Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Miranda apretó los dientes y decidió no responder. Y fue una opción perfectamente razonable, porque sabía que Olivia no dejaría pasar la oportunidad.
– Por supuesto, no hay nada oficial -dijo su amiga-, pero todo el mundo está de acuerdo en que sería una unión magnífica.
– ¿Todo el mundo? -preguntó Turner, con la mirada fija en Miranda.
– ¿Quién iba a oponerse? -respondió Olivia con gesto impaciente.
La orquesta levantó los instrumentos y las primeras notas del vals llenaron el ambiente.
– Creo que es mi baile -dijo Turner, y Miranda se dio cuenta de que no había dejado de mirarla.
Se estremeció.
– ¿Vamos? -murmuró él, y le ofreció el brazo.
Ella asintió, porque necesitaba un momento para recuperar la voz. Se dio cuenta de que Turner le provocaba cosas. Cosas extrañas y estremecedoras que la dejaban sin aliento. Sólo tenía que mirarla, y no con su mirada habitual, sino mirarla fijamente, que sus ojos se posaran en ella con aquella profundidad azul, y ella se sentía desnuda y con el alma descubierta. Y lo peor de todo era que él no tenía ni idea. Allí estaba ella, con todas sus emociones expuestas. Y Turner seguramente no veía más allá de sus aburridos ojos marrones.
Era la amiguita de su hermana pequeña y, probablemente, siempre sería sólo eso.
– Entonces, ¿me dejáis aquí sola? -dijo Olivia, sin petulancia, pero con un pequeño suspiro.
– No temas -la tranquilizó Miranda-, no estarás sola mucho tiempo. Me parece ver que tu rebaño ya vuelve con la limonada.
Olivia hizo una mueca.
– ¿Te has dado cuenta, Turner, de que Miranda tiene un sentido del humor muy ácido?
Miranda ladeó la cabeza y reprimió una sonrisa.
– ¿Por qué sospecho que tu tono no ha sido precisamente halagador?
Olivia la ignoró con un pequeño gesto de la mano.
– Aléjate. Disfruta tu baile con Turner.
Turner tomó a Miranda por el codo y la guió hasta la pista de baile.
– Sí que tienes un sentido del humor muy extraño, ¿lo sabías? -murmuró él.
– ¿De veras?
– Sí, pero es lo que más me gusta de ti, así que, por favor, no cambies.
Miranda se sintió absurdamente complacida.
– Intentaré no hacerlo, milord.
Él frunció el ceño mientras la agarraba de la cintura para bailar.
– ¿Ahora me llamas milord? ¿Desde cuándo eres tan educada?
– Es todo este tiempo en Londres. Tu madre me ha estado atosigando con la etiqueta -sonrió, con dulzura-, Nigel.
Él hizo una mueca.
– Creo que prefiero milord.
– Yo prefiero Turner.
Él aferró la mano a su cintura con más fuerza.
– Perfecto. Pues así sea.
Miranda suspiró cuando se quedaron en silencio. Para ser un vals, era una pieza bastante sedativa. No había giros acelerados ni nada que la dejara mareada y asfixiada. Y le dio la oportunidad de saborear el momento, de disfrutar de la sensación de tener su mano en la suya. Respiró su aroma, sintió el calor de su cuerpo, y simplemente disfrutó.
Todo era tan perfecto… tan adecuado. Era casi imposible imaginar que él no sintiera lo mismo.
Pero no lo sentía. Miranda no se engañó y supo que no podía hacer realidad sus deseos. Cuando lo miró, vio que él estaba mirando a otra persona, con la mirada nublada, como si estuviera concentrado en algo. No era la mirada de un hombre enamorado. Y tampoco lo fue lo que siguió, cuando por fin la miró y dijo:
– El vals no se te da tan mal, Miranda. De hecho, eres bastante buena. No entiendo por qué estabas tan nerviosa.
Su expresión era amable. Fraternal.
Le rompió el corazón.
– Es que no he practicado mucho, últimamente -improvisó ella, puesto que Turner parecía esperar una respuesta.
– ¿Ni siquiera con Winston?
– ¿Winston? -repitió ella.
Él puso una expresión divertida.
– Mi hermano pequeño, ¿recuerdas?
– Sí, claro -dijo ella-. No. Bueno, es que hace años que no bailo con Winston.
– ¿En serio?
Ella lo miró. Había algo extraño en su voz. Parecía, aunque quizá no, una nota de felicidad. Desgraciadamente, no eran celos; seguro que a él le daba igual si bailaba o no bailaba con su hermano pequeño. Pero había tenido la extraña sensación de que Turner se había felicitado, como si hubiera adivinado su respuesta y se alegrara de su astucia.
Jesús, le estaba dando demasiadas vueltas. Demasiadas; Olivia siempre la acusaba de hacerlo y, por una vez, tenía que reconocer que su amiga tenía razón.
– No veo a Winston con frecuencia -dijo Miranda, con la esperanza de que continuar con la conversación evitara que se obsesionara con preguntas sin respuesta, como el verdadero significado de «¿De verdad?».
– Ah -dijo Turner, sujetándola con un poco más de fuerza mientras giraban a la derecha.
– Normalmente, está en la universidad. Ahora mismo, ni siquiera ha acabado el trimestre.
– Imagino que lo verás mucho más durante el verano.
– Imagino que sí. -Se aclaró la garganta-. Y, ¿cuánto tiempo vas a quedarte?
– ¿En Londres?
Ella asintió.
Él hizo una pausa y giraron a la izquierda antes de que respondiera:
– No lo sé. Supongo que no mucho.
– Claro.
– Además, se supone que estoy de luto. Mamá se ha quedado horrorizada cuando ha visto que no llevaba el brazalete.
– Yo no -declaró ella.
Él le sonrió, y esta vez no fue una sonrisa fraternal. Tampoco estaba llena de pasión y deseo, pero al menos era algo nuevo. Fue una sonrisa pícara, cómplice y la hizo sentirse parte de un equipo.
– Señorita Cheever -murmuró él, con picardía-, ¿detecto una nota de rebeldía en ti?
Ella levantó la barbilla.
– Nunca he entendido la necesidad de vestir de negro por alguien a quien uno no conoce demasiado bien, y no veo lógico tener que guardar luto por alguien que te resulta detestable.
Por un segundo, la expresión de Turner fue seria, y luego sonrió:
– ¿Por quién te obligaron a guardar luto?
Ella dibujó una sonrisa.
– Por un primo.
Él se le acercó un milímetro.
– ¿Nunca te ha dicho nadie que no está bien sonreír cuando hablas de la muerte de un familiar?
– Nunca lo conocí.
– Aún así…
Miranda resopló como una dama. Sabía que le estaba tomando el pelo, pero se lo estaba pasando demasiado bien para detenerlo.
– Vivió toda su vida en el Caribe -añadió. No era estrictamente la verdad, pero casi.
– Eres muy cruel -murmuró él.
Ella se encogió de hombros. Viniendo de Turner, aquello era casi un halago.
– Creo que todos se alegrarán de que formes parte de la familia -dijo-. Siempre que puedas tolerar a mi hermano pequeño durante largos periodos de tiempo.
Miranda intentó ofrecerle una sonrisa sincera. Casarse con Winston no era su atajo preferido para convertirse en miembro de la familia Bevelstoke. Y, a pesar de las prisas y las maquinaciones de Olivia, Miranda no veía muy factible esa unión.
Había muchas y excelentes razones para considerar casarse con Winston, pero había una razón de peso para no hacerlo, y la tenía justo delante.
Si iba a casarse con alguien a quien no quería, no sería el hermano del hombre al que quería.
O creía que quería. Seguía intentando convencerse de que no, de que sólo había sido un flechazo infantil, y de que se le pasaría… que ya se le había pasado y que no se había dado cuenta.
Estaba acostumbrada a pensar que estaba enamorada de él. Eso era todo.
Pero entonces, Turner hacía algo detestable, como sonreír, y todos sus esfuerzos quedaban neutralizados y tenía que volver a empezar.
Un día lo conseguiría. Un día, se despertaría y se daría cuenta de que se había pasado dos días sin pensar en Turner y luego, por arte de magia, serían tres y cuatro…