Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Me gustaría que aprendieras cómo es esto de por aquí -dijo Dunn-. Para salir con bien en nuestro negocio, tenemos que saber más que los de aduanas. Astucia y conocimientos, ése es nuestro seguro.
– En realidad, nada nuevo para ti -añadió Elisa.
– ¿Ves aquella pequeña bahía que se abre a babor? -preguntó Dunn-. Es Cuis an Duine Bhaite, la bahía del Ahogado. Los que viven cerca aseguran que todavía se oyen los gritos y las llamadas de socorro cuando hay tormenta.
Aquello me sentó como una patada. Dunn no tenía mala intención, pero podría haber pensado un poco. Para un alma como la mía no era agradable que te dijeran de sopetón, sin más preámbulos, con cuánta facilidad un cuento de viejas se convierte en realidad. Con una vez es suficiente cuando se quiere vivir como yo quería.
– La bahía grande se llama Bullen's Bay -continuó Dunn tan campante, sin darse cuenta de mi malestar-. Aquí se puede fondear con vientos del este y del sur, pero hay que ir con cuidado con las rocas de la banda sur. Las evitas cuando vas alineado con Bottom Point, allá abajo, ¿lo ves?, un cabo abovedado.
– Llamado así -apuntó Elisa- porque parece un culo al revés. Es traicionero; por lo tanto, siempre pensaré en él como si fuera un soldado británico con los pantalones bajados. Siempre viene bien cuando uno empieza a estar cansado, de vuelta a casa, y tiene dificultades para mantener los ojos abiertos.
Navegamos muy cerca de un islote y nos deslizamos hasta la siguiente bahía.
– Esto es la bahía de Holeopen, el mejor sitio para anclar desde el suroeste al noroeste. Aquí se puede dejar una taza de té en la mesa aunque el viento sople del otro lado del istmo. Se mueve algo, porque un poco de marejada siempre llega hasta aquí. Te lo enseñaré.
Dunn se acercó a las rocas suavemente y entonces comprendí lo que quería decir. En la montaña, justo a través de la montaña, vi la parte baja del sol que se estaba poniendo en el mar, al otro lado.
– El mar ha logrado colarse a través del istmo -prosiguió Dunn-. Cuando sube la marea se puede incluso atravesarlo remando sin peligro. Por eso la bahía recibe el nombre de «agujero abierto».
No contesté. Sentía un murmullo en la cabeza, el pecho me estallaba. Me había visto morir una vez y creía que jamás tendría que volver a pasar por una experiencia igual, pero en ese momento comprendí que nada puede hacerse si la muerte nos ronda, que al menos por esa vez me había librado de la tumba. Había sido Elisa la que me hizo olvidar que sólo se tiene un pellejo que cuidar mientras uno sigue con vida.
– No es imposible que alguien pudiera salvar la vida yendo por ese camino en lugar de ser aplastado contra las rocas del otro lado -continuó Dunn-. Lo he pensado mucho, John, y tiene que haber sido así. Puedes dar gracias al Cielo por haber sobrevivido.
– ¿Y a quién tengo que darle las gracias por los que no sobrevivieron? -dije, y me salió del alma.
– No era eso lo que yo pensaba -replicó Dunn tranquilamente-. Pero tienes que aprender a vivir sabiendo que eres tú quien sobrevivió, y no hacerte reproches.
– Sí -dije-. Claro que sí. Yo… y el capitán Wilkinson.
Ya de regreso iba triste, y ni siquiera Elisa lograba animarme, pero les dije tanto a ella como a Dunn que no se preocuparan por mí, que me había ido bien volver a ver mi propia muerte y que pronto olvidaría que alguna vez había creído que me había llegado el fin.
Amén. Lo que no comprendía es que era como hablar con una pared. Probablemente se imaginaban que me enseñarían a vivir de nuevo. No entendían que ya era suficiente enseñanza estar a un paso de la muerte, y que no necesitaba a nadie en este mundo para saber que seguía vivo.
De nuevo en Lazy Cove, les dije a los dos que quería estar solo y subí hasta el fuerte. Alcancé los muros altos e inclinados y vi algunos soldados de uniforme rojo chillón dibujarse en el mojinete. Se me ocurrió saludarles con la mano, pero no me devolvieron el saludo. Estaba prohibido, supuse. Según Dunn, el gobernador del fuerte, Warrender, era un prodigio de decretos y estipulaciones y tenía una sola religión a la hora de vivir la vida: disciplina y más disciplina.
«Están ustedes aquí para aprender a obedecer sin pensar», ésas eran siempre sus primeras palabras a los nuevos reclutas que iban allí para aprender antes de que, ya formados y obedientes como pocos, se les enviara a las colonias o se les convirtiera en soldados de la Marina, los únicos para los que era un honor cumplir órdenes.
Rodeé el fuerte por la parte oeste y me senté en una roca con la espalda apoyada contra el muro. El sol se había puesto detrás de Compass Hill, pero todavía había luz, y hacía ese calorcillo tan característico de Irlanda en los primeros días de verano. A proa estaba la ciudad de Kinsale, prohibida para mí, y a babor veía el Atlántico, que tenía el brillo más intenso del rubí con la última luz del sol; a estribor se ocultaban las casas de Summer Cove detrás de las verdes y fértiles colinas que le hacían a uno desear, pensándolo con tranquilidad, haber nacido vaca o quizás oveja. Era precioso, como lo que escribían los poetas cuando se hartaban de las personas, cosa que ocurría con facilidad, diría yo, y quizás a mí también me producía cierto alivio.
Me quedé adormecido como si me hubiera vuelto imbécil, porque ¿qué es uno si deja de pensar? Pero como si no me estuviera concedido ese deseo, me desperté de la somnolencia con un disparo de un mosquete. Agucé el oído y al principio no oí nada, pero después me llegaron una o dos órdenes bruscas seguidas por un silencio que se rompió con el alarido penetrante de una mujer que me puso los pelos de punta.
Un instante después oí un nuevo ruido que me hizo levantar la cabeza y mirar hacia la parte de arriba del muro, justo encima de mí. Y ¿qué ven mis ojos, sino una novia con faldas blancas y diadema, a punto de lanzarse al vacío? No sé si dudó en el último y enloquecido segundo, o si no era más que una perturbada mental, pero no hubo vuelo artístico. Se tambaleó, dio un traspié en la cumbre y con un grito que me llegó hasta la médula de los huesos cayó por el escarpado y empinado muro de más de nueve metros de altura.
Me entraron las prisas y apenas me dio tiempo de esquivarla cuando aterrizó con un crujido amortiguado de huesos rotos y salpicaduras de sangre. Arriba, en la cima, se asomaron varias cabezas que gritaban y maldecían, se lamentaban y blasfemaban, lloraban y se quejaban. Me acerqué a la mujer de blanco, me arrodillé y le tomé el pulso. Estaba tan muerta como las piedras contra las que se había aplastado.
No supe qué hacer, si poner los pies en polvorosa o quedarme. Pero antes de decidirme por una u otra opción oí unos pasos apresurados que se acercaban, y al instante apareció un uniforme rojo a mi lado, un oficial a juzgar por las charreteras y otros oropeles.
– ¿Cómo está? -preguntó con voz temblorosa.
– No sé qué decir. Yo creo que muerta del todo.
El oficial suspiró profundamente.
– ¡Qué desgracia! -clamó-. Será tremendo para el gobernador.
– ¿Por qué? -pregunté.
– Es su hija.
Dos soldados rasos aparecieron sin aliento y le saludaron sin echar ni una mirada a la muerta. Probablemente no se atrevían a hacerlo sin una orden expresa.
– ¿Serán tan amables de comunicar al mayor Smith que la señorita Warrender está muerta? -dijo el oficial-. Pídanle que envíe a dos hombres con una camilla aquí abajo. ¡En marcha!
Los dos soldados le saludaron de nuevo, dieron media vuelta y salieron corriendo sin haber recobrado el aliento.
– No quisiera estar en la piel del gobernador cuando le den la noticia -comentó el oficial mirando a la señorita.