Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Nadie dijo nada; nadie excepto yo, que por primera vez levanté aquella voz que luego se haría famosa por alzarla ante las masas como nadie osaría hacer por carecer de la fantasía y el designio necesarios.
– ¡Un hurra por el capitán Wilkinson! -grité a los cielos.
Y los hombres, primero apáticos y luego enérgicos y llenos de fuerza por el efecto de mi arenga, lanzaron un estruendoso hurra por el capitán Wilkinson, el último hombre en la tierra que se merecía un hurra.
Por un instante el capitán Wilkinson estuvo a punto de perder el aplomo. Dio un paso hacia atrás como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Pero enseguida recuperó el aplomo y gritó a pleno pulmón.
– ¡Silencio!
Naturalmente se hizo un silencio sepulcral, ya que estábamos con un pie en la tumba.
– No tenemos tiempo para hurras -continuó-. Os preguntáis por qué no nos movemos, y es por una sola razón: el viento que sopla a popa rompería las velas antes de que os diera tiempo de atar la mitad de los nudos que tendríais que atar. Y a una buena parte de vosotros se los llevaría el viento cuando las velas se hincharan. Así que… -miró una vez más por encima del hombro-. La guardia de babor, a las bombas. La guardia de estribor, que suelten todas las velas que sea posible. Que todos los remeros desatraquen a la vez, amarrados, claro está. Cuando flameen todas las velas, que la mitad de la guardia de estribor apareje las cuerdas salvavidas. La otra mitad, que prepare la vela de tormenta, así veremos si hay algún mástil donde la podamos montar cuando llegue el momento. No necesito añadir que debéis ir raudos como diablos. Hasta ahí supongo que entendéis.
El primero de a bordo dio las órdenes a gritos, salpicando saliva. Las velas azotaban y restallaban cuando se daban las escotas. Yo, que era el contramaestre del barco, siempre dispuesto, sin pertenecer a ninguna guardia, tuve tiempo de darme la vuelta y mirar a popa. Para mi horror, no era solamente una ventisca, un viento fuerte con el cielo claro y blanquecino. Era una tormenta enfurecida que haría cualquier cosa por liquidarnos a todos, incluido yo. Lo comprendí cuando miré a Bowles, el más viejo y experimentado de a bordo, cuya expresión era nuestra unidad de medida de las tormentas y de las olas. ¡Lo vi hincarse de rodillas y rezar! ¡El, que no había rezado una oración en toda su vida! ¡El, que siempre había jurado que su único credo era la brújula! ¡Él, que nos había enseñado a todos que la mejor manera de hundir un barco era perder el tiempo pidiendo ayuda al Padre de los cielos! ¡Y ahora rezaba!
Al mismo tiempo, el capitán Wilkinson abandonó su puesto a estribor y con paso tranquilo se dirigió hacia mí.
– Silver -dijo con tono frío-, ¿por qué pidió usted un hurra? ¿Por qué vitorearon los hombres?
– No lo sé, señor -respondí-, pero posiblemente fue porque necesitaban que se les infundiera valor y esperanza.
– ¿Valor y esperanza? ¿No es suficiente con que les amenace con la muerte?
– Si me permite, señor, cuando creen que van a morir de todas formas, eso no es suficiente.
El capitán Wilkinson me miró directamente a los ojos.
– ¿Está usted seguro que no vitorearon por mí?
– Sí, señor, estoy seguro. Véalo usted mismo.
Señalé a Bowles, que todavía estaba arrodillado rezando.
– Se dice que cuando un marinero reza es que ya no hay esperanza -aclaré.
El capitán Wilkinson miró a Bowles como si fuera un cobarde indigno.
– Y usted Silver, ¿por qué no reza?
– ¿A quién le iba a rezar? -pregunté-. ¿A usted?
Y entonces el capitán Wilkinson soltó una carcajada que sonó como el aullido de un perro, la primera carcajada que le oía en la vida.
– Silver -dijo cuando acabó de reír tan repentinamente como cuando se calla un cañón-, habría que asegurarlo, ya se lo dije. No resulta fácil encontrar hombres como usted.
Después se dio la vuelta hacia cubierta.
– ¡Bowles! -gritó-. Espero por su propia alma que me esté rezando a mí y a nadie más.
Bowles dio un respingo y miró hacia arriba con cara de susto.
– A sus órdenes, señor -dijo-. A sus órdenes.
– Silver -me dijo el capitán Wilkinson-, quizá sería conveniente que me ayudara usted en el timón cuando esto se complique. Por todos los diablos, no creo que haya nadie más que se preocupe de que el Lady Mary flote o se hunda.
No se dijo nada más hasta que la tormenta estuvo encima de nosotros y rompió las ya ondeantes velas como si fueran pañuelos de encaje. El palo mayor cayó con un estruendo que quedó ahogado debido a los alaridos del viento. En cubierta cesó toda actividad. La tripulación se arrodilló, pero no ante Dios, sino ante el viento. Todas las miradas estaban clavadas en el palo mayor, cuya punta se había ya resquebrajado y cuyo pie vibraba de un modo muy preocupante. Éste era el punto neurálgico del barco, pensaban los demás con espanto, y yo no era una excepción.
El capitán Wilkinson iba de un lado a otro hecho una furia, pasando entre los que estaban de rodillas o tendidos. No sé cómo se las arregló cuando ya no podía amenazarlos con la muerte, ya que era incapaz de convencerlos con la vida, pero en medio de la lluvia que azotaba hasta el último grumete, rápidos como ratones, en medio del estrépito y los bramidos del viento ensordecedor, por la cubierta que se movía como un péndulo y daba bandazos hasta las amuras, en medio de la espuma y la sal que mareaba como la nieve y el granizo, en medio de todo esto, el capitán Wilkinson, asestando patadas y golpes, gritando y maldiciendo, consiguió que la mitad de la guardia de babor se pusiera en marcha en las bombas, y que la otra mitad, arrastrándose, agachándose, jurando, tensara los cabos y estirara los obenques todo lo posible.
La enloquecida excursión del capitán Wilkinson, yendo de un lado para otro para salvar su barco, hizo que la opresión que me asfixiaba estallase en pedazos. Si un tipo como él podía escupir en la cara a la muerte, si era capaz de mofarse de ella por un montón de tablas, hubiera sido una vergüenza que yo no hubiera hecho lo mismo por salvar mi pellejo; yo, que poco antes había imaginado que ya me había llegado la hora de vivir en cuanto llegara a tierra firme.
A partir de ese momento estuve en todos los sitios del barco para ayudar y animar a los demás. Mi voluntad de sobrevivir se convirtió en rabia, una furia caldeada hasta el extremo de que incluso el capitán Wilkinson retrocedió un paso cuando se cruzó en mi camino.
El agua negra y grisácea entraba ya sin parar en cubierta, y las pesadas olas daban contra el bordaje como si fueran los flancos de un barco de línea. La tierra había desaparecido de la vista bajo la lluvia pertinaz, que nos daba latigazos en la cara como si fuera granizo, y no tardó en pasar lo inevitable. Cuando bajaba la cresta de una ola que parecía acabar en un abismo, perdimos la dirección del timón y el Lady Mary fue lanzado de través. Nos escorábamos más y más, más de lo que ningún navío puede aguantar, y en medio del rugido, del estruendo, del estrépito y el griterío oímos el primer ruido sordo de los lastres, que empezaban a desplazarse hacia sotavento.
Bowles, el malvado predicador del juicio final, gritó que todo estaba perdido y cayó de nuevo de rodillas, con las manos unidas en una plegaria. Yo ya trepaba como un mono por el palo mayor, por el cordaje de barlovento, cuando vi al capitán Wilkinson hacer lo mismo a sotavento enarbolando un hacha. Y le vi tomarse su tiempo para asestarle tal hachazo a Bowles que el hombre desapareció en el agua con las manos juntas y todo. A mi entender fue una medida justa, y vi que los demás opinaban como yo. No era de recibo que los que se habían rendido arrastraran consigo a aquellos que luchaban por sus vidas sin la ayuda de Dios ni de nadie.
El capitán Wilkinson y yo alcanzamos la copa del palo mayor al mismo tiempo, mientras los hachazos silbaban al aire como rayos.