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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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Su madre apretó la mandíbula y no dijo nada, de modo que él se encogió de hombros y dijo:

– Iré a buscar a Miranda.

Y se marchó.

Miranda llevaba en la ciudad dos semanas y, a pesar de que no estaba segura de poder definirse como un éxito, tampoco creía que pudiera considerarse un fracaso. Estaba justo donde esperaba estar: en algún punto intermedio, con una tarjeta de baile medio llena y un diario rebosante de observaciones de los acompañantes estúpidos, insensatos y heridos. (El acompañante herido sería lord Chisselworth, que tropezó mientras bailaban en la fiesta de los Mottram y se torció el tobillo. Los estúpidos e insensatos eran demasiados para acordarse de todos.)

En resumen, consideraba que no lo estaba haciendo mal para alguien con el conjunto de talentos y atributos que Dios le había dado. En su diario, escribió:

Se supone que tengo que mejorar mis habilidades sociales, pero, como Olivia dijo, las conversaciones absurdas nunca han sido mi fuerte. Sin embargo, he perfeccionado mi amable y vacía sonrisa, y parece que funciona.

¡He tenido tres peticiones para acompañarme durante la cena!

Por supuesto, ayudaba que todo el mundo supiera su condición de mejor amiga de Olivia. Su amiga había arrasado, como todos sabían que haría, y ella se beneficiaba por asociación. Estaban los caballeros que llegaban tarde para asegurarse un baile con Olivia y luego estaban aquellos a los que les daba pavor hablar con ella, en cuyo caso la amiga les parecía una opción más accesible.

Sin embargo, y a pesar de la excesiva atención, Miranda estaba sola cuando oyó una voz terriblemente familiar.

– No diré que te he encontrado sin compañía, señorita Cheever.

«Turner.»

No pudo evitar sonreír. Estaba extraordinariamente apuesto con su traje oscuro de gala, y la luz de las velas se reflejaba en su pelo dorado.

– Has venido -dijo, simplemente.

– ¿Pensabas que no lo haría?

Lady Rudland había dicho que sí, pero Miranda no estaba tan segura. Había dejado muy claro, en varias ocasiones, que no quería participar en las fiestas de la sociedad ese año. O, seguramente, ningún año. Todavía era complicado decirlo.

– Tengo entendido que tu madre tuvo que chantajearte para que vinieras -dijo ella, mientras se colocaban el uno al lado del otro y contemplaban el gentío.

Él fingió ofenderse.

– ¿Chantaje? Es una palabra muy fea. Y, además, incorrecta en este caso.

– ¿Sí?

Él se inclinó ligeramente hacia ella.

– Fue culpa.

– ¿Culpa? -Miranda apretó los labios y lo miró con picardía-. ¿Qué hiciste?

– Di mejor qué no hice. O, casi mejor, lo que no iba a hacer. -Se encogió de hombros-. Me ha dicho que Olivia y tú seréis un éxito seguro si os ofrezco mi apoyo.

– Supongo que Olivia sería un éxito incluso si no tuviera ni un penique y hubiera nacido en el sitio incorrecto.

– Yo tampoco estoy preocupado por ti -dijo Turner, y le sonrió de una forma benevolente que a ella le molestó. Y, de repente, frunció el ceño-. Y, dime, ¿con qué pretendía chantajearme mi madre?

Miranda sonrió. Le encantaba cuando estaba desconcertado. Siempre parecía controlarlo todo, mientras que el corazón de Miranda siempre se aceleraba cuando lo veía. Por suerte, con los años había aprendido a estar cómoda en su compañía. Si no hiciera tanto tiempo que lo conocía, dudaba que pudiera mantener una conversación delante de él. Además, seguramente Turner sospecharía algo si, cada vez que se vieran, ella se quedara callada.

– No lo sé. -Fingió considerar varias opciones-. Historias de cuando eras pequeño y cosas así.

– No digas bobadas. Era un ángel.

Ella arqueó las cejas con incredulidad.

– Debes pensar que soy muy crédula.

– No, sólo demasiado educada para contradecirme.

Miranda puso los ojos en blanco y se volvió hacia la multitud. Olivia estaba al otro lado de la sala, rodeada por la habitual colección de caballeros.

– Livvy está en su ambiente, ¿no crees? -dijo ella.

Turner asintió.

– ¿Dónde están todos tus admiradores, señorita Cheever? Me cuesta creer que no tengas ninguno.

Ella se sonrojó ante el cumplido.

– Uno o dos, supongo. Suelo confundirme con el mobiliario cuando Olivia está cerca.

Él la miró con incredulidad.

– Déjame ver tu carné de baile.

Ella se lo entregó a regañadientes. Turner le echó un vistazo y se lo devolvió.

– Tenía razón -dijo-. Está casi lleno.

– Casi todos llegaron a mí básicamente porque estaba al lado de Olivia.

– No seas tonta. Y no es motivo para enfadarse.

– No estoy enfadada -respondió ella, sorprendida de que Turner lo pensara-. ¿Por qué? ¿Parezco enfadada?

Él se separó y la observó.

– No. No lo pareces. Qué extraño.

– ¿Extraño?

– Nunca había conocido a ninguna dama que no quisiera una jauría de caballeros solteros a su alrededor en un baile.

La condescendencia de su voz la irritó y no pudo ocultar la insolencia en la suya cuando dijo:

– Bueno, pues ahora sí.

Pero él se rió.

– Querida niña, ¿cómo pretendes encontrar marido con esa actitud? Y no me mires como si estuviera siendo condescendiente…

Lo que provocó que ella apretara todavía más los dientes.

– Tú misma me dijiste que querías encontrar un marido esta temporada.

Tenía razón, el muy… Por lo tanto, no le quedó más opción que decir:

– No me llames «querida niña», por favor.

Él sonrió.

– Señorita Cheever, ¿detecto un atisbo de temperamento en ti?

– Siempre he tenido temperamento -respondió ella.

– Eso parece. -Seguía sonriendo, cosa que todavía irritaba más a Miranda.

– Creía que tenías que estar triste y meditabundo -gruñó ella.

Él se encogió de hombros con naturalidad.

– Parece que sacas lo mejor de mí.

Miranda lo miró fijamente. ¿Acaso había olvidado la noche del funeral de Leticia?

– ¿Lo mejor? -preguntó ella, arrastrando las palabras-. ¿De veras?

Al menos, Turner tuvo la elegancia de avergonzarse.

– O, a veces, lo peor. Pero, esta noche, sólo lo mejor. -Ante el gesto de incredulidad de la chica, añadió-: Estoy aquí para cumplir mi deber contigo.

«Deber.» Era una palabra sólida y aburrida.

– Déjame tu carné de baile, por favor.

Ella se lo entregó. Era un cartón decorado con dibujos y un pequeño lápiz atado con una cinta a un extremo. Turner lo observó y luego entrecerró los ojos.

– ¿Por qué tienes los valses vacíos, Miranda? Mi madre me ha dejado muy claro que os había dado permiso a las dos para bailarlos.

– No es por eso. -Apretó los dientes durante un segundo, intentando controlar la vergüenza que sabía que la delataría en cualquier momento-. Es que, bueno, si quieres saberlo…

– Suéltalo, señorita Cheever.

– ¿Por qué siempre me llamas señorita Cheever cuando te burlas de mí?

– No es verdad. También te llamo señorita Cheever cuando te riño.

Qué bien, aquello sí que era un avance.

– ¿Miranda?

– No es nada -farfulló ella.

Pero él no estaba dispuesto a rendirse.

– Miranda, está claro que es algo, así que…

– De acuerdo, si insistes, esperaba que me invitaras tú a bailar el vals.

Él retrocedió, aunque la sorpresa se le reflejaba en los ojos.

– O Winston -añadió enseguida porque los números ofrecían seguridad o, al menos, menos oportunidades de hacer el ridículo.

– Entonces, ¿somos intercambiables? -murmuró Turner.

– No, claro que no. Pero es que el vals no se me da demasiado bien y estaría más cómoda si mi primer vals en público fuera con alguien que conozca -improvisó enseguida.

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