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MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
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Por esos d�as, la vida de Carlos Casta�o giraba en torno a su matrimonio. Faltaban apenas quince d�as para casarse por segunda vez.

-�Soy bien conservador para esas cosas. Soy godito. S�lo he tenido dos mujeres en mi vida: Claudia, la madre de mis dos hijos, con quien me cas� a los dieciocho a�os; y Kenia, mi futura esposa.

Durante estas dos relaciones tuvo otra de siete a�os de duraci�n, sin matrimonio ni hijos. A Casta�o no le gusta hablar mucho de ella. �nicamente dice que la recuerda con gratitud.

Por un momento habl� a solas con Kenia, antes de abordar el helic�ptero que nos condujo desde Antioquia hasta la finca en C�rdoba. Entabl� una corta charla con ella. Entr� sutilmente en confianza al no tomar notas ni prender la grabadora. En ese instante todo lo dicho se fue a la memoria. Por eso, antes de acostarme, decid� recordar la respuesta de lo que era una pregunta obligada para ella: ��C�mo se conocieron?�

Impresionado por las duras historias que me hab�a narrado Carlos Casta�o durante el segundo d�a de encuentro, tom� la libreta y, mientras me venc�a el sue�o, descans� al escribir fragmentos de un relato de amor en medio de la guerra: �Yo conoc� a Carlos despu�s de un funeral. Hab�a muerto el pap� de una compa�era de estudio de Monter�a, y ella me pidi� el favor de que la acompa�ara donde Casta�o, pues el pap� de ella era un ganadero muy querido en la regi�n y �l deseaba darle las condolencias. Cuando conoc� a Carlos, me pareci� un se�or mayor y no se me pas� por la cabeza tener algo con �l; en cambio a �l, s�. El se�or fallecido era un viejo amigo y �l trataba de ayudar a mi amiga y a su familia en lo que fuera necesario. Con esa disculpita, me empez� a llamar a la casa. �Que c�mo segu�a?- me preguntaba. Que la cuidara, me dec�a. Siempre que �l le enviaba el chofer a ella, a la salida del colegio, le ped�a que me trajera. Como era por la tarde, en mi casa ni se enteraban. Mont�bamos a caballo y, de vez en cuando, nos invitaba a almorzar, hasta que empez� a llamarme s�lo a m�, alrededor de las seis de la ma�ana. Yo viv�a con el tel�fono inal�mbrico en mi cuarto para que no contestara mi mam�. Despu�s me invent� que ten�a un curso de ingl�s en el colegio y como supuestamente era por la tarde, comenc� a aceptar sus invitaciones m�s seguido.

Un d�a, llam� a la casa y mi mam� le contest�. Le dijo que yo no estaba y cuando ella le pregunt� ��De parte de qui�n?�, �l le dijo: �De Carlos Casta�o�. Mi mam� colg� y casi le da un yeyo cuando relacion� la voz del tel�fono con la del comandante que sal�a en la televisi�n. Casi me castigan, pero yo acud� a una excusa: le cont� que acompa�aba a mi amiga. Mam� me prohibi� que volviera pero a m� �l ya me gustaba; era tierno, chistoso y me enviaba unas flores divinas. Cada vez se hizo m�s dif�cil que yo fuera a verlo. �l me llamaba y me dec�a, como a las carreras: �Hola. �C�mo est�s? Te extra�o�. Y me colgaba. Luego me volv�a a llamar y me dec�a: �Quiero verte�. Y volv�a a colgar. Cuando por fin pude reencontrarme con �l nos vimos en el cruce de dos carreteras. �l ven�a en una camioneta y yo en otra. Se subi� al puesto del conductor, me dijo que ten�a mucho trabajo y que no se pod�a demorar. Me mir� a los ojos y dijo: �Quiero que te quedes conmigo�. Yo le pregunt�: ��C�mo as�?� Y ah� le dio un arranque raro. De pronto se me acerc�, me rob� un beso y se baj� del carro corriendo. �Yo qued� lista! Pasaron varios d�as. No me llamaba y yo esperaba que fueran las seis de la ma�ana. Mi mam� me llor� y me dijo: �Si te vuelves a ver con ese tipo, le cuento a tu pap�. Cuando volvimos a hablar, �l me propuso que me fuera con �l. Yo, sin pensarlo, le dije que s�, y me vol� de la casa. El cuento es que yo lloraba por dejar a mi familia, pero quer�a estar con �l. Esa misma noche, le enviamos una carta a mi pap� y a mi mam�, y luego los llamamos. A los tres d�as nos reunimos con mis padres en una finca y oficializamos nuestro noviazgo. Yo le dije a mi familia que quer�a quedarme con �l. Que ya era una decisi�n tomada. Mi mam� lloraba, mi pap� estaba muy molesto y s�lo le dec�a a Carlos que me cuidara pero esto se dio despu�s de mucha discusi�n.

D�as m�s tarde, �bamos a caballo por una trocha en medio de la selva del Paramillo. Se acerc�, me dio el anillo y me pidi� que nos cas�ramos.

Desde que me vol� de casa, no me he separado de �l. Me regal� a Lolita, la perrita que nos hace compa��a. Todas las noches, despu�s de orar, nos dormimos leyendo. Sea la hora que sea, �l siempre se levanta y me despierta para darme el beso de los buenos d�as. Hoy, mi mam� y mi pap� han aprendido a quererlo y tienen una excelente relaci�n con �l. Mi hermanito, ni hablar. Desde el momento en que lo supo fue el m�s feliz de todos. Dice: �Mi cu�ado es Carlos Casta�o. �No joda!�.

IV. MI INFANCIA

Le cuento que a m� no me gusta ir a la zona donde est� mi mam�, es muy lejos de la monta�a y corro riesgos, prefiero traerla a un lugar m�s cercano. Pero a la vieja no le gusta moverse de su casa, ella no cambia su ranchito y nunca le ha gustado el lujo. Yo me la he querido llevar para una casita mejor, en un clima menos caliente. �Pero nada! Es caprichosa como ella sola. A m� me gusta picarle la lengua, porque es tremenda. Ahora la va a conocer.

�Hoy si lo dej� dormir? -me pregunt� Casta�o, mientras conduc�a.

Sentado en el borde del asiento trasero de la Toyota, con mis dos manos apoyadas en las sillas delanteras, le contest�:

-�S�, aunque, para decirle la verdad, me levant� a las cuatro, a las cinco y a las seis de la ma�ana, pensando que usted llegar�a en cualquier momento.

La tranquilidad con la que se desplaza uno de los hombres m�s buscados del pa�s me sorprend�a cada vez m�s.

-��sta es zona de Autodefensa, es muy dif�cil que hasta aqu� llegue un guerrillero sin ser detectado; tenemos gente nuestra con radiotel�fonos cuarenta kil�metros a la redonda, que nos reporta si hay alg�n ret�n o un operativo militar, eso sin contar los campesinos, agricultores y ganaderos amigos que nos avisan por tel�fono cualquier movimiento inusual.

-��Estas carreteras las han construido ustedes?- le pregunt�.

-�Claro que s�. Construimos carreteras internas en las fincas y �stas van formando una gran troncal en todo el norte del pa�s. Un d�a me dio por salirme a la troncal de la Costa, s�lo un trayecto de cinco kil�metros pensaba recorrer, mientras tomaba la v�a destapada otra vez. Lo normal es que siempre me avisen si puedo pasar o no. Mis hombres acostumbran preparar la salida, pero ese d�a me fui sin avisar. Sal� a la altura del peaje. Como iba de civil y no ve�a polic�a ni ej�rcito, me atrev� a pasar. Tranquilamente baj� el vidrio, le di el dinero a la ni�a, se qued� mir�ndome y dijo: �Yo a usted lo he visto en alguna parte, �d�nde?, �d�nde?�, se preguntaba sin darme el tiquete. Me lo dio y dijo: �En televisi�n. �Claro!� �Pero �c�mo se llama usted?�, me volvi� a preguntar. Yo le sonre� y segu�; fue graciosa su reacci�n, pero lo que hicimos fue una locura, y le dije a Kenia: �Si en un peaje me reconocen, no puedo volver a salir del monte�.

Luego opt� por avanzar un poco m�s, pero tengo la mala y la buena suerte de encontrarme un ret�n de la Polic�a Vial. A los diez hombres de la escolta les hice esconder los fusiles, pues consider� menos imprudente parar en el ret�n. El polic�a se me acerc� y, al reconocerme, se qued� imp�vido. Agente, �c�mo est�? �Usted sabe qui�n soy yo, cierto?�. Le pregunt� con voz serena, y me dijo: �Claro que s�. Entonces s�lo me qued� decirle: �Me perdona, pero yo voy a ver unas tropas que tengo por aqu�, pero no voy a quedarme�.

Aunque me la jugu�, para pasar, fue un abuso y un irrespeto a la autoridad que �l representa. Lo que me impact�, despu�s, fue su r�pida respuesta: �Como ordene, comandante�.

Yo me fui de inmediato. �Qu� susto el que me dio! Desde ese d�a promet� jam�s volver a hacer una gracia de esas.

La casa de la madre del comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia es m�s sencilla y humilde de lo que cualquier persona se pueda imaginar. Sin lujos. Teniendo en cuenta que Casta�o se gasta seis mil millones de pesos en el mantenimiento de su organizaci�n, unos tres millones de d�lares, al mes, se pod�a esperar, por lo menos, algo m�s moderno para su mam�. Pero do�a Rosa no quiere m�s de lo que tiene, desea seguir siendo la misma campesina de Amalfi. Atravesamos la puerta y nos aproximamos a una casa de madera, con techo de paja, un ba�o, dos habitaciones y un corredor que conduce a la cocina. El corredor hace las veces de sala-comedor. All�, cerca de una hamaca y una hermosa mecedora, se encontraron:

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