Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– ¡Más deprisa! -gritaba el capitán Wilkinson en medio de todo el caos-. Tenemos que salvar el barco.
Ni siquiera entonces pensaba en su pellejo o en el mío. Habíamos abierto una herida en medio de la madera del palo mayor cuando descubrí que una grieta se prolongaba arriba.
– ¡Ahora! -gritó el capitán Wilkinson-. Un hachazo más y después apártate.
Alcé el hacha, asesté un golpe y retrocedí de manera que caí desplomado a sotavento, sobre el imbornal, con el agua hasta las orejas. Esta vez oí el estruendo cuando el palo mayor se destrozó y noté cómo empezaba a enderezarse el Lady Mary, aunque tan despacio que parecía no acabar nunca. Pero nosotros estábamos todavía sujetos a los aparejos y el mástil que había quedado colgando en un costado se convirtió en una peligrosa ancla flotante que en cualquier momento podía hacer trizas el barco.
– ¡Liberad el obenque! -oí aullar al capitán Wilkinson, y el grito se transmitió de boca en boca, porque ninguna voz llegaba más allá de un metro, ni a favor ni en contra del viento.
Parecía como si hubiera nacido una esperanza, porque el aparejo desapareció en el agua antes de que me diera tiempo de encontrar mi hacha. Los timoneles, que se ataron al timón para no caer al agua cuando la rueda se desbocó en una brusca inclinación, devolvieron al Lady Mary al único rumbo en que podíamos bregar. Estábamos mareados y sin salvación, pero todavía a flote.
– Suelten amarras, sondas a popa y relevo en las bombas -ordenó el capitán Wilkinson, que de nuevo estaba en su puesto de mando, en el castillo de popa, a estribor.
En ese momento pensé, como todos los demás, que el capitán era sobrehumano, y que estaría para siempre en la cubierta de popa del Lady Mary como una talla de madera.
Apareció el carpintero y comunicó que el agua había subido hasta la cubierta de carga, y que había abierto un boquete en la bodega del lastre, por debajo de la línea de flotación. El capitán Wilkinson le ordenó que llevara más hombres a las bombas y que se relevaran más a menudo.
A estas alturas, yo ya me había recuperado y podía echar una mano. Fui hasta la pizarra y cogí una tiza blanca, medio deshecha, que seguía en su lugar gracias a su textura pegajosa.
Bajé hasta la bodega de carga a tientas, con el agua hasta la cintura. Arriba oí a los hombres cantar para darse ánimos y no perder la esperanza, pero no les salía más que un desalentado graznido que no lograba engañar a nadie. Llegué hasta la escala que llevaba al compartimento de bombeo. Con la mano palpé la zona en que todavía estaba seca la brea, cogí la tiza y tracé una línea blanca y gruesa. Después subí, abrí la trampilla y me encontré ante diez hombres medio desnudos, sudorosos, con el cuerpo enrojecido por el esfuerzo y con un miedo cerval en sus ojos inexpresivos. Me miraron como si fuera yo el mismísimo Caronte, y algo de verdad había en ello, aunque mi propósito fuera otro. Pero también vi otra cosa, supongo que respeto, que provenía de mi forma de utilizar el hacha en el palo mayor.
– Compañeros -empecé-, no le queda mucho a este barco. Se va a hundir sin remedio. Pero si queréis saber mi opinión, no hay ningún motivo para que arriemos la bandera con él.
– El capitán Wilkinson está loco -me gritó a la cara Winterbourn-. Moriremos en las bombas para salvar su viejo cascarón.
– No si depende de vosotros para salvarlo -le respondí también gritando-. Creo que ya sé lo que piensa: intenta llegar a Old Head of Kinsale y anclar tras doblar el cabo, hasta que amaine este maldito vendaval y nos puedan remolcar hasta Kinsale.
– ¿Qué pasará si no lo conseguimos? -preguntó Winterbourn.
– Lo mismo que si dejáis de bombear: nos hundiremos aquí mismo, ni más ni menos. ¡Oídme bien, buena gente! No pienso arriar la bandera esta vez, eso seguro. Y sabéis que soy un hombre de palabra. Si bombeáis todo lo que podáis, como si os fuera en ello la vida, y os juro que así es, os prometo que yo también cumpliré.
– ¿El qué? -preguntó Winterbourn, ahora un poco menos obstinado.
– Si no podemos llegar a Old Head, os prometo embarrancar el barco en una playa para que podáis llegar a tierra con los zapatos secos. En caso de que os queden los zapatos puestos, claro.
– ¿Y qué dice Wilkinson de eso?
Era Balthorpe, uno de los marineros ingleses que, a diferencia de nosotros, los galeses, los irlandeses y los escoceses, sentía debilidad por la obediencia.
– Cuando llegue la hora -dije pensando en la línea que había marcado-, será el capitán Wilkinson quien obedezca mis órdenes.
Se oyó un murmullo, pero eran mayoría los que preferían creer en mi palabra, como yo mismo, porque aún no había aprendido bien la lección.
– Y no olvidéis una cosa. Si el barco embarranca, tenemos todo el derecho de llevarnos lo que queramos de la carga. Seremos hombres libres y pudientes. ¿Qué decís a eso?
– Estoy contigo -dijo Winterbourn, que además de pendenciero y terco era la codicia personificada.
– Yo también.
Se oyeron más voces y por fin también el obediente Balthorpe. Abrí la escotilla.
– Mirad -dije-. Ahí abajo, en la escala, hay una línea que marca hasta dónde está seca la brea. Si el agua sube por encima de la línea, sólo nos queda arriar bandera y morir. ¿Está claro?
Todos asintieron con la cabeza. Tontos no eran, pero no sabían por qué era bueno vivir, y como marineros no tenían mucha vida a la vista, aunque sí sabían luchar por ella; bastaba con que alguien como yo les infundiera un poco de ánimo.
Para demostrar que hablaba en serio me fui hasta una de las bombas y empecé a accionarla a tal velocidad que Curwen, el más joven y canijo, tuvo dificultades para seguir mi ritmo. Creo que lo levantamos del sollado. Al final encontró el ritmo y cooperó con los músculos invisibles que debía de tener en el cuerpo, a pesar de todo, para poder sostenerse de pie. Harry el Polea, llamado así porque con su enorme corpachón era el doble de fuerte que los demás, accionaba la bomba a un ritmo que duplicaba el del resto. Daba gusto verlos. ¡Y que aquellos hombres necesitaran capitanes y látigo para ponerse a trabajar!
Tras medio reloj de arena, cuando aún nos quedaban algunas fuerzas a todos menos al pequeño Curwen, que ya estaba medio muerto, les dije que pararan.
– El siguiente grupo, en marcha.
Los cuatro con los que yo había bombeado se tiraron al sollado jadeando. Fui a buscar un tonel de agua y la repartí. Después trepé por la escala no sin inquietud ni angustia, ya que yo no era más que un hombre, y miré la línea. Estuve allí bastante rato, hasta estar seguro del todo, con el agua chapoteando al compás del balanceo del Lady Mary. Pero estaba en lo cierto. El agua había bajado.
Subí la escala en tres zancadas.
– Muchachos -grité-, hemos bajado una pulgada. La de la guadaña ya puede ir buscando a otras presas, porque con nosotros no puede.
Vitorearon de todo corazón. Miré alrededor. Ahora sí que llegaríamos a Old Head, no cabía ninguna duda.
– Si continuáis así -dije-, los carpinteros pronto podrán embozar las vías de agua. Muchachos -añadí-, todo irá más despacio si sudáis tanto como Curwen. Sólo así se gana una pulgada más por cada grupo.
Los demás se rieron, pero no de Curwen, que me sonreía agradecido, creo yo, como si le hubiera hecho un favor, aunque yo sólo pensaba en salvar mi pellejo.
Cuando subí a cubierta casi me había olvidado de lo mal que estábamos. Las olas provocaban un sinfín de sacudidas, un continuo resonar, un caos fustigante que se levantaba por encima de la cubierta. Sobre las crestas de las olas avisté un cabo escarpado que se confundía con la espuma blanca que, durante breves segundos, se aferraba a sus rocas para precipitarse inmediatamente después.