Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
«¿Puta?» Turner suspiró. Era un insulto que no podía ignorar. Sin embargo, no podía permitir que Miranda atacara al hombre. Le quitó el bolso de la mano. Ella le lanzó cuchillos con la mirada por entrometerse, pero él entrecerró los ojos y la advirtió con la mirada.
Se aclaró la garganta y se volvió hacia el librero.
– Señor, insisto en que se disculpe con la señorita.
El hombre se cruzó de brazos, desafiante.
Turner miró a Miranda. Ella tenía los brazos cruzados con la misma actitud. Volvió a mirar al hombre y, algo más autoritario, dijo:
– Se disculpará con la señorita.
– Es una amenaza -dijo el hombre, con malicia.
– Pero ¿qué se ha…? -Miranda se habría abalanzado sobre él si Turner no la hubiera agarrado por la parte trasera del vestido. El hombre cerró el puño y adquirió un aspecto depredador que no encajaba con su imagen de librero.
– Estate quieta -le ordenó Turner a Miranda, porque empezaba a notar los primeros síntomas de ira en el pecho.
El librero le lanzó una mirada triunfante a la chica.
– Uy, eso ha sido un error -dijo Turner.
Jesús, ¿acaso ese hombre no tenía sentido común? Miranda se abalanzó sobre él, lo que significaba que Turner tuvo que agarrarla por el vestido con más fuerza, lo que provocó una sonrisa más amplia en el rostro del librero, y eso significaba que todo aquello iba a desencadenar un huracán arrasador si él no lo solucionaba ahora mismo.
Miró al librero con su mirada más fría y aristocrática.
– Discúlpese con la señorita o haré que lo lamente.
Sin embargo, estaba claro que el librero era idiota, porque no aceptó el ofrecimiento que él, en su opinión, tan generosamente le había hecho. En lugar de eso, levantó la barbilla con beligerancia y dijo:
– No tengo nada de qué disculparme. La mujer ha entrado en mi tienda…
– Ah, diablos -farfulló Turner. Ahora ya era inevitable.
– Ha molestado a mis clientes, me ha insultado…
Turner cerró el puño y golpeó al librero en la nariz.
– Dios mío -suspiró Miranda-. Creo que le has roto la nariz.
Turner le lanzó una mirada mordaz antes de centrarse en el librero, que estaba en el suelo.
– No creo. No sangra tanto.
– Una lástima -murmuró ella.
Turner la agarró del brazo y la pegó a él. Esa niñata vengativa iba a conseguir que la mataran.
– Ni una palabra más hasta que salgamos de la tienda.
Ella abrió los ojos, pero mantuvo la boca cerrada y dejó que Turner la acompañara hasta la puerta. Sin embargo, cuando pasaron junto al escaparate, vio el ejemplar de Le Morte d’Arthur y exclamó:
– ¡Mi libro!
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Turner se detuvo en seco.
– No quiero oír ni una palabra más sobre tu maldito libro, ¿entendido?
Ella abrió la boca.
– ¿No entiendes lo que ha pasado? He golpeado a un hombre.
– Pero, estarás de acuerdo conmigo en que se lo merecía.
– Ni la mitad que tú te mereces que te estrangulen.
Ella retrocedió, muy ofendida.
– Contrariamente a lo que puedas pensar de mí -continuó él-, no voy por el mundo preguntándome cuándo me veré obligado a recurrir a la violencia.
– Pero…
– Pero nada, Miranda. Has insultado a ese hombre…
– ¡Me ha insultado él!
– Me estaba encargando de la situación -dijo él, entre dientes-. Me habías pedido que viniera por eso, para encargarme de todo, ¿no es cierto?
Miranda hizo una mueca y, a regañadientes, asintió levemente.
– ¿Qué diablos te pasa? ¿Y si ese hombre hubiera tenido menos autodominio? ¿Y si…?
– ¿Te parece que demostró autodominio? -preguntó, asombrada.
– ¡Como mínimo, tanto como tú! -La agarró por los hombros y casi empezó a temblar-. Por Dios santo, Miranda, ¿te das cuenta de que hay muchos hombres que ni pestañearían antes de pegar a una mujer? O algo peor -añadió, de manera significativa.
Esperó a que le respondiera, pero ella lo estaba mirando, con los ojos muy abiertos y sin pestañear. Y Turner tenía la incómoda sensación de que veía algo que él no veía.
Algo en él.
Y, entonces, Miranda dijo:
– Lo siento, Turner.
– ¿Por qué? -preguntó él, furioso-. ¿Por montar una escena en medio de una tranquila librería? ¿Por no cerrar la boca cuando es lo que deberías haber hecho? ¿Por…?
– Por alterarte -dijo ella, muy despacio-. Lo siento. No ha estado bien por mi parte.
Aquellas palabras aplacaron su ira y suspiró.
– No vuelvas a hacer algo así, ¿de acuerdo?
– Lo prometo.
– Perfecto. -Turner se dio cuenta de que todavía la tenía agarrada por los hombros y aflojó las manos. Y entonces notó que sus hombros eran muy bonitos. Sorprendido, la soltó.
Ella ladeó la cabeza mientras su cara adquiría una expresión de preocupación.
– Al menos, creo que lo prometo. Intentaré no volver a hacer nada que te altere de esta forma.
Turner tuvo la visión de Miranda intentando no alterarlo, y aquello lo alteró.
– ¿Qué te ha pasado? Confiamos en ti por lo sensata que eres. El Señor sabe que has evitado que Olivia se metiera en problemas en más de una ocasión.
Ella apretó los labios y dijo:
– No confundas sensata con sumisa, Turner. No es lo mismo. Y te aseguro que no soy sumisa.
Turner vio que no lo decía con tono desafiante. Simplemente, afirmaba algo que su familia había ignorado durante años.
– No temas -dijo él, agotado-, si alguna vez me había hecho a la idea de que eras sumisa, esta tarde me has dejado claro que me equivocaba.
Pero ella no había terminado.
– Si veo algo que está mal -dijo ella, con sinceridad-, me cuesta sentarme y no decir nada.
Iba a matarlo. Seguro.
– Intenta mantenerte alejada de los problemas obvios. ¿Lo harás por mí?
– Pero es que no me pareció que esto pudiera ser un problema obvio. Además…
Él levantó la mano.
– Basta. Ni una palabra más sobre esto. Envejeceré diez años hablando de este asunto. -La tomó del brazo y se la llevó en dirección a su casa.
Dios Santo, ¿qué le pasaba? Todavía tenía el pulso acelerado, y la chica ni siquiera había corrido peligro. Para nada. Dudaba que el librero supiera pegar. Además, ¿por qué diablos estaba tan preocupado por Miranda? Claro que la apreciaba. Era como su hermana pequeña. Pero entonces intentó imaginarse a Olivia en su lugar y sólo se le ocurría reírse.
Le pasaba algo muy malo si Miranda podía enfurecerlo de aquella forma.
Capítulo 6
– Winston llegará dentro de nada. -Olivia entró en el salón rosa con esa frase y le ofreció a Miranda la mejor de sus sonrisas.
Miranda levantó los ojos del libro, una vieja y poco atractiva copia de Le Morte d’Arthur que había tomado prestada de la biblioteca de lord Rudland.
– ¿Ah, sí? -murmuró, a pesar de que sabía perfectamente que Winston ya había anunciado que llegaría esa tarde.
– ¿Ah, sí? -la imitó Olivia-. ¿Es lo único que se te ocurre? Perdona, pero tenía la impresión de que estabas enamorada de ese chico… perdón, ahora ya es un hombre.
Miranda volvió a la lectura.
– Ya te he dicho que no estoy enamorada de él.
– Pues deberías -respondió Olivia-. Y lo estarías si te dignaras a pasar un poco de tiempo con él.
Los ojos de Miranda, que iban deslizándose por los párrafos del libro, se detuvieron en seco. Levantó la mirada:
– Perdona, pero ¿no está en Oxford?
– Bueno sí -dijo, agitando la mano en el aire, como si los setenta kilómetros que los separaban no fueran nada-, pero estuvo aquí la semana pasada y apenas estuviste con él.
– Eso no es cierto -respondió Miranda-. Dimos un paseo por Hyde Park, fuimos a Gunner’s a tomar un helado e incluso dimos un paseo en barca por Serpentine el día que hizo calor.