Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Te ofrezco un sitio a bordo -dijo Dunn, algo impaciente-. No te obligo -añadió-. Puedes elegir tú mismo si quieres navegar con participación o a sueldo.
– ¿Con participación? -pregunté-. ¿Como los piratas?
– Quizá. O a la vieja usanza. Antes, ningún tripulante iba a sueldo. Todos tenían una participación mayor o menor, desde el grumete hasta el capitán. Las ganancias y las pérdidas se repartían por igual, casi siempre por cupos. No había trampa ni cartón. No se obligaba a nadie. El mundo marcha hacia delante, Silver, pero si inviertes cuarenta libras en el Dana tendrás un cuarenta por ciento, más un cinco por ciento de bonificación en honor a Elisa -añadió tras una corta pausa.
De nuevo me quedé con la boca abierta. Aquí estaba el padre, y poco menos que me ofrecía un pago por forzarme a gozar de su hospitalidad y de su hija. Dicho de otro modo, recibía una compensación por estar con Elisa.
– No te quedes ahí como un pasmarote -se impacientó.
– Sí, sí las tengo. Máximo cuarenta libras -dije.
A Elisa le resplandecía la cara.
– ¿Por qué te sonrojas? -preguntó.
– No me sonrojo -contesté.
– Brindemos, pues, por nuestra sociedad -ofreció Dunn-. No te arrepentirás.
Pero ¿por qué me iba a arrepentir? «A lo hecho, pecho.» Y con eso era suficiente: ése era mi lema.
– Sólo falta una cosa -añadió Dunn-. Enterrar a John Silver.
– No sería suficiente con una crucifixión si quiero estar seguro de resucitar de entre los muertos -repliqué.
– De cualquier forma, necesitas otro nombre -dijo Dunn.
– ¿Qué os parece Jesús? -apuntó Elisa-. En Portugal conocí a un marinero que había nacido en Brasil. Se llamaba Jesús, pero parecía un diablo y se comportaba como tal.
– ¿Qué os parece John Long? -replicó Dunn-. Hay muchísimos John, así que no significa gran cosa. Y Long no te obliga a nada.
Elisa se apretó las manos.
– Lo aceptamos -dijo en mi nombre-. John Long está bien, porque así puedo continuar llamándote John. Y Long tampoco está mal, aunque no eres largo en exceso, menos de donde más se necesita.
Y así fueron las cosas. En manos de Elisa, yo no era más que una masa que ella moldeaba a su antojo. Cuando me escondía en su cuerpo cálido y tierno era como si me convirtiera en otro, en John Long, el recién resucitado, que no tenía mucho que ver con el marinero John Silver, el que había mirado a la muerte cara a cara.
Eso por un lado. Aparte, Elisa tenía la lengua más rápida, atrevida y desvergonzada que yo había oído nunca. Con pocas palabras podía quitarle a cualquiera toda la soberbia y presunción, hasta que le empezaban a temblar las piernas y se quedaba como si tuviera que volver a aprender a andar de nuevo. Y todos sabían el espectáculo que era. Con ella, creía yo, podía hablar con sentido común y sensatez no porque aceptara todo lo que yo dijera, sino porque no la podía engañar por más que quisiera.
Sí: tal y como estaban las cosas, creía que ella me resultaba tan útil como mis guantes de piel, que ya creía no necesitar, porque estaban destinados a marcarme para la vida, no para la muerte. Realmente, era como si tuviese una vida nueva en todos los sentidos. Era John Long, marinero, socio de Dunn, novio de su hija Elisa, venido de las colonias; así fue como me presentaron y así fui conocido en Lazy Cove. Por tanto, ya no necesitaba mis guantes, aunque me los enfundaba cuando ayudaba a Dunn con el Dana. ¡Por Elisa! ¿Cómo se puede ser así tan tonto?
Me escondía del capitán Wilkinson, que según los rumores no tenía ninguna prisa por coger el primer barco de vuelta a Glasgow. Supongo que esperaba que alguien hubiera sobrevivido a la catástrofe, alguien que, ante el fiable testimonio y la honorable palabra de Wilkinson, pudiera ser juzgado y ahorcado por motín. Entonces Wilkinson estaría seguro de que podría volver con la cabeza bien alta y tener de nuevo el mando sin necesidad de soportar la vida en tierra firme.
De manera que yo estaba preso en Lazy Cove. Mi camino se cerraba sólo una milla más al norte, donde estaba el fuerte Charles, con una guarnición de más de cuatrocientos ingleses peleones, reclutas torpes y oficiales arrogantes y desconfiados, que veían un enemigo traidor en cada irlandés, idea en la que no andaban tan equivocados. Después de la batalla de 1601, Kinsale estaba lleno de soldados ingleses porque era el mejor puerto de aguas profundas para los españoles y los franceses que pretendieran sorprender a Inglaterra por la espalda.
Sí, estaba encerrado y con las alas cortadas, como un pájaro herido. Empecé a sentir nostalgia de hacerme a la mar con Dunn para tener aire bajo las alas. Tras unas semanas de idilio, amabilidad y cosas por el estilo, no estaba ya tan seguro de que me quisiera llevar a Elisa. Pensaba en ella a todas horas, desde luego, y no tenía otras cosas más importantes en la cabeza. La tenía en cuenta y cumplía todos sus deseos, y le daba el placer que quisiera, por no decir placeres. Su bondad y sus cuidados me hacían perder la cabeza y ser diferente. A veces me sentía como si me atara de pies y manos, y notaba que su amor por mí era como una soga atada al cuello.
Al principio no me daba cuenta, porque los dos queríamos lo mismo y hacíamos lo que más nos apetecía. Pero después empecé a reprocharle que estuviera tan a menudo en mis pensamientos. No es que me enfadara con ella o que no me gustara. Ella era como era, pero había momentos en los que yo apenas existía. No era justo ni correcto que se apropiara de mí como lo hacía. Al final, yo ya veía toda mi vida, una vida entera, sin ser yo mismo.
Hacer unos cuantos viajes solo con Dunn, pensaba, podría curarme de una cosa y de la otra, pero en cuanto hablaba de navegar, Elisa siempre declaraba con suma firmeza que ella nos acompañaría. Por una parte, decía, para controlarme, no fuera a esfumarme como el viento. Según ella, yo era capaz de desaparecer en cuanto me perdiera de vista. Por otra parte, tenía que cuidar de su padre. Temía que se equivocara a cada paso. Su talante generoso le impulsaba a confiar en un simple apretón de manos y a fiarse de las apariencias, sin observar el verdadero carácter de las personas. Por eso lo amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo.
– Aunque sabe hacer las cosas -dijo Elisa-. No es tonto, como ya te habrás dado cuenta, si tienes algo más que serrín en la mollera. Por suerte, yo no he heredado su bondad, porque con un corazón así es difícil vivir.
Y en parte tenía razón; en este mundo era difícil vivir con un corazón tan bueno y bienintencionado como el de Dunn. Si se quiere ser persona, claro. Si no, da lo mismo.
Aprendí a navegar el Dana, es decir, a navegar, porque aquello no tenía nada que ver con la vida como marinero en el Lady Mary. Tuve que desarrollar sensibilidad para los remos, volver la mejilla o la cara hacia el viento para percibir la fuerza de una borrasca, valorar la velocidad antes de volcar, esperar la ola adecuada para no quedar encallado y descontrolado a merced del viento, mirar la estela para determinar la deriva… Resumiendo, tendría que pensar por mí mismo. Así me hice rápidamente el más entusiasta desparramador de alegría que pudiera verse a bordo de un barco. Por el rabillo del ojo veía a Elisa y a Dunn intercambiar miradas, que, a mi entender, manifestaban su alegría por tenerme cerca, aunque no fuera por el mismo motivo.
Un día Dunn me pidió que pusiera rumbo al sur, pasando Eastern Point y los arrecifes que llamaban The Bulman.
– Tienes que tomarle el pulso al mar en un barco pequeño -dijo Dunn-. No es lo mismo que en un pesado buque mercante. Y después quiero enseñarte algo que quizá sea de interés.
Nos metimos primero en el Pitt, la embocadura de Sandy Cove; nos situamos de forma que pudiéramos anclar y almorzamos mientras Dunn me daba explicaciones sobre el clima, los vientos y tormentas en esa parte de Kinsale. Con el dedo señalaba puntos en tierra y explicaba cómo se debían embocar en la oscuridad o con tormenta. Después nos deslizamos a lo largo de Old Head con un viento firme y suave.