Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– ¿El qué es precioso? -respondió ésta, acercándose al elegante escaparate de una librería.
– Eso. -Miranda señaló una copia de Le Morte d’Arthur de sir Thomas Malory con una encuadernación exquisita. Parecía maravilloso y Miranda deseaba atravesar el cristal y respirar el olor que emanaba.
Por primera vez en su vida, vio algo que, sencillamente, tenía que tener. Se olvidó de la economía. Se olvidó de la practicidad. Suspiró; un suspiro profundo, intenso y necesitado, y dijo:
– Creo que, por fin, entiendo lo que te pasa con los zapatos.
– ¿Zapatos? -repitió Olivia, mirándose los pies-. ¿Zapatos?
Miranda no se molestó en explicarse. Estaba demasiado ocupada ladeando la cabeza y fijándose en el pan de oro que decoraba las páginas.
– Además, ya lo hemos leído -continuó Olivia-. Creo que fue hace dos años, cuando tuvimos a la señorita Lacey de institutriz. ¿Te acuerdas? Se quedó horrorizada cuando supo que todavía no lo habíamos leído.
– No se trata de leerlo -dijo Miranda, pegándose un poco más al cristal-. ¿No te parece lo más precioso que has visto en la vida?
Olivia miró a su amiga con incredulidad.
– Eh… No.
Miranda meneó la cabeza y miró a Olivia.
– Supongo que es lo que convierte una cosa en arte. Lo que puede enamorar a una persona deja absolutamente indiferente a otra.
– Miranda, es un libro.
– Ese libro -decidió Miranda con firmeza-, es una obra de arte.
– Parece bastante viejo.
– Lo sé -suspiró alegremente Miranda.
– ¿Vas a comprarlo?
– Si tengo dinero suficiente.
– Yo diría que sí. Hace años que no te gastas ni un penique de tus ahorros. Siempre lo guardas en ese vaso de porcelana que Turner te envió por tu cumpleaños hace cinco años.
– Seis.
Olivia parpadeó.
– ¿Seis qué?
– Fue hace seis años.
– Cinco años, seis años… ¿Cuál es la diferencia? -exclamó Olivia, exasperada por la exactitud de Miranda-. La cuestión es que tienes un dinero ahorrado y, si realmente quieres ese libro, deberías comprártelo para celebrar tu vigésimo cumpleaños. Nunca te compras nada.
Miranda se volvió hacia la tentación del escaparate. El libro estaba colocado sobre un atril y abierto por una página al azar. Se veía una colorida ilustración representando a Arturo y Ginebra.
– Será muy caro -dijo, con cara de lástima.
Olivia le dio un empujón y dijo:
– Si no entras y preguntas, nunca lo sabrás.
– Tienes razón. ¡Voy a hacerlo! -Miranda le ofreció una sonrisa que estaba a medio camino entre la alegría y el nerviosismo y se dirigió hacia la puerta.
La librería estaba decorada en unos preciosos tonos masculinos, con sillones abullonados colocados de forma estratégica para quien quisiera sentarse y hojear un ejemplar.
– No veo al propietario -susurró Olivia al oído de Miranda.
– Está ahí. -Miranda señaló con la cabeza hacia un señor delgado y calvo de la edad de sus padres-. Mira, está ayudando a un señor a encontrar un libro. Esperaré a que termine. No quiero molestarle.
Las dos chicas esperaron pacientemente mientras el librero atendía al señor. De vez en cuando, les lanzaba una mirada con el ceño fruncido, algo que sorprendió a Miranda, porque tanto ella como Olivia iban muy bien vestidas y estaba claro que podían permitirse comprar cualquier objeto de la tienda. Por fin, el hombre terminó y se dirigió hacia ellas.
– Señor, me preguntaba si… -dijo Miranda.
– Es una librería de caballeros -les dijo, con un tono hostil.
– Oh. -Miranda retrocedió, básicamente por la actitud del hombre. Sin embargo, quería el libro de Malory, de modo que se tragó su orgullo, sonrió con dulzura y continuó-: Le pido disculpas. No me había dado cuenta. Pero esperaba que…
– He dicho que es una tienda de caballeros -entrecerró los ojos pequeños y brillantes-. Márchense, por favor.
¿Por favor? Miranda lo miró, con los labios separados ante la sorpresa. ¿Por favor? ¿Con ese tono?
– Vámonos, Miranda -dijo Olivia, tirándole de la manga-. Deberíamos irnos.
Miranda apretó los dientes y no se movió.
– Me gustaría comprar un libro.
– Seguro que sí -dijo el librero, con desprecio-. Y la librería de señoras está sólo a doscientos metros.
– La librería de señoras no tiene lo que quiero.
Él sonrió.
– Entonces, estoy seguro de que no debería leerlo.
– No creo que sea asunto suyo juzgar eso, señor -respondió Miranda, con frialdad.
– Miranda -suspiró Olivia, con los ojos como platos.
– Un momento -le respondió Miranda, sin apartar la mirada del repulsivo y diminuto hombre-. Señor, le aseguro que dispongo de fondos suficientes. Y si me dejara inspeccionar Le Morte d’Arthur, quizá decidiera separarme de mis monedas.
Él se cruzó de brazos.
– No vendo libros a mujeres.
Y aquello fue la gota que colmó el vaso.
– ¿Cómo dice?
– Fuera -les espetó-, o tendré que echarlas a la fuerza.
– Eso sería un error, señor -respondió Miranda, con dureza-. ¿Sabe quién somos? -No solía hacer gala de su posición social, aunque tampoco lo evitaba si la ocasión lo merecía.
El librero no se mostró impresionado.
– Estoy seguro de que no me importa.
– Miranda -suplicó Olivia, que parecía muy incómoda.
– Soy la señorita Miranda Cheever, hija de sir Rupert Cheever, y ella -añadió, con una floritura hacia su amiga-, es lady Olivia Bevelstoke, la hija del conde de Rudland. Le sugiero que reconsidere su política.
Él le devolvió la mirada altiva.
– Me da igual, como si es la maldita princesa Carlota. Fuera de mi tienda.
Miranda entrecerró los ojos antes de disponerse a marcharse. Ya estaba mal que las hubiera insultado, pero impugnar el recuerdo de la princesa… era lo nunca visto.
– Esto no terminará aquí, señor.
– ¡Fuera!
Tomó a Olivia del brazo y salieron de la tienda, aunque se aseguraron de dar un buen portazo, sólo para contrariar más al propietario.
– ¿Puedes creértelo? -dijo, cuando estuvieron fuera-. Ha sido espantoso. Ha sido criminal. Ha sido…
– Es una librería para hombres -la interrumpió Olivia, que la estaba mirando como si, de repente, hubiera escupido una calavera por la boca.
– ¿Y?
Olivia se tensó ante el tono casi beligerante de su amiga.
– Hay librerías para hombres y librerías para señoras. Las cosas son así.
Miranda apretó los puños.
– Pues son un asco, si quieres saber mi opinión.
– ¡Miranda! -exclamó Olivia-. ¿Qué acabas de decir?
Miranda tuvo la decencia de sonrojarse ante su vocabulario inadecuado.
– ¿Ves lo enfadada que estoy por su culpa? ¿Alguna vez me habías oído maldecir en voz alta?
– No, y no sé si quiero saber todo lo que estás maldiciendo en tu mente.
– Es estúpido. -Miranda seguía furiosa-. Absolutamente estúpido. Él tiene algo que yo quiero y yo tengo el dinero para comprarlo. Debería haber sido algo muy sencillo.
Olivia bajó la mirada al suelo.
– ¿Por qué no vamos a la librería de señoras?
– En circunstancias normales, nada me apetecería más. Te aseguro que preferiría no ser clienta de la tienda de ese hombre abominable. Pero dudo que allí tengan la misma copia de La Morte d’Arthur, Livvy. Estoy segura de que es un ejemplar único. Y lo peor… -Miranda alzó la voz a medida que iba apreciando la injusticia de aquella situación-. Y lo peor…
– ¿Puede ser peor?
Miranda la miró con irritación pero, aún así, dijo:
– Sí. Lo peor es que, aunque existieran dos copias, algo que estoy segura de que no es así, seguramente la librería de señoras no vendería esa segunda copia, ¡porque nadie creería que una dama quisiera comprar un libro como ése!
– ¿Ah, no?