Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– ¡Silver, John Silver! -gritó-, ayúdame.
Yo no podía hacer nada en aquel infierno. Allí estaba Long John Silver, os lo prometo, con su bocaza cerrada. Noté cómo me levantaba todavía más arriba una última ola abismal, quedé suspendido en la cresta de la ola, colgado entre el cielo y el infierno, antes de que la ola tropezara consigo misma y se rompiera en cascadas arremolinadas, arrastrándome con ella. Recuerdo perfectamente que tuve tiempo de sentir la agria y repugnante amargura de la muerte, precisamente yo, que deseaba vivir más que ninguno de los que había conocido.
Cuando abrí de nuevo los ojos, porque los cerré en lugar de mirar a la muerte directamente a la cara, al principio no creí lo que veía. Yacía en una especie de túnel y seguía sujeto a mi tabla de salvación, camino de la luz, de una abertura que no podía ser otra cosa que el otro lado de Old Head of Kinsale. Pero… ¿estaba vivo o muerto?, me preguntaba completamente en serio. Finalmente oí, como un eco en el túnel, el rumor amortiguado del mar por la falda oeste del monte, así como los gritos, ya menos intensos, de los moribundos. Dicho de otro modo, estaba vivo e intenté darle voz a la alegría, pero tenía la garganta contraída por un lazo invisible, de manera que ni el más mínimo sonido habría salido de ella. «Vivo -pensé justo antes de desmayarme, pero entonces conocí otro horror-: vivo, pero mudo.»
Capítulo 8
Cuando volví de nuevo a la vida me encontré con una barba enmarañada, dos hombres preocupados pero con la mirada bondadosa y una cascada de pelo color zanahoria rodeada de un cielo nublado y gris.
– Tranquilo -dijo una voz desde la barba-. Te pondrás bien.
Me fui incorporando con cuidado y me apoyé en el codo. Me dolía todo el cuerpo, desde la planta de los pies hasta la coronilla. No era nada más que un cascajo como el Lady Mary, una astilla lista para el fuego.
El hombre me acercó una botella a la boca y pronto sentí que el ron me quemaba la garganta reseca y caldeaba todo mi cuerpo. Fue como si pudiera seguir su camino a través de todas mis extremidades, hasta llegar al final y redoblar el dolor cuando me devolvió el calor a los dedos de las manos y los pies.
– ¿Dónde estoy? -pregunté.
– En el cabo del Ahorcado -contestó el hombre.
Fue entonces cuando recordé y entendí que, por lo menos, no había perdido la capacidad de hablar. Luego, las palabras del hombre atravesaron mi aturdido cerebro y me llegaron hasta el alma.
– ¡El cabo del Ahorcado! -repetí-. Yo no he hecho nada.
Por todos los diablos, cómo se rió de mí aquel hombre, y ante mis propias narices. ¡Reírse de un pobre hombre medio muerto!
– Seguro que sí -dijo-, si tienes tanto miedo del verdugo después de lo que has pasado. Pero no te inquietes. Aquí, que yo sepa, nunca ha habido ninguna horca.
Silbó a modo de señal y enseguida aparecieron otros dos hombres de aspecto tosco. Me envolvieron en una manta y me llevaron como a un niño. A estribor vi que se levantaban dos colinas boscosas. A babor oí un crepitar de hogueras que se fue desvaneciendo a medida que nos alejamos. Los hombres hablaban una jerga rara, pero el que me había encontrado me explicaba de vez en cuando, en inglés, dónde estábamos y adonde nos dirigíamos.
– Aquí, buen hombre -dijo después de un rato-, aquí se encuentra Tobar na Dan, o sea, la fuente del poeta. Aquí estuvo uno de nuestros trovadores tocando el arpa y contando historias. Recorría las tierras y los reinos contando sus historias, pero siempre volvía a su fuente. Volvió incluso para suicidarse; se ahorcó, y de ahí le viene el nombre al cabo, no porque se cuelgue a la gente corriente como tú y como yo.
– ¿Se colgó? -balbucí yo nada más resucitar de entre los muertos-. Pero ¿por qué diablos tenía que existir alguien que quisiera arriar las velas voluntariamente?
– Nadie lo sabe -contestó el hombre-, pero el trovador tenía problemas de memoria. Se le olvidaban sus historias, se equivocaba y tenía que volver a empezar desde el principio. Alguien lo había visto arrancarse de cuajo un trozo de pelo y arañarse las manos hasta hacerse sangre de rabia y desesperación. Aquellas narraciones tenían más de mil años y habían sido contadas palabra por palabra desde tiempos inmemoriales. El trovador vivía de recordarlas, y ¿qué iba a hacer si olvidaba? ¿Contar historias distintas? ¿Inventarse otras nuevas? No se lo habrían perdonado.
– Esto es Eastern Point -dijo el hombre al rato-. La entrada a Kinsale. Allí fuera está Bulman Rock, como un grano feo. Enfrente ves la isla de Sandy Cove, y detrás está el mismísimo Sandy Cove, el cabo más bonito de los escondidos, de fácil acceso incluso por la noche.
– ¿Por la noche? -pregunté.
– A veces, a la buena harina le sienta mal la luz -dijo el hombre, riéndose con los otros.
Me dormí y no abrí los ojos hasta la mañana siguiente; desperté acostado en un jergón de paja, envuelto entre burdas sábanas, y no muy lejos de un fuego chisporroteante que me calentaba el cuerpo entumecido y maltrecho. De verdad que en toda mi vida los recuerdos no me han hecho sufrir, y mucho menos he vivido de ellos, pero si hay algo aparte de mi pierna que de vez en cuando ha vuelto a mi pensamiento, debo decir que fue aquel instante. Frustrar las esperanzas de la muerte de pillar a uno como yo fue casi como tocar el cielo con las manos.
Tampoco estuvo mal cuando abrí ya del todo los faros y vi una dulce cara de mujer. La chica no dijo nada, pero sonrió y desapareció por una puerta por donde entraba el sol, Al trasluz se transparentaba su blusa blanca de algodón y su larga falda, de manera que tuve un fugaz atisbo de su silueta. Al rato volvió con algo de comer y de beber, y después apareció el hombre que me había salvado la vida, porque eso era en realidad lo que había hecho.
– Gracias -fue lo primero que pronunciaron mis labios agrietados.
Sólo sacudió la cabeza como si le restara importancia, y me preguntó cómo me sentía. Le dije cómo estaban las cosas: que estaba vivo y que no hacía falta añadir nada más sobre esa cuestión.
– Me llamo Dunn -se presentó el hombre-. Esta es mi hija Elisa, y te encuentras en Lazy Cove, cerca de Kinsale.
Asentí con un gesto y estuve a punto de decirle mi nombre, pero enseguida me vi contándole que conocía al capitán Wilkinson y que pretendía hacerme cargo de su barco, y que por tanto era un amotinado, y se podía colgar a cualquiera por mucho menos.
– Eres bienvenido; puedes quedarte aquí cuanto quieras, todo el tiempo que necesites -dijo Dunn.
– Os puedo ser útil -aseguré, y traté de coger mi cinturón. Ya no estaba.
– El cinturón está debajo de tu cama -me dijo Dunn-; bueno, lo que quedaba de él cuando te encontramos.
– Era lo que me quedaba de mi padre -aclaré aliviado-. Creo que era herencia del contrabando. Y de diez años de amargo y duro trabajo en el Lady Mary.
– No me importa de dónde viene tu dinero -dijo Dunn-. Puedes aportar un chelín por la comida, si lo consideras necesario, y asunto zanjado.
Y menos mal, puesto que me habría costado dar una explicación congruente. Me acogieron sin más requisitos que el de estar medio muerto y ser incapaz de arreglármelas por mí mismo. Habían visto mi fortuna, o lo que quedaba de ella, pero comprendí que el trato de persona respetable que me otorgaban era desinteresado.
– ¿El Lady Mary no traía tabaco desde Charleston? -preguntó Dunn.
– Sí -respondí-. Se hundió ayer frente a Old Head of Kinsale, con los hombres y con todo, excluyendóme a mí, claro. Me arrojaron por la borda antes de que el barco fuera a dar contra el acantilado y se hiciera trizas.
– Nos lo temíamos. Hoy hemos visto salir varios barcos desde Sandy Cove. Fue imposible salir ayer con la tempestad que había, incluso para nosotros, que estamos acostumbrados a las aguas bravas de por aquí. Nunca había visto una galerna que comenzara tan de repente y con tanta violencia. Fue una suerte que dierais la vuelta a Old Head. A lo mejor se ha salvado alguien más.