Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
1 ... 174 175 176 177 178 179 180 181 182 ... 293
Перейти на страницу:

»Lo que debemos hacer en primer lugar es mermar su capacidad de contraataque. No quiero que su caballería nos arrolle. Tenemos que inutilizar sus caballos. No es preciso perder tiempo en matarlos, bastará con romperles las patas. Asimismo debemos destruir su comida. Nosotros somos un ejército pequeño y podemos abastecernos con la caza, los frutos del campo y comprando en granjas y aldeas de los alrededores, pero un ejército del tamaño de la Orden Imperial necesita ingentes cantidades de alimentos. Si se quedan sin comida, serán más débiles.

»También tenemos que matar a quienes fabrican las flechas y los arcos, a los herreros y a todos los artesanos que puedan hacer arcos, flechas y otras armas, así como repararlas. Seguramente tendrán sacos llenos de alas de oca para emplumar las flechas. Debemos robar o quemar esos sacos. Cada flecha que no llegue a hacerse es una menos que puede matarnos. Destruid asimismo las varillas para los arcos. Destrozad las cornetas, si las encontráis, y matad a quienes las tocan. De este modo perderán voz y coordinación.

»Las lanzas, picas y argones estarán apilados en vertical. Cinco segundos y unos pocos golpes de hacha o espada bastarán para destruir la mayor parte. Y con pesadas hachas y martillos al menos podremos doblar los argones y hacerlos inútiles. Cada lanza o pica rota es una menos que puede mataros. Quemad sus tiendas para dejarlos expuestos al frío y prended fuego a sus carros para destruir sus provisiones.

»Pero el objetivo principal son los oficiales. Prefiero matar, esta noche, a un solo comandante que a mil soldados. Si matamos a sus comandantes, serán más lentos y torpes, y nos será más fácil abatir al toro.

»Si a alguno de vosotros se le ocurre alguna otra cosa para debilitarlos, hablad conmigo, con el capitán Ryan o con cualquiera de los otros oficiales. El objetivo de esta noche no es tanto matar soldados, pues hay demasiados, sino inutilizarlos, debilitarlos, hacerlos más lentos y arrebatarles la confianza en sí mismos.

»Nuestro principal objetivo es imbuirles miedo. Se trata de hombres que no están acostumbrados a tener miedo. Cuando una persona tiene miedo, comete errores. Esos errores nos ayudarán a matarlos. Mi intención es aterrorizarlos. Más tarde ya os diré cómo.

»Tenéis unas pocas horas para prepararlo todo y luego nos pondremos en marcha. Apostad centinelas a doble distancia. Delante de ellos quiero vigías y exploradores que no pierdan de vista a la Orden Imperial. Quiero informes constantes; no quiero que nada nos coja por sorpresa. Quiero saber todo lo que veis u os encontráis por inocente que parezca; si un conejo salta demasiado alto, quiero saberlo. Del mismo modo que nosotros queremos engañarlos, ellos pueden tratar de hacer lo mismo. No os fiéis de nada.

»Que los buenos espíritus os acompañen. Manos a la obra.

Los soldados empezaron a dispersarse. El aire se llenó de vida con el ruido de sus pasos y conversaciones. Uno de los tenientes estaba cerca y daba órdenes mientras se desabrochaba la chaqueta.

— Teniente Sloan. —El interpelado alzó la cabeza, al tiempo que los soldados se alejaban para cumplir las órdenes—. Aposta inmediatamente centinelas y vigías. Quiero que cualquiera de los hombres que sepa preparar pintura blanca o lechada reúna lo necesario para ello. Necesitaremos grandes tinas. Calentad piedras para caldear el interior de las tiendas.

— Sí, Madre Confesora —repuso el teniente, acatando al punto tan insólitas instrucciones.

— Encárgate de que se preparen carros pequeños con comida y cerveza, pero retenlos aquí hasta que yo te dé la orden.

El teniente se llevó un puño al corazón y, sin decir ni media palabra, se dispuso a obedecer.

Kahlan sentía como si las rodillas fueran a cederle en cualquier momento. Estaba tan cansada por no haber dormido y por haber cabalgado la mayor parte de la noche, por no mencionar la lucha y el terror que había experimentado, que apenas podía enfocar la mirada. El hombro le dolía donde se apoyaba la lanza cuando se había hecho añicos, y los músculos de la pierna izquierda temblaban por el esfuerzo de mantenerse en pie.

Su agotamiento también era mental. La abrumaba la angustia no sólo de la enormidad de la decisión que había tomado —declarar la guerra en nombre de toda la Tierra Central—, sino porque ese vehemente llamamiento a esos jóvenes para que sacrificaran sus vidas había acabado por erosionar sus fuerzas. Pese a la insólita calidez del día, Kahlan se estremeció arropada en el manto de piel.

El capitán Ryan avanzó hacia ella. Chandalen, Prindin y Tossidin observaban la escena desde la parte trasera del carro.

— Me gusta —declaró el capitán con una taimada sonrisa.

El joven comandante saltó del carro y le tendió una mano para ayudarla. Pero Kahlan, haciendo caso omiso de la mano, saltó sola al suelo tal como había hecho él. Fue por suerte más que por otra cosa que lo logró sin caer. No podía aceptar su ayuda, no con lo que estaba a punto de ordenarle.

— Y ahora, capitán, debo darte una orden que no va a gustarte ni pizca. Quiero que envíes un destacamento tras Mosle y sus seguidores —le dijo, mirándolo directamente a los ojos azules—. Asegúrate de que sean suficientes para cumplir la misión.

— ¿Misión? ¿Qué misión?

— Matarlos. Deben fingir que desean unirse a Mosle y sus hombres, para que éstos no se dispersen al verlos. Envía a la caballería detrás, pero fuera de su vista, por si acaso logran refugiarse en el bosque. Una vez rodeados, matadlos. Son setenta y seis. Contad los cuerpos para aseguraros de que todos están muertos. Me enfadaré mucho si uno solo logra escapar.

El capitán la miraba con ojos desorbitados.

— Pero, Madre Confesora…

— Ojalá no tuviera que hacerlo, capitán. Ya has oído mis órdenes. Prindin —añadió, volviéndose hacia los tres hombres barro—, ve con el destacamento. Asegúrate de que todos los hombres de Mosle estén muertos.

Prindin asintió gravemente. Pese a lo ingrato de la tarea, comprendía que era absolutamente necesaria.

El capitán Ryan estaba al borde del pánico.

— Madre Confesora… conozco a esos hombres. Han estado con nosotros mucho tiempo. Vos misma dijisteis que eran libres de marcharse. No podemos…

Kahlan posó una mano sobre el brazo del joven oficial, el cual de repente comprendió la amenaza del gesto.

— Estoy haciendo lo que debo para salvaros la vida. Has jurado que obedecerías mis órdenes. No te sumes también tú a esos setenta y seis.

Al fin Ryan asintió, y Kahlan retiró la mano. Los ojos del capitán lo decían todo; irradiaban odio.

— No sabía que tendríamos que empezar a matar a nuestros propios hombres —musitó.

— Ya no son vuestros hombres, sino el enemigo.

El capitán señaló con gesto airado hacia el paso.

— ¡Van en dirección contraria a donde se encuentra la Orden!

— ¿De verdad crees que irían a unirse con el enemigo abiertamente? Piensan llegar hasta ellos dando un rodeo.

Dicho esto, dio media vuelta y se encaminó a la tienda preparada para ella.

El capitán Ryan, seguido por Chandalen, Prindin y Tossidin, fue tras ella. Aún no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

— Si temíais esa posibilidad, ¿por qué los dejasteis marchar? ¿Por qué no permitisteis que los hombres los mataran aquí mismo cuando tuvieron la oportunidad?

— Porque tenía que ofrecer a todos aquellos capaces de renegar de nosotros y abandonarnos la oportunidad de hacerlo.

— ¿Que os hace pensar que todos los «traidores» se han ido? Podría haber espías o asesinos entre nosotros.

— Sí, podría. Pero en estos momentos no tengo ningún indicio de ello. Si descubro alguno, ya tomaré las medidas oportunas.

Kahlan se detuvo delante de la tienda.

— Crees que tal vez me equivoco con esos hombres, pero te aseguro que no es así. Y, aunque me equivocara, sería un precio que hay que pagar. Si dejamos que se vayan y uno solo de ellos nos traiciona, todos podríamos morir esta noche en una trampa. Y, si morimos, no quedará nadie que pueda detener a la Orden Imperial durante mucho tiempo. ¿Cuántos miles morirían entonces, capitán? Si Mosle y sus seguidores son inocentes, habré cometido un tremendo error, y setenta y seis hombres inocentes morirán. Pero, si estoy en lo cierto, estaré salvando la vida de miles de personas.

1 ... 174 175 176 177 178 179 180 181 182 ... 293
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)