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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– Sólo se ha encontrado un superviviente del Lady Mary -dijo-. Es el capitán Wilkinson. Afirma que el barco se hundió porque la tripulación se amotinó. Y que el responsable del motín fue un tal John Silver.

Vaya, con que eso decía aquella asquerosa y mentirosa carroña. O sea, que así había pensado defenderse de su mala reputación: mandándome a la horca si estaba aún con vida o ensuciando mi buen nombre si hubiera muerto. ¡Él, que no había movido ni un dedo por salvar mi preciada vida!

No debí de ofrecer una visión agradable, ya que tanto Elisa como Dunn dieron un paso atrás, pero ella se adelantó enseguida y me puso la mano sobre la mejilla. Algo se me quebró por dentro: yo, más tarde temido y odiado por tantos, rompí a llorar como un chiquillo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? O esto, o salir tras Wilkinson y matarlo con mis propias manos -que por aquel entonces ya podían compararse con las del capitán Barlow- con lo que sólo lograría que me colgaran.

Con el llanto vino también el maldito recuerdo del pequeño Curwen, que estaba en el castillo de popa y fue el único que miró por encima de la borda para ver qué había sido de John Silver, a quien según sus propias palabras le importaba un rábano el Lady Mary, con aparejos y tripulación, desde la quilla hasta el punto más alto de los mástiles que ya no existían, incluido el pequeño Curwen.

– ¿No es una maldición -gritó Dunn- que tiranos como Wilkinson sigan con vida cuando se mueren los marineros? Wilkinson, uno de los más endemoniados que surca los mares. ¡Mierda!

El arrebato de Dunn me devolvió a la realidad.

– ¿Conoces a Wilkinson? -pregunté.

– ¿Y quién no? -me respondió-. De todos los navegantes ¿quién no ha oído decir que el capitán Wilkinson es peor que el mismísimo Diablo? Y lo digo suponiendo que al diablo le diera por hacerse a la mar. Sonrió con amargura-. Pero ¿por qué se iba a preocupar el Diablo por Wilkinson y otros como él, que ya llevan su estandarte bien alto?

Dunn me pasó un brazo por los hombros.

– Tenemos mucho de qué hablar. En primer lugar, hay que inventar una nueva vida para John Silver, que según tengo entendido se fue a la tumba anteayer y que no resucitará hasta dentro de un tiempo.

Entramos y nos sentamos junto al fuego. Dunn me pidió que le explicara mi historia de cabo a rabo, que ahora era realmente el final, ya que John Silver tenía que irse a la tumba. Se lo conté todo tal y como había sido, excepto mi viaje milagroso a través de la montaña, porque ¿quién se lo iba a creer?

– Cuando llorabas antes, ¿era por Curwen? -preguntó Elisa cuando hube acabado.

– ¿Por qué iba a hacerlo? -respondí yo-. En todos los viajes mueren marineros; es la ley del mar. Es una pena, supongo, pero no más por uno que por otro.

– No necesitas defenderte -dijo Dunn-. Sea como fuere, ya tenemos bastantes accidentes por hoy. Ahora se trata de John Silver.

– Se queda aquí -resolvió Elisa sin dudarlo.

La miré fijamente.

– ¿Qué miras? -preguntó.

– Desde luego, no te entiendo -contesté.

– No -dijo-. ¿De qué te iba a servir?

Capítulo 9

Cuando acabé de explicarles a Elisa y a Dunn lo relativo a mi, hasta entonces, corta vida, Dunn fue hacia uno de los cofres que estaban repartidos por toda la casa, y que hacían de mesas o de sillas, según se conviniera. Volvió con una botella de coñac.

– Recién llegada de Francia -dijo al dejar la botella y tres vasos.

– ¿No estamos en guerra? -pregunté.

– ¿Quiénes? ¿Nosotros? -contestó Dunn-. Yo no he firmado ninguna declaración de guerra. Prefiero tomarme un vaso de vino o de coñac de vez en cuando. Y no soy el único, ni en Irlanda ni en Inglaterra.

– Desde luego, son tantos que a lo mejor se puede vivir de eso -insinué.

– Quizá. Los ingleses dicen que Kinsale y Cork son nidos de contrabandistas, pero no saben qué hacer para solucionarlo. No me extrañaría que un día nos prohíban pescar o ser propietarios de los barcos. Porque tienes que saber, John, que a los ojos de los ingleses, Irlanda no vale más que cualquiera de sus colonias en África o en la India. Mi abuelo estuvo en la batalla de Kinsale, en 1601. Seis mil quinientos irlandeses a las órdenes de O'Neill y un millar de españoles en el mismo Kinsale resistieron frente a cuatro mil ingleses que habían cercado a los españoles durante tres meses. Estalló la Nochebuena entre truenos y lluvia. En tres horas lo perdimos todo: el honor, la fe en nosotros mismos, nuestras antiguas tradiciones, nuestra forma de vivir. Si O'Neill hubiera vencido a Mountjoy quizá todo habría sido diferente.

– Mi padre era irlandés -dije.

– Lo sé -contestó Dunn y sonrió ante mi aire de desconcierto-. No me interpretes mal, no he estado por ahí fisgoneando. Pero cuando me dijiste tu nombre, y que el dinero del cinturón era herencia del contrabando, até cabos. Había un tal Silver en Cobh, y solía navegar hasta Francia. Era un hombre aventurero, admirado por muchos. Mi propio padre navegó con él durante un par de años, cuando yo aún era demasiado joven para recordarle. Pero recuerdo que mi padre acostumbraba decir que era difícil encontrar a un hombre mejor que Silver.

Dunn y Elisa me miraron como si estuvieran contentos de que yo hubiera tenido un padre al que admirar. ¡Y yo que siempre lo había mirado por encima del hombro, hablando literalmente y también en otros sentidos!

– Está muerto -comenté simplemente-. Se mató con la bebida. O casi.

– ¡Qué lástima! -dijo Elisa. Yo guardé silencio.

– Bueno, ahora se trata de saber qué vamos a hacer con John Silver -dijo Dunn cambiando de tema, creo que por consideración-. En realidad deberías quitarte de en medio hasta que Wilkinson haya desaparecido de Kinsale.

Miré a Elisa. Dunn acompañó mi mirada y sacudió la cabeza.

– Me imagino que se hará lo que diga Elisa, como siempre, aunque no sea lo que más nos convenga. No me extrañaría que Wilkinson tenga a gente por ahí buscando tu cadáver, para estar seguro de que no hay supervivientes, porque si se hubiera salvado alguien de la tripulación, no quisiera estar en el pellejo de Wilkinson, eso seguro.

Dunn se detuvo. Probablemente a los tres se nos ocurrió pensar que yo sí había sobrevivido, y que tenía todo el derecho del mundo de vengarme ante Dios y ante los hombres.

– Déjalo vivir -dije-. Llegará un día en que se entere de que John Silver sobrevivió al naufragio. Eso será suficiente castigo, porque a partir de entonces siempre tendrá miedo de que la verdad salga a la luz.

Noté cierto alivio tanto en la cara de Dunn como en la de Elisa.

– Está bien -dijo Dunn-. Es más que suficiente que mi hija se haya prendado de un amotinado.

– Me puedo ir -sugerí-. Puedes estar seguro de que John Silver no es de esos que navega como si fuera una mercancía.

– Dices muchas tonterías -respondió Elisa.

– No hablemos más del asunto -replicó Dunn-. El caso es que yo tengo un barco y además me dedico al comercio, no sé si me explico. Es un balandro de Kinsale llamado Dana, de veintiún metros de eslora, un cúter rápido y capaz como pocos, hecho para cualquier excursión a Morlaix, Brest y Saint Malo. Tendrías que ver cómo hiende su afilada proa en las olas del Atlántico, como si fueran de mantequilla, o sentir cómo se escora, y la velocidad que alcanza cuando el mar se lo permite. Es muy diferente a los balandros de Galway, que flotan como un corcho en las ensenadas cabrilleantes de allá arriba. No, el balandro de Kinsale está hecho para alta mar, y cuanto más carga mejor navega. Es una auténtica satisfacción gobernarlo. ¿Tú qué dices, Silver?

No entendí lo que se proponía. Yo nunca había oído hablar a nadie con afecto de un barco. A bordo del Lady Mary, al menos lo que se avistaba desde el mástil, todo era ataúd, barco de sangre, montón de leña, barco de la muerte, infierno flotante, cedazo rezumante, matadero, puta rebelde, navegante torcido, cáscara de caracol o cosas peores.

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