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Los Diarios Secretos De Miranda

Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:

A los diez años Miranda Cheever no muestra signo alguno de convertirse en una gran belleza. Y ni siquiera a esa temprana edad Miranda ha aprendido a aceptar las expectativas que la sociedad tiene depositadas en ella… hasta la tarde en que Nigel Bevelstoke, el guapo y elegante vizconde Turner, besa solemnemente su mano y le promete que un día madurará y se convertirá en una mujer tan hermosa como inteligente.
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
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– ¿Miranda?

Levantó la cabeza. Turner la estaba mirando con una expresión divertida, y habría podido ser condescendiente de no ser por las arrugas en los extremos de los ojos… y, por un segundo, pareció despreocupado, y joven, y puede que incluso contento.

Y ella seguía enamorada de él. Al menos, durante el resto de la velada, nada podría convencerla de lo contrario. Por la mañana, ya empezaría otra vez, pero, esa noche, ni siquiera iba a intentarlo.

La música terminó y Turner le soltó la mano y retrocedió para realizar una elegante reverencia. Miranda se la devolvió y aceptó su brazo mientras la acompañaba por el perímetro del salón.

– ¿Dónde crees que estará Olivia? -murmuró él, estirando el cuello-. Supongo que tendré que borrar a uno de los caballeros de su carné y bailar con ella.

– Madre mía, parece una tarea muy pesada -respondió Miranda-. No somos tan horribles.

Él se volvió y la miró con sorpresa.

– Yo no he dicho nada de ti. No me molesta lo más mínimo bailar contigo.

Como cumplido, era poco entusiasta, pero Miranda lo guardó igualmente cerca de su corazón.

Y eso, se dijo casi con desesperación, tenía que ser la prueba de que había caído lo más bajo posible. Estaba descubriendo que el amor no correspondido era mucho peor cuando veías al objeto de tu deseo. Se había pasado casi diez años fantaseando con Turner, esperando pacientemente cualquier noticia que los Bevelstoke pudieran comentar a la hora del té y luego intentando ocultar su alegría (y no hablemos ya del pánico a que la descubrieran) cuando él iba a visitarlos una o dos veces al año.

Creía que nada podía ser más patético, pero, en realidad, estaba equivocada. Esto era mucho peor. Antes, sólo era un cero a la izquierda. Ahora era un viejo zapato muy cómodo.

Estaba perdida.

Lo miró de reojo. Él no la estaba mirando. No es que la estuviera ignorando y tampoco evitaba mirarla. Simplemente, no la miraba.

No lo perturbaba en absoluto.

– Ahí está Olivia -dijo ella, con un suspiro. Como siempre, su amiga estaba rodeada de un grupo exagerado de caballeros.

Turner miró a su hermana con los ojos entrecerrados.

– No parece que ninguno se esté sobrepasando, ¿verdad? Ha sido un día muy largo y no querría tener que interpretar al hermano mayor feroz esta noche.

Miranda se puso de puntillas para ver mejor la escena.

– Creo que estás a salvo.

– Perfecto. -Y entonces ella se dio cuenta de que tenía la cabeza ladeada y estaba observando a su hermana con unos ojos extrañamente objetivos-. Hmmm.

– ¿Hmmm?

Se volvió hacia Miranda, que seguía a su lado, y lo estaba mirando con aquella mirada marrón perpetuamente curiosa.

– ¿Turner? -inquirió ella.

A lo que él respondió con otro:

– Hmmm.

– Estás un poco extraño.

No «¿Estás bien?» o «¿Te encuentras mal?» Sólo «Estás un poco raro».

Aquello lo hizo sonreír. Lo hizo pensar en lo mucho que le gustaba esa chica y lo mucho que se equivocó con ella el día del funeral de Leticia. Y quiso hacer algo bonito por ella. Miró a su hermana por última vez y, mientras daba media vuelta, dijo:

– Si fuera un chico joven, cosa que ya no soy…

– Turner, ni siquiera tienes treinta años.

Ella adoptó una expresión de impaciencia, propia de una institutriz, que lo divertía sobremanera, y él levantó un hombro, despreocupado, mientras respondía:

– Sí, bueno, me siento mayor. En realidad, estos días me siento un anciano. -Y entonces se dio cuenta de que ella lo estaba mirando con expectación, así que se aclaró la garganta y añadió-: Sólo intentaba decir que si estuviera interesado en alguna debutante, dudo que Olivia me llamara la atención.

Miranda arqueó las cejas.

– Bueno, es que es tu hermana. Aparte de las ilegalidades…

«Por el amor de…»

– Intentaba halagarte -la interrumpió.

– Ah. -Miranda se aclaró la garganta. Se sonrojó un poco, aunque costaba decirlo con aquella luz tan tenue-. Bueno, en ese caso, continúa:

– Olivia es muy guapa -continuó él-. Incluso yo, su hermano mayor, lo veo. Pero no hay nada detrás de su mirada.

Y eso provocó que ella diera un respingo.

– Turner, es un comentario terrible. Sabes, tan bien como yo, que Olivia es muy inteligente. Mucho más que la mayoría de los caballeros que la rodean.

Él la miró con indulgencia. Era una amiga muy leal. Estaba seguro de que no dudaría en recibir una bala por Olivia si fuera necesario. Era bueno que estuviera allí. Aparte de los efectos calmantes que tenía sobre su hermana, y sospechaba que toda la familia estaba en deuda con ella por eso, estaba seguro de que Miranda era lo único que valdría la pena de aquellos días en Londres. Dios sabía que no quería ir. Lo último que necesitaba era mujeres tomando posiciones e intentando llenar el triste vacío de Leticia. Sin embargo, con Miranda cerca, al menos se aseguraba una conversación decente.

– Claro que Olivia es inteligente -dijo, a la defensiva-. Permíteme que reformule mi comentario. Personalmente, no me parecería intrigante.

Ella apretó los labios y la institutriz volvió.

– Bueno, supongo que es tu prerrogativa.

Él sonrió y se inclinó ligeramente hacia delante.

– Creo que preferiría acercarme a ti.

– No seas estúpido -farfulló ella.

– No lo soy -le aseguró-. Pero, claro, soy mucho mayor que los tontos que rodean a mi hermana. Quizá mis gustos se han relajado. Aunque es discutible porque ya no soy un joven y no busco nada en este baile de debutantes.

– No buscas esposa. -Fue una afirmación, no una pregunta.

– Dios, no -le espetó él-. ¿Qué diantres haría yo con una esposa?

2 de junio de 1819

Durante el desayuno, lady Rudland ha anunciado que el baile de anoche fue un éxito aplastante. No pude evitar reírme ante su elección de palabras; dudo que alguien rechazara su invitación y prometo que el salón estaba a rebosar. Me sentí aplastada contra un montón de perfectos extraños. En el fondo, debo de ser una chica de campo, porque no sé si quiero volver a estar tan cerca de tantos hombres.

Y así lo dije durante el desayuno, y Turner escupió el café. Lady Rudland le lanzó una mirada asesina, aunque no creo que fuera porque adora la mantelería.

Turner sólo se quedará en la ciudad una o dos semanas. Está en Rudland House con nosotros, algo encantador y terrible al mismo tiempo.

Lady Rudland nos informó de que la malhumorada viuda de un noble (sus palabras, no las mías, y se negó a revelar su identidad), dijo que mi actitud con Turner era demasiado familiar y que la gente podía formarse una idea equivocada.

Dijo que le había dicho a la señora en cuestión que Turner y yo somos prácticamente hermanos y que es natural que confiara en él en mi baile de debutante, y que no hay ideas equivocadas que considerar.

Me pregunto si en Londres existen las ideas correctas.

Capítulo 5

Una semana después, el sol brillaba con tanta intensidad que Miranda y Olivia, que echaban de menos sus días en el campo, decidieron pasarse la mañana explorando Londres. Ante la insistencia de Olivia, empezaron por el distrito comercial.

– Te aseguro que no necesito otro vestido -dijo Miranda, mientras paseaban por la calle, con las doncellas a una distancia prudencial detrás de ellas.

– Yo tampoco, pero siempre es divertido mirar y, además, quizás encontremos una baratija que podamos comprarnos con nuestros ahorros. Tu cumpleaños está a la vuelta de la esquina. Deberías hacerte un regalo.

– Quizá.

Pasearon por tiendas de vestidos, sombreros, joyas y dulces antes de que Miranda encontrara lo que no sabía que estaba buscando.

– Fíjate en eso, Olivia -exclamó-. ¿No es precioso?

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