Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– No dimos la vuelta -puntualicé yo en voz baja-; fuimos por West Holeopen.
– ¡Por West Holeopen! -repitió Dunn-. Pero ¿cómo es posible que diéramos contigo en el cabo del Ahorcado?
Cerré los ojos y me vi de nuevo a la deriva como un pecio, a través del túnel de la montaña, con el eco y los gritos de muerte de los demás que se oían débilmente a mis espaldas. Después, para mi espanto, vi al pequeño Curwen y oí su grito. ¿Qué hacía él en mi cabeza? Según las reglas del juego estaba muerto. Muerto, antes incluso de tener la posibilidad de saber si valía la pena seguir con vida.
– ¿Hay noticias de los barcos? -pregunté.
– Que yo sepa, no -dijo Dunn-. Aquí en Lazy Cove vivimos un poco alejados del mundo. Tenemos que ir hasta Kinsale para enterarnos de las noticias y comprar víveres. Esta tarde me acercaré para saber qué pasa, pero no volveré hasta mañana.
– Te acompaño -dije.
Dunn movió la cabeza.
– Mejor será que te quedes -me aconsejó-. Has de descansar.
Tuve que conformarme porque todavía me sentía débil y fatigado. Pero el tiempo pasaba lentamente. Mi único alivio era ver el cuerpo de Elisa y su piel dorada por el sol pasar por la puerta.
De vez en cuando entraba y me preguntaba si necesitaba algo, o venía simplemente para arreglarme la manta. Me afeitaba y me lavaba con sus manos suavísimas. Nuestras miradas se encontraban y se rehuían con la misma celeridad. Sí, yo cada vez estaba más desconcertado, y me sentía más irresponsable a medida que avanzaba el día. Confirmé mi miserable condición, pues ¿cómo iba yo a sospechar que existían mujeres capaces de doblegar a hombres como yo por otro motivo que no fuera su trasero respingón?
Al anochecer entró Elisa y se sentó al lado de mi cama. Sin decir una palabra me tomó de la mano y la retuvo entre las suyas hasta que yo ya no supe qué hacer. Estaba estirado, completamente quieto, tieso como un palo.
– ¿Cómo te encuentras? -preguntó.
– Mejor -contesté-. Mucho mejor.
– Has tenido suerte. Si mi padre no te hubiera encontrado, seguramente a estas horas estarías muerto. Tiene que haber sido la Providencia la que te ha traído hasta aquí. Debes dar gracias a Dios por estar vivo.
– ¿Por qué iba a ayudar Dios a un tipo como yo, cuando no levantó ni un dedo por los demás? -dije-. No, mejor me doy gracias a mí mismo y a un indio de Norfolk que me enseñó a nadar. Y a tu padre, que me recogió. Y a ti, que me estás cuidando.
– Quizá fuera ése el motivo que había tras todo lo que ha pasado. Que vinieras aquí.
– ¿Qué quieres decir?
Por toda respuesta recibí una mirada que me absorbió por completo, como una sanguijuela. Era el mismísimo Diablo, pensé. Allí estaba yo tumbado, con una vida que había dado por perdida; no debería tener otros pensamientos en la cabeza. En cambio, estaba confundido y atontado por unas faldas. ¿No sería esto lo que yo había querido decir con aquello de empezar a vivir cuando el Lady Mary llegara a puerto?
– ¿Has estado mucho tiempo en el mar? -preguntó Elisa, mirándome con sus ojos tentadores.
Conté.
– Cuatro meses, creo.
– ¿Y todo este tiempo sin tener una mujer?
– Sí -carraspeé.
– ¿Te gustaría tener a una mujer ahora?
Quizás asentí con la cabeza como respuesta, pero La verdad es que perdí el hilo y me descarrié del todo cuando Elisa se hubo desnudado y se metió bajo la manta y apretó su cuerpo contra el mío. Todos mis pensamientos se desvanecieron y John Silver dejó de existir como aquel que era y como quería ser, maldito sea.
Cuando recobré el sentido, Elisa estaba a mi lado con una sonrisa satisfecha y juguetona.
– Tú podrías hacer feliz a una mujer -observó-. No eres como los demás. Eres suave y tierno. -Me cogió la mano-. Nunca había visto a un marinero con unas manos como éstas.
– Yo tampoco -dije.
– ¿De verdad eres marinero?
– Sí, ¿qué otra cosa puedo ser, si no?
– He estado con otros marineros, algunos que navegan con mi padre, otros en Francia cuando he acompañado a mi padre hasta allí. Pero sus manos eran toscas, callosas y con cicatrices horrorosas. No eran suaves como las tuyas. ¿Es para acariciar mejor a tu mujer? Nunca he conocido a nadie que me tocara como tú.
La miré fijamente. ¿Qué había hecho yo? ¿La había tocado? Tenía la mente en blanco. Por lo visto, durante un instante había perdido el dominio de mí mismo, y ese descubrimiento me daba escalofríos. Claro que había estado con mujeres antes, con muchas mujeres, como las que se acuestan con los marineros en cada puerto, pero a aquéllas las había tomado por detrás, por delante, por debajo o por encima, de cualquier modo, sin pamplinas ni rodeos, ni antes ni después. ¿Cómo, dónde podía haber aprendido yo a acariciar las mujeres? Era marinero, un navegante experto buen conocedor de la alta mar. Sabía ayustar y zurcir, hacer nudos y escotar, pero para mí era una novedad descubrir que además era diestro en el amor.
Todo esto y algunas otras cosas intenté explicarle Elisa, pero ¿entendía ella lo que yo decía? En honor a la verdad, seguramente me puse a hablar porque no sabía qué decir.
– Nunca he conocido a nadie como tú -dijo cuando acabé-, y no sólo por tus caricias.
Me cogió la mano y la puso entre sus cálidos muslos. Juro por lo poco que todavía considero santo que intenté retirarla, pero los escalofríos habían desaparecido, y así pasó lo que pasó, dicho sea con permiso. John Silver dejó de utilizar la cabeza y se convirtió en un trozo de cera que en las manos de Elisa se derretía hasta lograr un auténtico placer y después, por qué no, quizás encontrar la felicidad. ¿En qué consistía la felicidad para un hombre como yo, si es que puedo preguntarlo?
Después Elisa se hizo un ovillo y la abracé contra mi pecho durante toda la noche, más que si hubiera sido el cofre del tesoro de Flint, mucho más. Al amanecer, cuando despertó, se desperezó y de nuevo se hizo mujer.
– ¡Por todos los demonios que yo tampoco he conocido a nadie como tú! -dije con escalofríos o sin ellos en voz bien alta-. Tan cierto como que me llamo John Silver.
– John Silver -sonrió Elisa-. Un buen nombre.
Debería haberme mordido la lengua. Sin pensarlo, había destruido la posibilidad de que se me diera por muerto o desaparecido. Y para colmo me había entregado desprevenido a la violencia de otra persona.
Dunn volvió a mediodía. Elisa se le tiró al cuello como si no lo hubiera visto desde años antes, o como si no hubiera estado segura de volverlo a ver. Después le dijo algo al oído mirándome intencionadamente cuando se apartó de su pecho.
Dunn estaba satisfecho.
– Me alegra comprobar que te has recuperado -dijo.
Miré a Elisa.
– Es gracias a ella -dije sin querer.
– Sí -convino con una mirada picara e incluso con cierta comprensión-; lo entiendo.
Miré sorprendido la inocente cara de Elisa.
– Mi hija -dijo Dunn- es una mujer adulta, y eso lo sabe ella mejor que nadie. Yo no puedo hacer nada, aunque quisiera.
– Se llama John Silver -apuntó Elisa.
Dunn se volvió hacia ella.
– Vaya, así que ése es tu nombre.
Su voz cambió de tono y me miró como si no supiera exactamente qué tenía que pensar o que hacer.
– ¿Qué pasa? -preguntó Elisa inquieta cuando vio la expresión de Dunn.
– Depende -contestó Dunn.
– ¿De qué? -pregunté.
– De quién sea uno y de quién quiera ser. Si uno quiere ser John Silver para lo que le resta de vida, no es tan bueno como debería ser.
Dunn me clavó la mirada.