Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– ¿Alguien que no se ofendiera si lo pisas?
– Algo así -susurró ella. ¿Cómo se había metido en aquel embrollo? Turner descubriría que estaba enamorada de él o creería que era una tonta a la que le daba miedo bailar en público.
Sin embargo, gracias a Dios, él ya estaba diciendo:
– Será un honor bailar un vals contigo. -Cogió el carné de baile y escribió su nombre-. Ya está. Ahora ya estás comprometida conmigo para el primer vals.
– Gracias. Lo esperaré impaciente.
– De nada. Yo también. ¿Puedo apuntarme en otro? No se me ocurre nadie más con quien me apetezca mantener una conversación obligada durante los cuatro o cinco minutos que dura el vals.
– No sabía que era una carga tan pesada -dijo Miranda, con una mueca.
– No lo eres -le aseguró él-. Pero todas las demás, sí. Ya está, me he reservado el último vals, también. Con el resto, tendrás que arreglártelas sola. No estaría bien visto bailar contigo más de dos veces.
«Por Dios, no», se dijo Miranda con amargura. Quizás alguien pensara que no bailaba con ella por obligación. Sin embargo, Miranda sabía lo que esperaban de ella, así que sonrió y dijo:
– No, por supuesto que no.
– Perfecto -respondió Turner, con aquel tono definitivo que los hombres utilizaban cuando querían dar por zanjada una conversación, independientemente de si el otro interlocutor también quería-. Veo que el joven Hardy se acerca para reclamar el siguiente baile. Voy a beber algo. Nos veremos en el primer vals.
Y entonces la dejó sola en una esquina, saludando al señor Hardy mientras se iba. Miranda realizó la reverencia de rigor a su compañero de baile, aceptó la mano enguantada que le ofrecía y lo siguió hasta la pista de baile para una cuadrilla. No la sorprendió que, después de hablar del vestido y del tiempo, el señor Hardy le preguntara por Olivia.
Ella respondió sus preguntas con la máxima educación e intentando no darle demasiadas esperanzas. A juzgar por el grupo de hombres que rodeaba a su amiga, las opciones del señor Hardy eran escasas.
Por suerte, el baile terminó muy deprisa y Miranda regresó al lado de Olivia.
– Miranda, querida -exclamó-. ¿Dónde estabas? Les he estado hablando de ti a todos.
– No es verdad -respondió ella, arqueando las cejas con incredulidad.
– Claro que sí. ¿No es cierto? -Le dio un codazo a un chico que enseguida asintió-. ¿Te mentiría yo?
Miranda reprimió una sonrisa.
– Si así consiguieras tus propósitos.
– Cállate. Eres terrible. ¿Dónde estabas?
– Necesitaba un poco de aire fresco, así que me he escondido en un rincón y me he tomado un vaso de limonada. Turner me ha hecho compañía.
– Entonces, ¿al final ha llegado? Tendré que guardarle un baile.
Miranda la miró con incredulidad.
– Me parece que no te queda ninguno libre.
– No puede ser. -Olivia miró su carné de baile-. Dios mío, voy a tener que tachar a alguien.
– Olivia, no puedes hacer eso.
– ¿Por qué no? Escucha, Miranda, tengo que decirte que… -De repente, se interrumpió al recordar la presencia de sus muchos admiradores. Se volvió hacia ellos con una sonrisa radiante.
A Miranda no la hubiera sorprendido si hubieran ido cayendo al suelo, uno a uno, como moscas proverbiales.
– ¿A alguno le importa ir a buscarme un vaso de limonada? -preguntó con dulzura-. Me muero de sed.
Todos asintieron y, a continuación, se alejaron y Miranda no pudo evitar observarlos maravillada mientras el grupo se alejaba.
– Son como ovejas -susurró.
– Sí, bueno -asintió Olivia-, excepto por los que parecen cabras.
Miranda tuvo dos segundos para intentar descifrar aquel comentario antes de que Olivia añadiera:
– Deshacerme de todos a la vez ha sido un movimiento brillante, ¿no crees? Te digo que me estoy volviendo una experta.
Miranda asintió, pero ni se molestó en hablar. No tenía sentido formular una respuesta coherente, porque cuando Olivia estaba explicando una historia…
– Lo que quería decirte -continuó Olivia, confirmando la hipótesis de Miranda sin saberlo-, es que la mayoría son unos aburridos.
Miranda no pudo resistirse a darle un codazo a su amiga.
– Pues nadie lo diría viéndote en acción.
– No he dicho que no me lo esté pasando bien. -Olivia le lanzó una mirada sarcástica-. Es que, bueno, no voy a cortarme la nariz para herir a mi madre.
– Herir a tu madre -repitió Miranda, intentando recordar el origen del proverbio original-. Seguro que ahora hay alguien revolviéndose en su tumba.
Olivia ladeó la cabeza.
– Shakespeare, ¿no crees?
– No. -Maldición, ahora no podría quitárselo de la cabeza en toda la noche-. No era Shakespeare.
– ¿Maquiavelo?
Miranda repasó mentalmente la lista de escritores famosos.
– No creo.
– Turner.
– ¿Quién?
– Mi hermano.
Miranda giró la cabeza.
– ¿Turner?
Olivia estiró el cuello y colocó la cabeza junto a la de su amiga, mientras miraba a su hermano.
– Parece bastante decidido.
Miranda miró su carné de baile.
– Debe ser la hora de nuestro vals.
Olivia ladeó la cabeza, en un gesto pensativo.
– Es apuesto, ¿verdad?
Miranda parpadeó e intentó no suspirar. Turner estaba muy guapo. Casi demasiado. Y ahora que había enviudado, seguro que todas las chicas casaderas, y sus madres, lo perseguirían como locas.
– ¿Crees que volverá a casarse? -murmuró Olivia.
– No… No lo sé, -Miranda tragó saliva-. Imagino que tendrá que hacerlo, ¿no?
– Bueno, siempre está Winston para traer un heredero. Y si tú… ¡Au!
El codo de Miranda. En sus costillas.
Turner llegó a su lado y realizó una pequeña reverencia.
– Un placer verte, hermano -dijo Olivia con una amplia sonrisa-. Ya casi había dado por seguro que no vendrías.
– Bobadas. Mamá me cortaría en pedacitos. -Frunció las cejas (casi de forma imperceptible, pero, claro, Miranda solía fijarse en todos los detalles), y preguntó-: ¿Por qué te ha golpeado Miranda en las costillas?
– ¡No la he golpeado! -protestó Miranda. Y luego, cuando él la miró con más intensidad, admitió-: Ha sido más un roce.
– Golpe, roce… Parece una conversación mucho más interesante que cualquier otra del maldito salón.
– ¡Turner! -protestó Olivia.
Turner la ignoró con un movimiento de cabeza y se volvió hacia Miranda.
– ¿Crees que protesta por mi lenguaje o porque haya catalogado a los asistentes a vuestro baile de idiotas?
– Creo que es por el lenguaje -respondió Miranda, con dulzura-. Ella misma ha dicho que casi todos eran idiotas.
– No he dicho eso -intervino Olivia-. He dicho que eran aburridos.
– Ovejas -confirmó Miranda.
– Cabras -añadió Olivia, encogiéndose de hombros.
Turner empezaba a estar asustado.
– Por Dios, ¿acaso habláis un lenguaje propio?
– No, está muy claro -dijo Olivia-, pero dime una cosa. ¿Sabes quién dijo, originariamente, la frase: «No te cortes la nariz para herir a tu madre»?
– No estoy seguro de entender la relación entre las dos cosas -murmuró Turner.
– No es Shakespeare -dijo Miranda.
Olivia meneó la cabeza.
– ¿Quién más podría ser?
– Bueno -dijo Miranda-, cualquier de los miles de excelentes escritores en lengua inglesa.
– ¿Era por eso que… eh… le has rozado las costillas? -preguntó Turner.
– Sí -respondió Miranda, que aprovechó la oportunidad al vuelo.
Por desgracia, Olivia fue medio segundo más rápida y dijo:
– No.
Turner las miró a las dos con una expresión divertida.
– Era por Winston -dijo Olivia, con impaciencia.
– Ah, Winston. -Turner miró hacia el salón-. Ha venido, ¿no? -Le quitó el carné de baile de las manos a Miranda-. ¿Cómo es que no te ha pedido un baile? ¿O tres? ¿No estáis planeando vuestra unión?