»Vosotros habéis nacido en esta tierra; conocéis los bosques y las montañas que nos rodean. Habéis cazado en ellas desde niños. Pues bien, usaremos ese conocimiento. El enemigo se encuentra en territorio desconocido para él y, con tantos carros y hombres, debe avanzar por pasos anchos. Pero nosotros viajaremos ligeros de equipaje y nos moveremos por las montañas y alrededor de la Orden Imperial como hacen los lobos.

»Repartid lo que llevan los carros y meted todo lo os quepa en la mochila. Dejad las armaduras; son demasiado pesadas y cuesta demasiado esfuerzo moverlas. Además, no las necesitaréis. Coged solamente las armaduras ligeras que podáis llevar a marcha rápida. Y coged toda la comida que podáis.

»Pero nada de licor ni cerveza. Después de haber vengado a la gente de Ebinissia podréis beber tanto como queráis. Pero hasta entonces, ni una gota de alcohol. Quiero que todos estéis alerta en todo momento. No nos relajaremos ni un solo segundo hasta que todos nuestros enemigos estén muertos.

»Colocad parte de la comida restante en algunos de los carros más pequeños, sin armas ni armaduras. Necesitaremos voluntarios que los entreguen al enemigo.

Los soldados empezaron a hablar entre dientes, sorprendidos y confusos.

— Un poco más adelante el camino se bifurca. Dejaremos atrás la bifurcación y tomaremos el camino que conduce a Cellion. Pero los carros con la comida y toda la cerveza tomarán el otro camino, y luego avanzarán por veredas más estrechas hasta rebasar al enemigo. Entonces, os quedaréis al acecho junto a los carros hasta que los exploradores se acerquen. Cuando eso suceda, os cruzaréis en su camino para que os vean. Cuando la avanzadilla de su ejército os divise y os persiga, abandonad los carros y escapad. Que se queden con la comida y la cerveza.

»A la Orden Imperial apenas le queda cerveza, y esta noche celebrarán su buena suerte. Espero que se emborrachen. Quiero que estén borrachos cuando ataquemos.

Los soldados acogieron con vítores la idea.

— Recordad, somos como una manada de lobos que trata de abatir a un toro. No somos lo suficientemente fuertes para acabar con él de un solo asalto, por lo que lo acosaremos hasta que esté exhausto, lo derribaremos y luego lo mataremos. Ésta no será una única batalla, sino que le iremos mordisqueando los flancos sin cesar. Le iremos infligiendo heridas, lo debilitaremos y lo haremos sangrar, hasta que, finalmente, estemos en ventaja y podamos matar a la bestia.

»Esta noche, amparados por la oscuridad, nos introduciremos sigilosamente en su campamento para asestar un rápido golpe. Será una acción disciplinada; no mataremos al azar. Seguiremos una lista de objetivos. Nuestra intención es debilitar al toro. Yo ya lo he cegado en parte al eliminar al mago.

»Los centinelas y los vigías serán los primeros en caer. Luego, tantos de nuestros soldados como sea posible se disfrazarán con sus ropas. Esos hombres son los que se introducirán en el campamento y localizarán los objetivos.

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