Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
¡Y a sus órdenes estuve yo, John Silver, durante diez años! Me convertí en un experto marinero de primera clase, fui nombrado contramaestre y todo. Aprendí en la Academia del Viejo Nick y llegué a ser un consumado maestro en las siete ciencias de los lobos de mar: jurar, beber, robar, ir de putas, pelear, mentir y calumniar. Me hice fuerte como un toro y al final conocía todos los quehaceres de a bordo. Comprendí mejor a la gente y sobreviví al infierno. ¡Pero qué diez años!
No es que a mi edad hubiera mucho donde elegir. La norma era que una vez se es marinero, ya se es marinero hasta la muerte. En tierra nadie quería saber nada de la gente como nosotros, tuviéramos o no marcas en las manos. Estibadores o borrachos de muelle, ése era el futuro que nos esperaba en tierra firme. Escaparse del barco, pasar unos días alegres en la taberna y en el burdel sólo para volver a enrolarse de nuevo con la esperanza de recibir mejor trato y mejor sueldo, bastaba para la mayoría. Yo en cambio me quedé con el capitán Wilkinson y le demostré a él y a los demás que no era uno de esos que gemían por cualquier cosa. Tenía que hacerme un hombre antes de darme importancia.
– Silver -me dijo un día el capitán Wilkinson, con cierta confianza-, habría que asegurar a la gente como usted.
– ¿Asegurar, señor?
– Claro que sí. ¿Sabe? No hay empresa, ni la Royal Exchange, ni la London, que quiera asegurar a la gente. La carga y el barco sí, pero no la tripulación. ¿Qué sería de un barco sin tripulación, eh? El mástil y los bultos se pueden asegurar, pero no los marineros que suben por ellos como monos para izar y plegar las velas. ¿A que no?
– No, señor -contesté, porque era lo que tenía que contestar.
– Pero así es -continuó-. No hay diferencia entre usted, Silver, y el primer bracero de allá arriba. Y no puedo prescindir de ninguno de los dos.
Asentí con la cabeza e intenté no demostrar mi emoción, la rebeldía que por fin, tras diez años de obediencia, sentía en mi pecho como un caballo desbocado. Con eso supe que aquél era mi último viaje en el Lady Mary. El capitán Wilkinson me había convertido en un marinero experto, un hombre de mar como ningún otro, pero hacerme además primer bracero era algo completamente diferente.
Naturalmente, el capitán Wilkinson no se dio cuenta de lo que pasaba en mi interior. Un trozo de madera no tiene sentimientos. Gime y cruje cuando le exigen mucho, pero eso es todo. Lo mismo que un marinero. Yo callé. Alegría pura, eso habría salido de mi boca; satisfacción por lo que sentía en mi pecho, lo que me hacía ser un hombre, comparable a cualquier otro. El capitán Wilkinson me necesitaba a mí y a su primer bracero, aunque yo por mi parte no le necesitara a él.
– La Compañía por lo menos debería extender un seguro de vida -prosiguió el capitán Wilkinson sin mirarme-. En mi opinión, los armadores deberían recibir una compensación.
– Señor -dije-. Si me permite…
El capitán Wilkinson dio un respingo y me miró sorprendido.
– ¿Qué pasa? -preguntó.
– ¿No son los riesgos demasiado grandes? Se sabe que los marineros mueren como moscas. Desertan en el primer puerto que tocan. No creo que haya ningún armador con suficiente dinero para pagar las cuotas.
– Silver, tiene toda la razón. Eso es lo que dicen ellos. ¿Y qué puedo hacer yo? Los marineros se consumen.
Se quedó callado un momento y me miró de nuevo; creo que fue la primera vez que me vio como si fuera algo más que una polea o un aparejo.
– ¿Y quién le ha dicho a Silver que es así?
– Nadie, lo he pensado yo solo.
– Vaya.
Me echó una mirada feroz con la intención de asustarme, pero yo se la devolví sin más ceremonias.
– A bordo nadie piensa por sí mismo, Silver -dijo-. El Lady Mary sólo tiene un capitán, y ése soy yo. ¿Entendido, Silver?
– Sí, señor -respondí tan respetuosamente como pude.
– Silver puede volver a sus obligaciones.
«Claro que sí -pensé-, claro que sí. Hasta que lleguemos a puerto.»
A la mañana siguiente divisamos las rojas arenas de Irlanda en un día tranquilo y claro. A babor se levantaba Cape Clear y a estribor Fastner Rock. El día era extraordinariamente tranquilo. El cielo estaba salpicado de delicadas bolas de algodón que no entrañaban peligro alguno para los navegantes. La panorámica era tan nítida que se divisaban a la vez los cuatro cabos: Toe Head, Galley Head, Seven Heads y Old Head of Kinsale. Toda la guardia estaba esperando con ansia en la amura de babor. Yo sabía que ver a los marineros mano sobre mano, sin nada que hacer, irritaba sobremanera al capitán Wilkinson, pero ni siquiera él podía llamar a los hombres a cubierta para que arriasen las velas o recogieran las drizas con los suaves vientos que apenas rizaban el agua.
Yo estaba como siempre en la cubierta de popa, a sotavento del capitán Wilkinson, y me sentía tan aliviado como aquella vez que andaba buscando un capitán justo y un barco adecuado para ser libre como un pájaro. Ahora todo era diferente. Siempre sabía de qué hablaba cuando -excepcionalmente- abría la boca alguna vez. Ya no recitaba los Mandamientos, fueran los que fuesen, a cualquiera. No me llenaba la boca con eso de que sabía leer latín. Ya no iba por ahí preguntando por capitanes justos que, de todas formas, nadie podría encontrar. Ya no decía lo que pensaba, porque sólo era utilizado en mi contra.
En cambio, había aprendido que siempre habría palabras adecuadas para cada persona concreta y que todos querían escuchar, incluso los marineros más sencillos. Yo tenía la cualidad de cumplir sus deseos. Así es que nadie llegó nunca a conocerme, mientras que yo, al parecer, cada día conocía mejor a los demás. Y a la vez, así es el mundo, me estimaban y me consideraban un buen compañero.
Incluso tenía dinero, ahorrador y listo que es uno. La herencia del contrabando de mi padre la seguía conservando en la cintura del pantalón, además de tres años de sueldo y las ganancias de parte del comercio típico de todos los marineros. Serían unas sesenta libras, todo cosido a mi ropa. ¿Quién lo hubiera creído? Ninguno de mis compañeros de barco, de eso estoy seguro.
Estaba yo más bien distraído cuando noté que el primer mando subía corriendo hacia el capitán Wilkinson, señalando con nerviosismo hacia popa. Me di la vuelta; como los demás, no había tenido ojos más que para contemplar las rocas y las verdes y apetecibles colinas que se levantaban a proa. No olvidaré nunca lo que vi ante mis ojos. Imperceptiblemente, pero deprisa, el cielo se había vuelto negro como la pez y el alquitrán, y lanzaba sus tentáculos al aire azul claro que todavía, por unos minutos más, rodeaba el Lady Mary. El horizonte se había convertido en una furia espumosa de olas que se rompían y llegaban hasta nosotros como un seísmo. Estoy seguro de que ni siquiera los viejos lobos de mar, expertos conocedores de todos los vientos, los que habían pasado toda la vida en un barco, habían visto jamás nada parecido. Vi pintarse el terror en muchas caras cuando se volvieron a la vez hacia el capitán Wilkinson. Todos creían saber lo que nos aguardaba: pelear a vida o muerte con las velas y las cuerdas.
Pero la orden de movernos no llegó. El capitán Wilkinson volvió a mirar hacia popa y se plantó frente a la tripulación.
– Dentro de pocos minutos se nos vendrá encima la peor tormenta que nadie haya vivido -dijo con su natural voz de látigo-. Si cumplís mis órdenes quizá podamos salvar el barco. Si desobedecéis seréis ejecutados en el acto por amotinamiento. ¿Está claro?